El modelo amoroso fundamental: la complementación del «modelo objeto de deseo» y «modelo seductor» paternos

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modelo de conducta

EL MODELO AMOROSO FUNDAMENTAL: LA COMPLEMENTACIÓN DEL “MODELO OBJETO DE DESEO” Y “MODELO SEDUCTOR” PATERNOS.
EL GRAN MAPA (de consciencia) DEL AMOR (y las relaciones). 

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Los modelos “amorosos” que le son ofrecidos a cada persona, pueden ser muy variopintos. Pero, por norma general, los más influyentes son los que le ofrecen sus padres.

Nuestras mamá y papás, con su forma de interrelación afectiva, nos ofrecen nuestro principal modelo “amoroso”; el cual queda poderosamente arraigado en nuestro inconsciente dividido en dos modelos que se complementan para formar uno solo: el “modelo objeto de deseo” y el “modelo seductor”.

El “modelo objeto de deseo” es la de la energía que inspirará nuestro enamoramiento; la de aquel de nuestros progenitores por cuya atención suspiramos.

El “modelo seductor” corresponderá al de la energía que deduciremos tener que imitar para conseguir la atención de nuestro “modelo objeto de deseo”. Esta energía tenderá a ser casi siempre la del cónyuge de nuestro “modelo objeto de deseo”. A fin de cuentas, el niño deduce que si mamá está con papá, es porque éste tiene lo que ella desea ––y lo mismo en el sentido inverso––.

Si papá siempre está triste y mamá está con él, será porque a mamá ( y a la mujer en general) le gusta esa característica en un hombre…

Si mamá siempre está de mala leche y papá está con ella, será porque a papá(y al hombre en general) le atrae esta característica en la mujer.

Si de niños insistíamos en atraer la atención de mamá, luego nos enamoraremos de personas que poseerán una energía semejante a la de ella; personas a las que trataremos de seducir, comportándonos de un modo esencialmente semejante a como nuestro padre se comportaba respecto a nuestra madre.

Si insistíamos en atraer la atención de papá, luego nos enamoraremos de  personas que poseerán una energía semejante a la de él; personas a las que trataremos de seducir, comportándonos de un modo esencialmente semejante a como nuestra madre se comportaba respecto a nuestra padre.

Imitar o tomar como modelo la forma de conducta de uno de nuestros progenitores, solo es una treta que originalmente utilizamos para intentar seducir u obtener la atención del progenitor al que convertimos en objeto de nuestro deseo.

Pongamos que nuestros padres mantenían un vínculo en el que nuestra madre se mantenía atencional y afectivamente distante de nuestro padre, mientras que éste dependía excesivamente de ella. Con un modelo amoroso de estas características, en caso de tomar como modelo seductor a nuestro padre y como modelo objeto de deseo a nuestra madre, posteriormente tenderíamos a enamorarnos de personas que se mantendrían distantes de nosotros y hacia las que desarrollaríamos un considerable grado de dependencia atencio-afectiva. O incluso aun vinculándonos con sujetos que no se mantuviesen de por sí particularmente distantes, nosotros tenderíamos a interpretar que sí lo harían; propiciando entonces desde las que serían nuestras exigencias y recriminaciones fuera de lugar, que sí terminasen sintiéndose asfixiados y distanciándose de nosotros.

Pongamos ahora que nuestro padre castraba y maltrataba psicológica o incluso físicamente a nuestra madre, que ésta se lo consentía debido al poderoso influjo que sobre ella ejercían sus sentimientos de culpa (de no ser así, tal vínculo jamás hubiese prosperado), y que en esta ocasión tomamos como modelo seductor a nuestra madre y como modelo objeto de deseo a nuestro padre. Con semejante modelo amoroso integrado en nuestro inconsciente, tenderíamos a enamorarnos de sujetos potencialmente castradores y maltratadores cuyas formas de conducta hacia nosotros toleraríamos porque, desde nuestros propios sentimientos de culpa e inadecuación, consideraríamos justificadas. O incluso aun vinculándonos con sujetos que no nos castraran y maltrataran, nosotros podríamos reaccionar ante ellos como si lo hicieran.

Muchos pensarán que estos modelos amorosos que acabo de ilustrar, han sido simplificados sobre manera. Sin embargo, no es así. El número de personas que reproducen los modelos “amorosos” que les fueron brindados por sus padres con una precisión sino casi matemática, cuanto menos esencial, en sus futuras relaciones “amorosas”, es elevadísimo. Para comprobarlo, solo necesitamos ahondar en el historial “amoroso” de los padres de cada persona en particular, y luego contrastarlo con el suyo propio; especialmente con el que se extrae de sus primeras relaciones “amorosas”[1].

La existencia e influjo de estos modelos amorosos explica cómo es posible que haya personas que se consientan a sí mismas el mantener relaciones íntimas con personas que les brindan un trato monstruoso. Mientras un individuo albergue en su interior la idea inconsciente propiciada por su modelo “amoroso” de que ser amado consiste en, por poner algunos ejemplos, ser maltratado psicoafectiva y fisicamente, asfixiado a base de sentimientos de dependencia y ataques de celos infundados, o ignorado y desatendido crónicamente, poco importará lo mucho que, de forma consciente, se diga a sí misma que las personas que le brindan ese trato no son dignas de su amor. Igualmente continuará sintiéndose poderosamente atraído por ellas hasta el extremo de consentirles tales formas de conducta “amorosa”.

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[1] Posteriormente el modelo “amoroso” puede llegar a cambiar radicalmente. Más adelante veremos cómo y por qué.

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