Respiración abdominal vs respiración pectoral

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respiración abdominal

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¿Quieres saber hasta qué punto te interesa leer este artículo? Pues lo tienes fácil:
.      .Apoya la palma de una de tus manos sobre tu pecho, y la de la otra sobre tu abdomen, respira hondo, y observa si la mano cuya palma tienes apoyada sobre el pecho se ha movido o elevado; si ha sido así, ni te lo pienses: la lectura de este artículo, te interesa. De hecho, cuanto más se haya movido o elevado susodicha mano, más atención te conviene prestar a lo que a continuación va a decirse, porque, no tengas el menor asomo de duda, peor vendrás respirando ––absorbiendo energía–– desde quién sabe ya cuantos años atrás.

Es a través del proceso de la respiración, que obtenemos nuestra principal fuente de energía vital. Por lo que podemos tener la seguridad de que nuestros respectivos niveles de susodicha energía, dependerán antes que de ninguna otra cosa, de lo adecuada, o inadecuadamente que respiremos; siendo esta última, pues, la razón por la que aprender a respirar correctamente, debiera ser para todos nosotros una cuestión fundamental.
.      .Si bien lo cierto es que los seres humanos no necesitamos “aprender”, sino más bien “reaprender” a respirar; ya que lo cierto es que cuando se produce nuestra llegada al mundo o nacimiento, lo hacemos respirando correctamente: inhalando y exhalando siempre por la nariz, y lanzando el aire a la zona abdominal de nuestro torso. Y así es como continuamos haciéndolo hasta que la sociedad de consumo en la que casi todos nosotros ––así sea en un mayor o menor grado–– nos hallamos inmersos, termina por inspirarnos tantos y tan variopintos sentimientos de urgencia ––más conocidos como stress––, que aumentamos nuestras revoluciones mentales hasta el punto en el que, progresivamente y sin ni tan siquiera advertir que lo hacemos, reacomodamos la velocidad de nuestra respiración a la de nuestros procesos mentales y/o fluctuaciones atencionales, y dejamos de respirar abdominalmente, para hacerlo pectoralmente. Pues el tiempo que necesitamos invertir para llenar de aire la parte superior o pectoral de nuestro torso, es mucho menor que el que necesitamos invertir para hacer lo propio con la parte inferior o abdominal.
.      .Ahora bien; ¿realmente ganamos algo respirando pectoral y, por consiguiente, superflua y apresuradamente?
.      .La respuesta a esta pregunta es un no rotundo.
.     .No ganamos nada porque a lo único que nos conduce el hecho de respirar ––inhalar y exhalar–– apresuradamente, es a tener que volver a hacerlo igual de apresuradamente; con lo que, aún por encima de estresar nuestro sistema nervioso y acelerar nuestra maquinaria interna innecesariamente, introducimos en nuestro cuerpo una cantidad mucho menor de energía de la que introduciríamos en el caso de respirar abdominalmente. Para comprobarlo, solo hay que observar como la cantidad de aire ––energía–– que nos es necesario tomar para hinchar nuestro pecho, es mucho menor que la que necesitamos tomar para hacer lo propio con nuestro abdomen.
.      .Luego, cómo no podía ser de otra manera, también nos encontramos con que al respirar pectoralmente, perdemos la posibilidad asimilar o “digerir” debidamente la que ya de por sí es la menor cantidad de energía que de este modo introducimos en nuestro cuerpo; ya que al ser esta última una forma de respiración mucho más superflua que la abdominal, no da lugar a que la energía absorbida penetre profundamente en nuestro interior. Que, esencialmente, es lo mismo que viene a sucedernos con los alimentos que ingerimos, cuando no nos tomamos el tiempo necesario para masticarlos debidamente; es decir, que tampoco podemos digerirlos ––y por consiguiente extraer de los mismos sus principios alimenticios y/o energéticos–– debidamente.

¿Qué es lo que debemos hacer, pues, para reencauzar nuestra respiración a la zona abdominal y poder disfrutar de los beneficios que está habrá de aportarnos?
.      .Tan solo un simple ejercicio de atención y perseverancia: debemos comenzar a respirar abdominalmente de forma consciente ––concentrándonos en lanzar el aire que inhalamos a la zona abdominal de nuestro torso––, todo el tiempo que nos sea posible, hasta que llegue el día en el que advirtamos que nuestro cuerpo ya habrá automatizado nuevamente la que a fin de cuentas es su forma de respiración natural.
.      .Si perseveramos en esta actitud, en apenas un mes y medio ––o como mucho dos––, habremos logrado nuestro objetivo.
.     .Los beneficios que obtendremos una vez hayamos recuperado el cauce natural de nuestra respiración, serán innumerables. Si bien el más ostensible de ellos será el de que nuestros niveles de energía se verán incrementados y, consecuentemente, también así lo hará nuestra resistencia al cansancio y/o a la fatiga; algo que podremos comprobar en cuanto nos pongamos a realizar cualquier forma de ejercicio físico ––aunque ésta únicamente entrañe el subir varios pisos de un edificio por las escaleras––.
.     .Por otro lado, en la misma medida que aquietemos nuestra respiración al bajarla a la zona abdominal, también haremos lo propio con nuestros procesos mentales y sistema nervioso; con lo que alcanzaremos un estado de relajación y armonía con nosotros mismos y nuestro entorno mayor del acostumbrado. No en vano nuestros procesos mentales ––más concretamente las fluctuaciones atencionales que estos nos provocan––, nuestra respiración, y nuestro sistema nervioso, van inexorablemente cogidos de la mano. Y así como la aceleración de nuestros procesos mentales estimula la aceleración de nuestra respiración, el apaciguamiento de nuestra respiración estimula el apaciguamiento de nuestros procesos mental-atencionales así como, por descontado, el de las reacciones nerviosas que estos últimos engendran.

Y ya para dar término a esta entrada, solo añadir que una vez que nos decidamos a ejercer un control consciente sobre nuestra respiración, para comprobar si estamos o no respirando correctamente, bastará con que ––como ya se dijo más arriba–– apoyemos la palma de una de nuestras manos sobre nuestro pecho, y la de la otra sobre el estómago, y observemos cual de las dos es la que sube y baja, acompañando rítmicamente cada una de nuestras inhalaciones y exhalaciones, respectivamente. Nuestro propósito al realizar este ejercicio será, sobra decir, el de conseguir que la que suba y baje sea la mano cuya palma tendremos apoyada sobre el estómago mientras que, entretanto, la otra permanece apoyada sobre nuestro pecho completa o casi completamente inmóvil.

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