La verdad sobre el ser humano y su consumo de proteínas animales

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En primer lugar hay que aclarar que a los seres humanos no nos sirven de nada, en sí mismas, las proteínas animales. Porque al comernos, por ejemplo, un filete de ternera, nuestro cuerpo no es capaz de asimilar sus proteínas. Necesita descomponerlas para extraer de ellas los aminoácidos con los que elaborar otra forma de proteína que sí seremos capaces de asimilar. Proceso que igualmente se repite cuando consumimos productos lácteos, huevos o pescado. Esto significa que el valor que para nosotros tiene un alimento que contiene proteínas animales no se mide en las proteínas en sí mismas, sino en sus aminoácidos.

Existen 23 aminoácidos diferentes. 15 de estos aminoácidos son producidos por nuestro cuerpo; los otros 8, los denominados esenciales, los extraemos de aquello que ingerimos. Todos ellos son sintetizados en el mundo vegetal. Si comemos regularmente frutas, verduras, frutos secos y semillas, obtendremos los aminoácidos necesarios para que nuestro cuerpo elabore la proteína que necesita. Por esa razón, todos los animales, seres humanos incluidos, necesitamos ingerir productos vegetales. Algo que hacemos así sea comiendo dichos productos de forma directa, o indirecta comiéndonos a aquellos animales que los comieron anteriormente. Siendo esta última la razón por la que muy rara vez los animales carnívoros se devoran entre ellos, sino, que, generalmente, devoran a animales herbívoros, empezando por sus intestinos repletos de vegetales. Pregúntense por qué los leones nunca atacan a las hienas (a las que someterían con tremenda facilidad) que se aglutinan a su alrededor mientras devoran a los animales herbívoros que han cazado. Simple y llanamente porque, instintivamente, las hienas, siendo animales carnívoros, no tiene ningún interés para ellos. De forma que las hienas esperan despreocupadamente a que los leones se sacien, y luego devoran los restos que estos les dejan.

Otra de las razones por las que se nos instiga a comer proteínas animales, es porque se dice que estas contribuyen a fortalecer nuestros músculos. Intentan convencernos de que seremos más fuertes si comemos muchas proteínas animales cuando los animales más fuertes del planeta, tales como lo son los elefantes, hipopótamos, rinocerontes o jirafas, son 100% herbívoros.

¿Has oído hablar alguna vez de alguna vaca, oveja, cebra, gacela, gorila o caballo que sufra de deficiencia proteínica?

Yo tampoco. Como tampoco he conocido nunca a ningún vegetariano o vegano que padezca esta deficiencia.

¿Cómo es esto posible? ¿Acaso los seres humanos no necesitamos comer diariamente proteínas animales (carne, pescado, huevos, queso o leche) porque éstas poseen unos aminoácidos ––los llamados esenciales–– que no se hallan presentes en el mundo vegetal y que nuestro cuerpo necesita para elaborar su propia proteína?

¡Basta ya de mentiras! Los seres humanos, al igual que los animales frugívoros y herbívoros, en absoluto necesitamos de la ingesta de proteínas animales para mantenernos saludables. Al contrario: es el consumo de los alimentos que contienen proteínas animales el que degenera en obesidad, aumento del colesterol, obstrucción de arterias y enfermedades cardiovasculares, cánceres, úlceras, gota y otras tantas y muy variopintas afecciones. En cambio, no se conoce enfermedad alguna vinculada al vegetarianismo o veganismo. De hecho, son estas últimas dietas las que nos ayudan a eliminar o al menos a reducir los problemas y enfermedades generados por el consumo de proteínas animales.

La morfología humana muestra claramente para la ingesta de qué tipo de alimentos estamos hechos los seres humanos:
.       .Los seres humanos no poseemos garras para desgarrar la carne, sino manos y dedos aptos para alcanzar y coger la fruta de los árboles y arbustos. Nuestra dentadura no se asemeja a la de los animales carnívoros así como tampoco a la de los herbívoros, sino a la de los frugívoros. Con una proporción de 12 a 1 respecto a nuestro tronco, nuestros intestinos son proporcionalmente iguales a los del resto de animales frugívoros; mucho más largos que los de los carnívoros (cuya proporción es de 3 a 1 respecto a sus troncos). La longitud de nuestros intestinos está diseñada para que tengamos tiempos de absorber las sustancias nutritivas contenidas en las frutas y verduras, no para comer proteínas animales que a su dilatado paso por los mismos (dada su referida longitud) se pudren y nos llenan de toxinas (causándonos muchos problemas y enfermedades). El estómago de un carnívoro segrega diez veces más ácido clorhídrico que el de los seres humanos. Nuestra saliva es, en lugar de ácida como la de los animales carnívoros, alcalina, y posee una enzina llamada ptialina cuya función es la de ayudarnos a digerir los carbohidratos (almidones) que solo se encuentran en el mundo vegetal. A este respecto debe de entenderse que todos los ácidos que los animales carnívoros poseen en su saliva y estómago están destinados a ayudarles a digerir las proteínas animales. El hígado de un carnívoro es capaz de eliminar entre diez y quince veces más ácido úrico que el nuestro o el de cualquier otro animal frugívoro o herbívoro. El ácido úrico es extremadamente tóxico y el consumo de carne libera grandes cantidades del mismo en nuestro organismo.  Nosotros carecemos de una enzina conocida como uricasa, cuya función es la de descomponer el ácido úrico.

¿Y entonces? ¿Si la naturaleza es tan sabia, por qué iba a hacernos omnívoros si esta forma de alimentación habría de causarnos tantos inconvenientes?

Precisamente porque la naturaleza es sabia, que no nos hizo omnívoros, sino frugívoros. Fuimos nosotros mismos los que, como veremos más adelante, no por cuestiones inherentes a nuestra naturaleza esencial sino por imposiciones circunstanciales, comenzamos a ingerir animales y, al hacerlo durante mucho tiempo continuado, olvidamos nuestros verdaderos orígenes y creímos ser omnívoros.

Las evidencias referidas demuestran que no estamos fisiológicamente capacitados ni para cazar a otros animales, ni para masticar y digerir su carne de un modo adecuado y saludable para nuestro organismo. Nuestras reacciones instintivas tampoco demuestran que seamos carnívoros. Cuando nos cruzamos con una vaca, conejo o ardilla por el campo, no sentimos el impulso de abalanzarnos sobre ellos para devorarlos, sino, en todo caso, el de observar su belleza e incluso el de intentar acariciarlos. Y nuestras reacciones psicológicas, menos aun. La sola idea de comernos la carne de un animal cruda o la de amorrarnos a sus pezones para bebernos la leche de sus tetas, nos resulta repulsiva. Tan solo llegaríamos a hacerlo si nos obligaran a ello y, sin lugar a la duda, resultaría ser una experiencia harto traumática para nosotros. El único modo de hacernos apetecible la idea de comernos la carne de un animal, es cocinándola previamente. Es decir, procesándola artificialmente mediante su cocinado; algo que no se nos ocurriría hacer hasta quién sabe cuánto tiempo después de nuestro descubrimiento del fuego. Por lo tanto, independientemente del punto de vista desde el que se mire (fisiológico, instintivo o psicológico), es absurdo creer que originalmente los seres humanos comíamos animales.

Se entiende que fueron las glaciaciones las que obligaron a la humanidad a alimentarse de otros animales, ya que las bajas temperaturas y la aparición masiva de hielo impedían y limitaban el crecimiento del mundo vegetal. Aunque de no haber existido las glaciaciones, a los seres humanos igualmente podría habernos dado por ponernos a comer animales, igual que a cada día que pasa nos da por hacer más y más cosas que no necesitamos e incluso que redundan en nuestro prejuicio.
.     .Pasadas las glaciaciones, continuamos alimentándonos de animales por razones obvias, ya que estos periodos se alargaron durante miles de años y las nuevas generaciones se olvidaron de que sus antepasados se alimentaban única y exclusivamente de frutas y vegetales. Por lo que es perfectamente lógico pensar que a partir de la primera glaciación, las nuevas generaciones humanas considerarían que lo normal y necesario para su subsistencia era alimentarse de otros animales, ya que no habrían conocido otra cosa.

Teniendo en cuenta estos sucesos, no es de extrañar cómo esta falsa creencia llegó a instaurarse en la mente colectiva humana. Si bien debiéramos preguntarnos por qué a día de hoy, sabiendo ya todo lo que se sabe al respecto, continúa tratándose a esta falsa creencia como a una verdad absoluta. Médicos y presuntos expertos en nutrición continúan diciéndonos que necesitamos ingerir proteínas animales a diario. Ellos mismos lo creen porque es una “verdad” que viene impuesta desde las más altas esferas; aquellas que en conformidad a sus intereses deciden qué mentiras propagar por el mundo usando para ello los medios de comunicación, de los que son dueños y señores absolutos.
.      .La industria ganadera se nutre a costa de hacer creer al pueblo que necesita ingerir proteínas animales y, ni que decir tiene, a costa del sufrimiento de los animales (acerca del que ya hablé en este mismo blog en el post al monstruo que llevas dentro). La industria farmacológica lo hace a costa de los medicamentos que nos vende como consecuencia de los problemas de salud y enfermedades que el consumo de dichas proteínas nos ocasionan.
.       .Si hicieron creer a millones de personas que Las Torres Gemelas fueron derribadas, no como salta a ojos vista en los videos del incidente por mediación de una demolición controlada,  sino por el impacto de un avión, queda claro que pueden hacer creer cualquier cosa que les venga en gana.

Al igual que con todo lo demás, en nuestras manos queda hacer por investigar y descubrir la verdad acerca de las proteínas animales. Tanto nuestra salud como el bienestar de millones de animales actualmente encerrados en campos de concentración (a los que llaman granjas industriales) terminarán agradeciéndonoslo.