Los flujos de energía sentimental

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Como ya fuimos viendo a lo largo de los anteriores artículos, siempre que dos o más personas interactúan atencionalmente, se transfieren de unas a las otras su energía vital; siendo aquella que más intensamente acapara la atención de las demás, la que incrementa sus correspondientes niveles de energía, a costa del encogimiento del de las restantes.

Imaginémonos que alguien llama a la puerta de nuestra casa:

Toc, toc.

Y que al abrirla, Dios nos pille confesados, nos encontramos cara a cara nada más y nada menos que con doña Dolores Del Consuelo, la presidenta de nuestra escalera que, además de venir a cobrarnos los gastos trimestrales de la comunidad, resulta que es la tía más chismosa, y dicho sea de paso “plomazo”, que jamás tuvimos ocasión de conocer.

¡Buff…!

Por momentos casi pudimos verle asomar alguno de sus afilados colmillos mientras que convirtió el que debiera de haber sido un cordial pero breve intercambio de palabras, entrega de los cincuenta euros correspondientes incluida, en un monólogo de alrededor de diez minutos ––que más bien parecieron veinte–– en el que, entre otras muchas cosas de similar relevancia para nosotros, nos enteramos de que el sobrino de la verdulera de la esquina, al cual ni siquiera conocemos, va a tomar su primera comunión; que el vecino del primero está pensando en mudarse a otro barrio porque está hasta la coronilla de su casero; y, ya para concluir, que una prima lejana de doña Dolores, a la que ni que decir tiene tampoco conocemos, se encuentra ingresada en un hospital debido a una úlcera estomacal que, al parecer, se las está haciendo pasar canutas.

Vamos, que bendito festín que se pego la tal doña Dolores Del Consuelo, a costa de nuestra energía vital; ya que a la vista de los acontecimientos, fue ésta la que atrapó nuestra atención mucho más intensamente de lo que, en nuestro papel de atónitos oyentes, nosotros atrapamos la suya.

Sucede, sin embargo, que nuestra energía vital, nunca o casi nunca viaja en solitario a través de la atención; ya que en la inmensa mayoría de las ocasiones, a esta primera también la acompañan otros niveles de energía, que son nuestros sentimientos; los que, como si de ingredientes añadidos se tratasen, son los que determinan “el sabor” de la energía transferida. Pues obviamente, no nos puede saber a lo mismo la energía que llega hasta nosotros cuando trae consigo un sentimiento de admiración o de simpatía, que uno de temor o de odio; algo que, sobra decir, todos nosotros tenemos ocasión de constatar no solamente sensible, sino también racionalmente, a lo largo de cada una de nuestras interacciones atencionales con otras personas; ya que a diferencia de cómo nos sucede con los flujos de energía vital, sí hemos sido educados para razonar y detectar la presencia de los sentimientos, así sean los nuestros o los de aquellas personas con las que nos relacionamos; siendo éste el factor que a la hora de transferir o encajar flujos sentimentales, sí nos permite alinear con una mayor facilidad a nuestras percepciones intuitivas, con nuestras interpretaciones racionales de los mismos.

No obstante, cuando próximamente comencemos a hablar de vampirismo sentimental, también podremos observar que no son pocas las ocasiones en las que, a través del auto engaño, nos impedimos reconocer aquellos sentimientos que transferimos sobre otras personas, con el fin de forzar a estas últimas a que transfieran sobre nosotros otros sentimientos que creemos habrán de servirnos para cubrir nuestras carencias afectivas; pues así como los altibajos sufridos en nuestros niveles de energía vital, recaen sobre nuestra vitalidad, los que sufrimos en cada uno de nuestros diferentes sentimientos, lo hacen sobre aquellas parcelas de nuestra autoestima vinculada a cada uno de ellos.

Retomando, pues, el análisis de lo que en un nivel energético pudo haber sucedido durante nuestro encuentro con doña Dolores Del Consuelo, podríamos llegar a la conclusión de que sí esta última, al despedirse de nosotros, se hubiese detenido a observar sus sensaciones internas, hubiese podido advertir que no es oro todo lo que reluce. No desde luego, después de haber encajado junto a nuestra energía vital, la torrencial lluvia de sentimientos de rechazo hacia su propia persona que, casi con toda seguridad, habríamos tenido ocasión de transferirle al observar su comportamiento. En cambio nosotros, pese al encogimiento sufrido en nuestros niveles de energía vital, habríamos pasado a sentirnos personas mucho más soportables de lo que veníamos sintiéndonos antes de este encuentro.

No obstante, así como las transferencias de energía vital incrementan automáticamente los niveles que de esta misma energía posee su receptor, cuando una persona transfiere sus sentimientos sobre otra, esta última no tendrá porqué ver incrementados los suyos. Y si acaso termina incrementándolos, este incremento nunca se producirá de una forma automática. Antes de ello, sí o sí, necesitará razonar haberlos encajado o, dependiendo de las circunstancias, estar haciéndolo todavía.

Dicho esto, para que doña Dolores Del Consuelo hubiese llegado a ver incrementados sus sentimientos de rechazo para consigo misma a través de la transferencia de los nuestros, ésta habría necesitado razonar adecuadamente, la sensación interna que, indefectiblemente, estos le producirían a su llegada. Pero, claro, tratándose esta primera de una persona tan narcisista, es decir, con su atención tan retrotraída hacia dentro de sí ––lo que en lenguaje coloquial se dice incapaz de ver más allá de su ombligo–– , muy difícilmente hubiese llegado a advertir los sentimientos que ella misma nos estaría inspirando y que, como consecuencia de ello, le estaríamos transfiriendo desde el exterior; muy probablemente no lo habría hecho ni aun habiéndonos resultado inevitable no dejarle entrever nuestro sentir, por ejemplo, a través de nuestra mirada, lenguaje corporal, o incluso de alguno de los que bien pudieron haber sido nuestros vanos intentos por tratar de, educadamente, dar término a su no menos absorbente que cansino monólogo.  Así que a pesar de todo, pese a que a su marcha nosotros hubiéramos pasado a sentirnos las personas más tolerables del universo, nuestra “queridísima” presidenta de escalera  igualmente pudo haberse marchado de allí en busca de su próxima víctima, sin ni tan siquiera haber compensado el incremento de nuestros niveles sentimentales, con el encogimiento de los suyos; esto es, sintiéndose una persona bien mucho menos soportable o, lo que viene a ser lo mismo dada la complementación de los opuestos, mucho más insoportable que nosotros así como del resto de sus semejantes en general.

Ahora bien, otro gallo hubiese cantado, si hastiados ya de las monsergas con las que tenía por costumbre obsequiarnos en cada una de sus insufribles visitas, en lugar de permitirle marcharse de rositas después de que nos hubiese vomitado la última, hubiésemos decidido invitarla a eliminarnos de su lista de dóciles vecinos a los que pegarles el vampirazo sistemático, diciéndole lo siguiente:

––Mire, señora, le agradecería que la próxima vez que acuda usted a mi casa, se guarde para sí misma todos sus chismorreos y demás murmuraciones que, a mí, se lo digo sinceramente y sin ánimo de ofender, me importan un pimiento. Porque, de verdad ––podríamos añadir ya para terminar presas de nuestro hartazgo–– que me tiene usted hasta las narices.

Por descontado, habríamos esperado a que la doña hubiese terminado su discurso, antes de proceder al pronunciamiento del nuestro para que, de este modo, ante la evidente inmediatez de sus actos, no encontrara forma alguna de justificarse racionalmente diciendo que la estábamos acusando de chismosa inmerecidamente; cosa que, por otra parte, tampoco le habríamos dado la oportunidad de hacer; puesto que le habríamos cerrado la puerta en las narices conforme terminásemos de darle nuestro parecer.

Sobra decir que en este último caso, apenas le habríamos dejado otra opción a doña Consuelo, más que la de desarrollar el sentimiento de ser la tía más metomentodo y, dicho sea otra vez de paso, plomazo, en doscientos kilómetros a la redonda; dado que ahora, además de trasferir nuestros ya referidos sentimientos hacia ella, también les habríamos dado voz en el momento más oportuno; empujándola por consiguiente, ahora sí, a razonarlos. Y aunque, posteriormente, casi con toda seguridad tratándose de una persona de su talante, ésta hubiese encontrado la forma de justificarse a sí misma y colgarnos a nosotros la etiqueta de maleducados para evitar el tener que enfrentarse a su referido sentimiento de ser un peñazo de tía, éste igualmente se habría visto en mayor o menor medida incrementado; pues siempre que una persona se ve involucrada en un proceso de autoengaño, es porque antes de ello, sí llegó a reconocerse a sí misma la verdad que seguidamente tratará de taparse u ocultar de su conciencia mediante dicho proceso.

Luego, entrando de nuevo en el terreno de la energía vital, debemos tener en cuenta que para conseguir llevar a cabo con éxito nuestro recientemente reseñado contraataque, tendríamos que haber retrotraído nuestra atención hacia la elaboración de nuestro discurso mientras que doña Consuelo ––casi con toda seguridad por última vez en su vida–– se explayaba ante la que, bajo estas nuevas circunstancias, sería nuestra retrotraída mirada; por lo que de esta forma, tampoco habríamos llegado a transferirle una cantidad de energía vital demasiado elevada. Y es que en caso contrario ––tal y como ya se dio a entender en “sensaciones y consecuencias vinculadas a los flujos de energía vital”––, difícilmente habríamos encontrado el impulso ––o energía vital–– para poder tomar las riendas de la situación y coger al toro por los cuernos; es decir para invertir el efecto reloj de arena, y pegarle una buena bofetada, tanto en sus niveles de energía sentimentales, como en los vitales; ya que tampoco debemos pasar inadvertido el hecho de que, al darle voz a nuestros sentimientos de la manera referida, habríamos sido nosotros mismos quiénes, aún por encima,  hubiésemos pasado a capturar muy intensamente la atención de nuestra interlocutora y, por consiguiente, dadas las circunstancias preliminares, el efecto reloj de arena habría dado uno de esos vuelcos que difícilmente llegaría a olvidar cualquiera de los implicados en el mismo; tanto el que pasa a ganar la energía que antes perdía, como el que pasa perder la que antes ganaba.

De todas formas, en la misma medida que uno consiga ir llegando a su corazón y, por consiguiente, deje de tomarse las cosas desde su siempre competitivo e irascible ego, irá dándose cuenta de que en muchos de estos casos que solamente tienen lugar de uvas a peras, es preferible dejar que otras personas se lleven cierta cantidad de su energía vital, a cambio de evitarse el tener que ir pegando estacazos a diestro y siniestro a este tipo de chupópteros eventuales; ya que aprenderá que más importante que impedir que estos se lleven su energía vital, lo será el ahorrarse cualquier forma de comportamiento que pueda conducirlo a  quedarse con la conciencia intranquila. Y es que así como las bajones sufridos en nuestra lívido durante nuestras interacciones atencionales son siempre efímeros, los sentimientos negativos que, respecto a nosotros mismos, lleguemos a desarrollar durante las mismas, tienden a permanecer profundamente arraigados en nuestro interior; cuanto menos hasta que uno no encuentra el modo de limpiar el vínculo a partir del cual hubo de desarrollarlos. No obstante, será mucho más avanzado este trabajo, cuando hablaremos acerca de qué son exactamente las limpiezas de vínculos, y de su forma de llevarlas a cabo. Primero debemos comprender cómo los ensuciamos.

No cabe duda de que aprender de qué forma desarrollamos y transferimos nuestros sentimientos, terminará resultándonos harto beneficioso a lo largo del que es éste el viaje a través de nuestra conciencia en el que todos nos hayamos involucrados. Si bien el propósito principal de la creación de este último artículo, es el de que tomemos plena conciencia de cómo los verdaderos responsables del desarrollo y transferencia de nuestros sentimientos, son los establecimientos de comparaciones que nuestros procesos racionales siempre nos instigan a realizar. Y es que si nos paramos a pensarlo detenidamente, observaremos que los sentimientos siempre nos instigan a sentirnos más o menos rechazados o aceptados; más o menos guapos o feos; más o menos espabilados o cortos; más o menos simpáticos o antipáticos; más o menos humildes o arrogantes; etcétera.

Ahora bien: ¿más o menos que quién?

Pues más o menos que Fulanito, que Menganita, que Robertito, que todos ellos en general, o incluso que nosotros mismos en un tiempo pretérito. Pero en cualquiera de los casos, siempre será el establecimiento de comparaciones con aquellas personas sobre las que volcamos nuestra atención, la que inspirará o engendrará nuestros sentimientos, tanto los que llevamos con nosotros allí donde quiera que vamos, como los que transfiramos sobre aquellas personas con las que nos encontramos. Y, como no, es nuestra capacidad de raciocinio la que, al dividir en “raciones” el mismo todo que, esencialmente, somos y percibimos, nos conduce al establecimiento de comparaciones que finalmente nos empuja a reconocernos “ser más esto que aquello otro”, o incluso “ser totalmente esto y no ser en absoluto aquello otro”; mescolanza de sentimientos que, como ya se dijo en “la intuición y el dedo que señala a la luna”, es la que a fin de cuentas va dando lugar a los diferentes disfraces que a lo largo de nuestra vida va poniéndose nuestro ego, o conciencia de ser y de no ser.

La correcta asimilación de todos estos conceptos será la que, cuando comencemos a hablar acerca del vampirismo sentimental, nos permitirá comprender cómo para llevar a cabo su práctica en cualquiera de sus muy diversas modalidades, no hacemos sino que reclamar y dirigir estratégicamente la atención de quienes nos rodean ––así lo hagamos consciente o subconscientemente–– para conseguir que estos últimos, mediante los procesos racionales que de este modo les empujaremos a realizar, establezcan respecto a nosotros mismos las comparaciones necesarias para que terminen desarrollando y transfiriéndonos aquellos sentimientos que, seamos o no capaces de reconocerlo conscientemente, tanto necesitamos ver reforzados en nuestro interior. Así que sin entrar todavía en el terreno del vampirismo, vamos ahora a escenificar algunas otras situaciones que terminen de ilustrarnos como en realidad son estos establecimientos de comparaciones que, insisto, solamente podemos llevar a cabo mediante el uso de nuestra capacidad de raciocinio, los que nos empujan tanto a desarrollar nuestros sentimientos personales, como a transferirlos sobre aquellas otras personas con las que interactuamos atencionalmente.

Imaginémonos que jugamos cuatro partidas de ajedrez con otra persona, y que se las ganamos todas holgadamente. Obviamente, en unas circunstancias normales, este acontecimiento nos empujaría a establecer la comparación racional que nos empujaría a desarrollar y transferir sobre nuestro rival, el sentimiento de ser mejores jugadores de ajedrez que él; del mismo modo que a este último, su respectivo establecimiento de comparaciones, lo empujaría a desarrollar y transferir sobre nosotros el sentimiento complementario; es decir, el de ser peores jugadores de ajedrez que nosotros.

Sin embargo debemos tener en cuenta que siempre pueden darse circunstancias extraordinarias, que pudieran alterar el curso de alguno de nuestros respectivos establecimientos de comparaciones. Por ejemplo, en este último caso referido, podría haberse estado dando la circunstancia de que nosotros ignorásemos que una poderosa fuente de preocupación ajena al juego, hubiese impedido que nuestro rival se concentrarse debidamente en el mismo. Siendo éste un factor que, pese a no impedir que nosotros igualmente desarrollásemos y transfiriéramos los sentimientos referidos sobre nuestro rival, sí empujarían a este último a razonar que aquellas partidas no habrían tenido validez suficiente como para demostrar quién de los dos era mejor jugador. Por lo que en este último caso, el incremento producido en nuestros sentimientos a partir de nuestro establecimiento de comparaciones, nunca se habrían visto complementados por el encogimiento de los de nuestro antagonista tal y como vimos anteriormente. Aunque dado que a éste habría de resultarle harto complicado no llegar a razonar que nosotros, desconociendo la referida circunstancia extraordinaria, sí estaríamos sintiéndonos mejor jugador de ajedrez que él, tampoco podría evitar compensar ––eso sí, de un modo menos intenso–– nuestro incremento sentimental, con el encogimiento del suyo. Y es que nos basta con razonar que una persona esté desarrollando un sentimiento hacia nosotros para que, aún sabiéndolo injustificado, alimentemos los nuestros. Algo que puede verse particularmente reflejado, en aquellas situaciones en las que otra persona nos culpa de algo que no hemos hecho.  Pues pese a sabernos inocentes, no podemos evitar que nuestra primera reacción sea la de sentirnos en un mayor o menor grado culpables. Sentimiento que no nos sacaríamos completamente de encima, hasta que no consiguiésemos dirigir la atención de esta otra persona para que realizase aquellos razonamientos que le permitieran reconocer nuestra inocencia; ya que en caso contrario, al razonar que esta última continuaría considerándonos culpables, también continuaremos alimentando nuestros sentimientos correspondientes. De ahí que se den casos en los que haya personas que, no habiendo encontrado el camino para hacer valer su inocencia frente a sus acusadores, continúen quién sabe durante cuanto tiempo, albergando en su interior sentimientos de culpa hacia estos últimos que, en sí mismos, no guardan relación alguna con los motivos por los que fueron incriminados. Siendo esto algo que más habitualmente tiende a sucederles, a aquellas personas que albergan en su interior sentimientos de culpa que nunca tuvieron ocasión de resolver adecuadamente y que, por consiguiente, escapan al control de su conciencia; que es lo que en una última instancia los empuja a comportarse como si tuvieran la culpa de todo y, como consecuencia de ello, a atraer hacia sí castigos que no guardan relación alguna con los motivos por los que estos les son impuestos.

Toc, toc;

Llaman otra vez a la puerta.

¿Y ahora qué? ¿Habrá olvidado doña Dolores ––en el supuesto caso de que la hubiésemos dejado marcharse tan campante–– contarnos alguno de sus comadreos?

Pues no: al abrir la puerta nos encontramos con un individuo vestido con traje y corbata que pretende vendernos una enciclopedia ilustrada.

Hoy no es su día; después de la reciente visita de nuestra presidenta de escalera, el horno ya no está para bollos. Así que prácticamente sin dejarle decir esta boca es mía, le decimos que no nos interesa, y le invitamos a tomar las de Villadiego cerrándole la puerta en las narices.

En lo que concierne a los flujos de energía vital, lo que habría sucedido en este último y breve encuentro, es que después del momento inicial de sorpresa, el grado de apertura de nuestra atención hacia el vendedor, resultó ser ínfimo; así como el suyo hacia nosotros fue alto, dado que antes de entrar en el meollo de la cuestión quería ganarse nuestra confianza. Así que arrastramos con nosotros su energía vital y, con ella en nuestro poder, ganamos el control de una situación que, literalmente hablando, decidimos zanjar de un solo portazo.

Ahora bien; ¿qué tipo de sentimientos habríamos desarrollado y trasferido tanto el vendedor como nosotros mismos respecto al otro?

Obviamente, nosotros habríamos desarrollado el sentimiento de ser unos maleducados ––a sabiendas de haber pagado con el vendedor los platos rotos por doña Dolores––, así como cuanto menos este último, habría hecho lo propio con el de ser mucho más educados que nosotros.

Y por otro lado, nuestros consecuentes sentimientos de culpa y temor al castigo, habrían pasado a alimentar los suyos de rechazo injustificado y de ira e impulso al castigo, así como estos últimos habrían pasado a alimentar los nuestros.

Pero el desfile no acaba aquí:

Toc, toc.

       Llaman nuevamente a la puerta.

       La abrimos no sin cierta cautela pero dispuestos a pedir disculpas al vendedor desairado, sólo para descubrir que nuestra suerte ha cambiado radicalmente: frente a nosotros tenemos a nuestra preciosa vecina ––o según que gustos al atractivo vecino–– que vive justo arriba de nosotros, y a la que teníamos planeado invitar a salir la próxima vez que tuviéramos ocasión; puesto que hacía tiempo que no habíamos advertido la presencia de su novio, y albergábamos la esperanza de que hubiese quedado liberada de sus compromisos conyugales

Sin embargo es ella misma la que al pedirnos un poco de sal, aprovecha para ponernos ––no sin cierto descaro–– a la orden del día, dejándonos caer que ahora que se quedado sin pareja le ha llegado la hora de aprender a cocinar, y que ha sido precisamente su falta de costumbre en tales labores, la causa de que se le haya olvidado comprar la sal.

Después de esto sale todo rodado y acabamos quedando para irnos juntos a la playa el domingo. Nuestra primera cita.

Las trasferencias  que en este último caso habrían tenido lugar, nada tendrán que ver con las anteriores. Ahora simplemente habremos sentido la maravillosa “química” resultante de que ambos implicados nos hayamos correspondido atencional, energética, sentimental, e incluso sexualmente el uno al otro. Nada más y nada menos que el pack completo. Así que simplemente disfrutemos de la no menos estimulante que maravillosa sensación que nos inspirará el sentimiento de vernos amorosamente correspondidos, y tratemos de respirar hondo para permanecer lo más calmados que nos sea posible, hasta que por fin llegue el que bien podría convertirse en uno de los más memorables domingos de nuestra vida. En caso contrario, semejante chute de energía encajada, bien podría empujarnos a acabar incluso subiéndonos por las paredes de nuestra casa.

Hubo uno de los ejemplos que anteriormente utilizamos en “el grado de apertura ––o retracción–– atencional y el efecto reloj de arena” para ejemplificar como era que el efecto reloj de arena seleccionaba de lado de quién caía la energía motriz, en el que ante lo muy evidente de la situación escenificada, mis palabras traicionaron el que era mi propósito inicial, y anunciaron que no era únicamente nuestra energía vital, la que podía entrar en juego durante las interacciones atencionales. Estoy refiriéndome a aquel en el que éramos presuntamente piropeados por otra persona.

Quizás alguno de nosotros ya lo advirtió, pero lo que dije fue lo siguiente ––copio literal––: “cuando a uno le lanzan un bonito piropo o, en su defecto, una de esas sonrisas ––o miradas–– que le hacen sentir inflamado de autoestima”.

No dije “inflamado de energía vital”, que también sería el caso, sino “inflamado de autoestima”; ya que a fin de cuentas es siempre nuestra autoestima la que, para bien o para mal, sufre las consecuencias de todo transferencia sentimental, así ésta nos haga sentir la persona más atractiva o inteligente, como la más torpe o egoísta del planeta. Si bien en este último caso sobra decir que la energía vital que nos habrían transferido, estaría a su vez condimentada de sentimientos particularmente insufladores de autoestima. Siendo esto algo que nosotros mismos, tampoco encontraríamos dificultad alguna para racionar y, al hacerlo, aún veríamos más incrementado, en este último caso sí, de un modo plenamente consciente, nuestro sentimiento de ser físicamente atractivos.

Pero ya que hemos traído nuevamente este ejemplo a la memoria, saquémosle algo más de partido.

Pongámonos nuevamente en situación y pensemos cuales pudieron haber sido las subsiguientes consecuencias sobre la persona que hubo de lanzarnos dicho piropo o sonrisa, si nuestra reacción hubiese sido la de volver el rostro hacia ella sólo para comprobar que no nos despertaba la atracción o el interés necesario para detenernos a conocerla y que, inmediatamente después, le hubiésemos retirado la mirada para continuar nuestro camino sin más.

Ahora, evidentemente,  “la química” se habría quedado en casa, ya que de ningún modo habríamos correspondido el flujo de energías sutiles que esta otra persona nos habría enviado por mediación de la forma de atención que hubo de conferirnos. Todo lo contrario; habríamos trasferido sobre ella ––aun no siendo ésta nuestra intención–– un sentimiento de rechazo sexual, que le habría conducido a ver menoscabado su sentimiento de ser una persona físicamente deseable. Más aún teniendo en cuenta que esta última, tampoco hubiese tenido problema alguno para razonar lo sucedido.

Por el contrario, si esta otra persona hubiese sido de nuestro agrado, y pese a no haber encontrado el coraje de detenernos a hablar con ella, si hubiésemos correspondido su sonrisa con otra igualmente significativa, lo que se habría producido sería un exquisito intercambio atencional energético; aunque, eso sí, a ambos nos hubiera gustado llevar las cosas un poco más lejos y, por consiguiente, la cosa se habría quedado a mitad camino entre “la química” y la frustración igualmente transferida de nuestros deseos.

Ahora imaginémonos que hemos quedado con un amigo ––o amiga–– en el parque que hay justo debajo de nuestra casa. Que llegamos nosotros primero, y que mientras lo esperamos conocemos a una persona que está paseando a su perro hacia la que sentimos una poderosa atracción sexual. Y que viendo que la conversación fluye maravillosamente entre nosotros, alimentamos la esperanza de poder llegar a conocerla mucho más profundamente.

Sin embargo esto cambia drásticamente después de la llegada del amigo que esperábamos, ya que una vez que procedemos a presentarlo, no tardamos en advertir que, en un abrir y cerrar de ojos, nos hemos quedado, literalmente hablando, en un segundo plano; puesto que ahora es la conversación entre nuestro amigo y la otra persona, la que ha pasado a fluir maravillosamente; lo que ya para rematar la faena nos obliga a presenciar, justo antes de que esta última se marche de regreso a su casa, cómo intercambian sus números de teléfonos para así poder llamarse el fin de semana… ¡Y salir a cenar juntos!

¡Guau!

Vaya un varapalo que no habríamos llevado. Y, ciertamente, lo de menos hubiese sido el tremebundo raudal de energía vital que habríamos perdido mientras que contemplábamos atónitos como nuestro destino cruel, nos jugaba aquella malísima pasada; ya que sin lugar a la duda, el grueso de este golpe se lo habrían llevado nuestros sentimientos.

En primer lugar, nuestra tácita invitación al amor ––y a todo lo que éste conlleva–– a la persona en cuestión, no habría sido correspondida. Nos sentiríamos sexual y efectivamente rechazados, y por consiguiente, pasaríamos a sentirnos en una mayor o menor medida, indignos de la atención sentimental y sexual de aquellas otras personas que en un futuro pudieran llegar a inspirarnos tales deseos y sentimientos. Y en segundo lugar, nuestro amigo ––o amiga–– en particular, se habría llevado consigo como regalito de la casa, además del teléfono de su presumiblemente futura amante, hasta el último rastro de aquellos de entre nuestros sentimientos que nos permitieran considerarnos personas más o menos atractivas y seductoras; generando además a partir de dicho momento, una todavía más acentuada indisposición para, hallándonos en la presencia de nuestro amigo, manejarnos en futuras situaciones de esta misma índole. Exactamente lo contrario que habrá de sucederle a él en nuestra presencia. Y es que cuando tengamos ocasión de sufrir algún tipo de experiencia esencialmente similar a la referida, podremos observar cómo entre nosotros y la persona que terminó ganándonos la partida, queda abierto un canal que nos empujará a ambos a continuar transfiriéndonos mutuamente los mismos sentimientos que, en una primera instancia, ya comenzamos a transferirnos a partir de nuestros respectivos establecimientos de comparaciones circunstanciales.

Mucho me extrañaría que cualquier de nosotros no se hubiese visto nunca inmerso en una de estas situaciones, independientemente de cuál hubiese sido el contexto, en las que termina siendo otro el que, a costa de nuestro fracaso, acaba llevándose el gato al agua; o, por supuesto, en otras diametralmente opuestas en las que fuésemos nosotros quienes terminásemos haciendo lo propio a costa del fracaso ajeno.

¿Quién no tiene algún familiar, amigo o conocido, en cuya compañía generalmente tiende a sentirse más o menos capacitado para manejarse en cierto tipo de situaciones concretas?

De ser así, que no nos quepa duda alguna, de que entre ambos anteriormente hubieron de producirse ––y todavía se estarán produciendo–– las transferencias de sentimientos pertinentes, que bien facilitarán o dificultarán nuestro desenvolvimiento en dichas situaciones; ni que decir tiene que, mucho más especialmente, cuando los dos nos hallemos presentes. Circunstancia que solamente podrá comenzar a invertirse ––mediante la intervención del efecto reloj de arena––, a partir del momento en el que ambos tuviésemos ocasión de vivir alguna nueva experiencia esencialmente similar en común, que condujera al que anteriormente razonó haber hecho valer su voluntad sobre la del otro, a comprobar como ahora era este último, el que hacía valer la propia sobre la suya.

Y ya para terminar, solamente volver a hacer hincapié en el hecho de que la gran diferencia que encontraremos a la hora de transferir o encajar flujos de energía vital, o flujos sentimentales, es que así como el influjo de los primeros recaerá en todos los casos sobre nuestra vitalidad, ocasionándonos los casi siempre efímeros altibajos sufridos en nuestra lívido, el de los últimos lo hará sobre nuestra autoestima; causándonos unas ventajas o perjuicios de una índole muy diversa que, dependiendo de hasta que punto se haya producido el enaltecimiento o menoscabo de nuestros sentimientos, podrían llegar a causarnos unos efectos mucho más ostensibles y, ni que decir tiene también, mucho más duraderos; tal y como sin ir más lejos, les sucede a quiénes sufren el abandono de aquellos amantes sobre los que se pasaron largo tiempo trasfiriendo su sentimiento de amor por sí mismos; ya que una vez estos últimos el vínculo que los unía, se llevan consigo dicho sentimiento.

Sin duda alguna, ésta es una de las trasferencias sentimentales más devastadoras que nadie pueda llegar a sufrir; aunque, eso sí, ni que decir tiene, si somos nosotros quienes encarnamos el rol del amante despechado.

Luego, por supuesto, también se dan muchos casos en los que, siguiendo estos mismos derroteros, también trasferimos nuestros sentimientos de amor propio sobre bienes u objetos materiales. De tal forma que si, circunstancias ajenas a nuestra voluntad consciente, nos condujeran a la pérdida de cualquiera de estos elementos, también sufriríamos las siempre en un mayor o menor grado depresoras consecuencias psicológicas asociadas a este tipo de pérdidas.

Lo único que refleja el hecho de que los seres humanos nos habituemos a trasferir nuestro amor propio sobre elementos externos, es que todavía no hemos aprendido a amarnos por lo que verdaderamente somos. Así que, por paradójico que pueda resultar decirlo, debiéramos de estar agradecidos a que la pérdida de estos elementos se produjera; ya que ésta siempre nos traerá consigo, la oportunidad para que aprendamos a encontrar la única forma de amor propio que nada ni nadie podrá arrebatarnos.

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