Porque soy un hombre educado en el machismo del patriarcado, tengo miedo a decir “tengo miedo”

0
454

Porque soy un hombre educado en el machismo del patriarcado, tengo miedo a decir “tengo miedo”

.

Vivimos en tiempos revueltos con el tema del sexismo. Las mujeres alzan la voz para denunciar las injusticias que experimentan como consecuencia de vivir en un patriarcado. Pero como sucede prácticamente siempre en esta vida, las cosas nunca son ni blancas, ni negras. No todo en el patriarcado es bueno para los hombres, malo para las mujeres. De hecho, todo lo que redunda en beneficio de los hombres, también les perjudica de algún modo; así como todo lo que perjudica a las mujeres, también las beneficia de algún otro modo. Para darse cuenta de ello, hay que detenerse a mirar las cosas en profundidad, dejando a un lado el odio, los prejuicios, y las propias heridas, sin caer en resquemores, fanatismos ni extremismos de ninguna clase.

Resulta vital tener en cuenta que no escribo este artículo para negar que las mujeres tengan problemas o vivan injusticias por el hecho de vivir en un patriarcado. Simplemente quiero ayudar a clarificar las cosas mostrando la otra cara de la moneda. Pues los hombres también tenemos problemas y vivimos injusticias por el hecho de haber sido educados en el machismo del patriarcado.

No pretendo, por tanto, caer en el infantilismo de tratar de demostrar si son los hombres o las mujeres las que se llevan la peor parte. Porque esto no debe convertirse en una guerra entre hombres y mujeres, en una guerra entre los sexos. Esta no debiera ser una lucha por ver quiénes son mayores víctimas de las circunstancias, sino una lucha por alcanzar una mayor empatía colectiva y posibilitar que los unos se pongan en el lugar de las otras, y las otras en el de los unos. Para evitar que el enfrentamiento sea cada vez mayor, debiera ser una lucha por presentar el problema de un modo bilateral y objetivo, no unilateral y subjetivo.  Mientras las cosas se vean solo desde un único prisma, resultará inevitable que la separación y el enfrentamiento entre los sexos sea cada vez mayor. De esta forma el machismo no será eliminado; se hará cada vez más fuerte desde el empuje del hembrismo (que no debe ser confundido con el feminismo) de mujeres resentidas, iracundas y carentes de empatía hacia los problemas del hombre.

Los hombres también nos enfrentamos a muchas dificultades y tenemos temores con los que debemos lidiar cada día por el hecho de haber sido educados en el machismo del patriarcado. Solo para empezar nos encontramos con que tenemos miedo a decir “tengo miedo”. Porque el machismo nos ha negado la posibilidad de sentirnos fuertes si reconocemos tener miedo. Porque el machismo nos instiga a sentirnos unos cobardes por el simple hecho de sentir algo tan natural como es el miedo. Está bien visto que una mujer reconozca tener miedo, pero no que lo haga un hombre. He aquí la primera gran negación que a los hombres nos impone el machismo del patriarcado: el derecho a reconocer abiertamente nuestros miedos.

No me queda otra, pues, que comenzar la lucha enfrentándome al primero de mis temores machistas. Y para hacerlo debo decir: soy un hombre y tengo miedo.

Las mujeres denuncian el acoso o miedo al acoso sexual que sufren solo por salir a la calle. Porque hay muchos hombres que, efectivamente, las acosan sexualmente. Pero también hay muchos hombres que acosan por la calle, no sexual pero sí violentamente, a otros hombres. Solo que como somos hombres educados en el machismo del patriarcado, no tenemos la misma facilidad que las mujeres para reconocerlo abiertamente. Y seguro que ésta es una de las razones por las que muchas mujeres enfocan sus discursos de un modo tan unilateral. Porque desde nuestro miedo a reconocer nuestros miedos, parece que los hombres no seamos víctimas de ninguna forma de acoso o maltrato por parte de otros hombres. Dando la impresión de poder caminar tranquilamente por la calle sin miedo a que algo como un mero cruce de miradas con el tipo equivocado desemboque en cualquier forma de violencia. Y si tememos que esto suceda propiciado por algo tan efímero y cotidiano como un cruce de miradas… Imaginad la de situaciones que diariamente pueden inspirarnos este mismo miedo.

Sin ir más lejos, cuando salgo a la calle y libero a mis perros, tengo que lidiar continuamente con el miedo a que tengan un roce con el perro de algún energúmeno que me meta en problemas. Y no es un temor gratuito; lo tengo porque ya me ha sucedido en numerosas ocasiones. Seguro que se dan casos de muchos hombres que después de haber tenido a sus perros encerrados en casa todo el día, no se atreven a soltarlos por la calle o se lo piensan dos veces antes de hacerlo, no porque sea ilegal y puedan multarlos, sino por miedo a sufrir enfrentamientos con este tipo de energúmenos, que los hay a patadas. El riesgo a que, por la razón que sea, un hombre amenace o ataque físicamente a otro hombre por la calle, es muy elevado. Igual que hay muchos hombres que carecen de herramientas para intentar seducir a las mujeres de formas que no resulten groseras u ofensivas, también hay muchos hombres que, ante cualquier situación de tensión que involucre a otros hombres, son incapaces de dialogar y pasan directamente a la amenaza verbal o física. La mayoría de mujeres no os dais cuenta, pero el hombre educado en el patriarcado, debe bien bajar la cabeza ante otros hombres y lidiar con sentimientos de cobardía y humillación que socavan su autoestima, o no bajarla y sufrir enfrentamientos continuos con aquellos que, desde sus propios complejos y carencial personales, se comportan y reaccionan de formas violentas. Yo decidí no bajarla y, debido a ello, solo para empezar, fui perseguido tenazmente por grupos de neonazis radicales y violentos durante toda mi adolescencia. Aquella terrorífica parcela de mi vida dio comienzo cuando tenía trece años de edad, y un mastodonte varios años mayor que estudiaba en el mismo colegio que yo y al que no había visto en mi vida, me alzó de improviso y sin mediar palabra dos palmos del suelo y me estampó contra una pared gritándome como un poseso que como volviera a verme con la camiseta que llevaba puesta me iba a matar. ¿Sabéis el miedo que sentí al vivir aquella experiencia a tan temprana edad? Pues bien; aun así os aseguro que todavía fue peor experimentar el sentimiento de cobardía que desarrollé durante los días siguientes en los que no me atreví a ponerme aquella camiseta. ¿Sabéis por qué? Porque era un niño educado en el machismo del patriarcado. En caso contrario, no habría vuelto a ponérmela, la bola de nieve no habría seguido rodando, y me habría ahorrado un largo infierno de violencia, persecuciones, acosos, y endurecimiento insano de mi carácter e imagen personal acerca del cual no voy a seguir hablando aquí, pues pienso que el mensaje ya debiera haber calado lo suficiente. Que no es otro que el de que, así seamos o no capaces de reconocerlo abiertamente los hombres, las mujeres no sois las únicas que tenéis razones para tener miedo de salir a la calle; los hombres también tenemos muchas razones para ello.

Cambiando de tema, diré que bajo la perspectiva de que los hombres somos unos acosadores y las mujeres no, nos encontramos con que al menos a ese respecto las mujeres pueden intentar ligar con los hombres de una forma mucho más natural y carente de complejos; vale decir, sin sentirse unas acosadoras y, por tanto, culpables por ello. En cambio los hombres debemos reprimir estos impulsos o al menos medir mucho más que las mujeres los tiempos y formas de hacerlo. De manera que, o bien no nos sentimos libres de manifestar nuestros deseo de conocer o querer intimar con una mujer, o nos resulta mucho más difícil hacerlo desde la naturalidad que en muchos casos nos eximiría de ser tachados como unos acosadores. Porque si una mujer intenta ligar conmigo sin asegurarse de que mis sentimientos o deseos hacia ella sean recíprocos, se mantendrá a ojos de la sociedad libre de culpa, pese a que igualmente me estará metiendo en una situación incómoda o comprometida. Ahora bien, si soy yo el que meto la pata, hasta yo mismo sentiré haber acosado a la mujer en cuestión y me sentiré culpable por ello.

Como consecuencia del machismo del patriarcado que todos hemos mamado, hombres y mujeres por igual creemos que el sexo al que hay que defender, es al femenino. Basta con que una mujer diga que un hombre la ha maltratado o la esté maltratando para que todos, hombres y mujeres por igual, la crean y salgan en defensa de ella sin mediar presunción de inocencia alguna. Y ni hablar del sistema judicial del patriarcado. Si una mujer se inventa que la he golpeado o agredido sexualmente, la policía va a ir a buscarme y me va a detener. Y ya se demostrará luego si era o no verdad lo que ella decía. Pero si un hombre o mujer me agrede a mí de verdad y hago la denuncia… ¿saben qué sucederá? Prácticamente nada mientras no haya sucedido algo realmente grave. Y, desde luego que, suceda lo que suceda, nunca cobrará la misma dimensión una agresión sufrida por un hombre a manos de otro hombre o mujer, que la sufrida por una mujer a manos de un hombre (al menos no en occidente). Y eso es muy injusto para los hombres que también son víctimas de la violencia.

Los hombres somos los teóricos fuertes y, debido a ello, nadie, ni otros hombres ni tampoco las mujeres, mirarán por nuestras necesidades, debilidades o sentimientos, tal y como lo harían si, en lugar de hombres, fuéramos mujeres. Porque a quién debemos de proteger y complacer en el patriarcado, es a la mujer, no al hombre. El otro día un amigo comentaba que él siempre que veía a una amiga suya con frío, le ofrecía abrigo si tenía alguna prenda a mano para arroparla, pero que, sin embargo, a él nadie le ofrecía nunca abrigo cuando evidenciaba tener frío. Como respuesta a su comentario, una amiga allí presente, dijo que ella sí tenía esa consideración con los hombres, pero que, aun así, muchas veces no les ofrecía abrigo porque temía herirlos en su masculinidad al evidenciar su “vulnerabilidad”. Es un hecho incuestionable que, para la mayoría de personas, resulta mucho más fácil ofrecer su ayuda, sea ésta de la índole que sea, a una mujer que a un hombre.

¿Saben que suele suceder cuando un hombre discute con una mujer y hay más mujeres presentes? Que éstas tienden a ponerse del lado de ella aunque no tenga razón. Si bien lo peor del caso, es que si hay hombres presentes, estos también tenderán a defenderla a ella sin atender a razones. ¿Saben lo desagradable que le resulta a un hombre vivir este tipo de experiencias? ¿Saben lo solo, desamparado y maltratado que puede llegar a sentirse? Y, obviamente, de esto no se quejan las mujeres pese a que, lo reconozcan o no, cuando los hombres actúan de esta manera, lo hacen desde intereses de índole sexual.

Si una mujer se pone cariñosa o “tontorrona” con su pareja o su perro en público, no pasa nada. Está todo bien porque es una mujer y, desde el machismo impuesto por el patriarcado, tiene todo el derecho de expresar su afecto sin ser juzgada por ello como una persona ridícula. Pero este mismo machismo puede dejar en muy mal lugar a un hombre que haga lo propio. El machismo del patriarcado secuestra nuestro derecho a mostrar abiertamente nuestra afectividad y cariño. Por lo que no es de extrañar que en muchas ocasiones reprimamos el cariño o afectividad que sentimos hacia los seres que nos los inspiran. Ni que decir tiene que esto tampoco redunda en nuestro beneficio. No ha pasado mucho tiempo desde que un hombre no podía abrazarse a otro sin que su orientación sexual fuese puesta en duda. Y ya se sabe que el machismo tolera muchísimo menos la homosexualidad en el hombre, que en la mujer.

Existen muchas formas de maltrato aparte del físico; como lo son la manipulación y la mentira, la infidelidad, la dependencia y la restricción de la libertad ajena, el chantaje emocional, la insensibilidad o falta de empatía, o el distanciamiento atencio-afectivo. Y aquí volvemos a lo mismo: el machismo impuesto por el patriarcado dificulta al hombre mucho más que a la mujer reconocer haberlas sufrido. ¡Qué duro le resulta al macho reconocer abiertamente haber sido manipulado o engañado por una mujer! Razón por la que parece que casi siempre seamos los hombres los que maltratamos a las mujeres y les somos infieles, y no al revés. Si bien lo cierto es que no se trata de hombres que maltratan a mujeres, ni de mujeres que maltratan a hombres. De lo que realmente se trata es de personas con problemas y carencias que maltratan a personas que, debido a sus propios problemas y carencias, consienten ser maltratadas. Un factor este último a tener muy en cuenta, ya que es muy fácil quejarse de que tu pareja te hace la vida imposible, pero es muy difícil detenerse a reflexionar porqué has consentido llegar a esa situación cuando, así seas capaz de reconocerlo o no, cualesquier forma de maltrato resulta fácil de ver venir, y muy rara vez se manifiesta como un caso aislado o de forma inesperada. De hecho cuando uno lo vive así, tiende a ser porque le ha resultado más cómodo caer en el autoengaño, que enfrentarse a una realidad que no se ajustaba a sus intereses egoístas: la de que su pareja o amante no le convenía. No podemos esperar que nuestra vida mejore a base de que los demás se conviertan en lo que deseamos que sean; nuestra vida tan solo mejora cuando nos aceptamos a nosotros mismos y a las personas tal y como somos y, desde ese grado de consciencia libre de egoísmo, actuamos en consecuencia.

Las mencionadas son algunas de entre las muchas consecuencias negativas que el machismo del patriarcado impone a los hombres. Porque, como ya dije anteriormente, las cosas nunca son blancas o negras, ya que visto de una forma bilateral y objetiva, todo tiene sus pros y sus contras.  Las mujeres son consideradas el sexo débil, sí, y es innegable que esto tiene para ellas consecuencias negativas. Pero sucede que, partiendo de este mismo condicionamiento educacional machista del patriarcado, también los hombres sufrimos consecuencias negativas. Un hecho que no debe dejar de tenerse en cuenta si realmente queremos solucionar unos problemas que preferiría denominar humanos, y no sexistas, en nuestra sociedad. Porque los problemas nunca se eliminan mediante partidismos o extremismos, echando la mierda a un solo costado. El camino hacia la solución de los problemas en las relaciones solo comienza a encontrarse cuando todos los implicados se esfuerzan por desarrollar la empatía y honestidad necesarias para ponerse en el lugar del otro.

Para facilitar que todo esto suceda, los hombres necesitamos trascender los condicionamientos machistas impuestos por el patriarcado que nos impiden reconocer nuestros temores y debilidades. Necesitamos encontrar el coraje necesario para decir: “yo tengo miedo a esto o a aquello” o “yo me siento o me he sentido maltratado bajo esta o aquella circunstancia”. Y, por supuesto, también las mujeres tendrán que esforzarse por liberarse de todos estos condicionamientos machistas que, en lugar de perjudicarlas a ellas, nos perjudican a nosotros. Porque aunque pueda parecer que no, lo cierto es que tanto hombres como mujeres sufrimos injusticias y, para poder resolverlas, necesitamos ponernos todos y todas por igual en el lugar de los demás.

Dicho todo esto, termino recomendando la lectura de «Al monstruo que llevas dentro». Porque resulta vergonzoso que tanto hombres como mujeres pidamos respeto cuando no estamos dispuestos a darlo. Más aun cuando los golpes recibidos son prácticamente caricias frente a los golpes asestados.

.

Si te ha gustado esta publicación y estas interesado en ampliar tus niveles de consciencia en las que a las relaciones humanas y de pareja se refiere, te recomiendo la lectura de mi obra «El gran mapa (de consciencia) del amor (y las relaciones)» 

Otras obras completas del autor:

El puente de la atención

Llamémosles… Ellos

Drácula: Adaptación teatral