Que no te engañen: no eres adicto a la nicotina.

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Dejar de fumar es tan fácil como querer dejar de fumar. De ser así, más tarde o temprano cualquier persona deja de fumar.

Si uno cree que quiere dejar de fumar cuando en el fondo no quiere, no habrá forma de que lo consiga. Así que lo primero que debe de hacer una persona que crea querer dejar de fumar, es asegurarse de que está siendo honesta consigo misma. En caso contrario, lo único que conseguirá será pasar algún mal rato que otro reprimiéndose en vano, perder su tiempo y, si no se espabila, también su dinero dependiendo de qué método ––cada cual de ellos más absurdo y saca muelas–– propuesto por la sociedad de consumo decida utilizar para intentar liberarse de su vicio.

Si uno tiene claro que realmente quiere dejar de fumar, lo único que tiene que hacer es comprender por qué fuma; es decir, comprenderse a sí mismo; visualizar el camino que recorre su mente consciente ––en este último caso arrastrada siempre por la subconsciente––, antes de empujarle a echarse un cigarrillo a la boca. Un camino que, como ahora enseguida comprobaremos, tiene muy poco o incluso nada que ver con una presunta adicción a la nicotina.

Todo fumador ha tenido en algún momento la ocasión de comprobar cómo cuando algo mantiene su atención lo suficientemente distraída,  ni tan siquiera se le pasa por la cabeza la idea de fumarse un cigarrillo. O si acaso sí se le pasa, ésta no ejerce sobre él la influencia suficiente como para verse impelido a echarse uno a la boca deprisa y corriendo; que es precisamente lo que no puede evitar hacer cuando ninguna otra cosa reclama su atención aparte de la propia idea de fumarse un cigarrillo.

No son pocas las ocasiones en las que cuando un fumador advierte este acontecimiento, se dice a sí mismo o a aquellas personas que le rodean:

––Fíjate, llevamos aquí más de dos horas “haciendo esto o aquello”, y no me he fumado un solo cigarrillo cuando, normalmente, me habría fumado tres o cuatro.

Éste es un hecho que nos permite atisbar que en realidad un fumador no es ni mucho menos todo lo adicto a la nicotina que cabría esperar. De no ser así, sufriría los síntomas asociados a su presunta adicción siempre que pasase cierta cantidad de tiempo desde el consumo de su última dosis, y no únicamente cuando hallándose libre de otros focos de distracción, posase su atención en la idea de fumarse un cigarrillo.

A lo que todos los seres humanos, así seamos fumadores o no, somos adictos, es a la búsqueda del placer o, lo que viene a ser esencialmente lo mismo, a la de la eliminación del displacer. Y como sucede que nadie nos ha enseñado a amarnos a nosotros mismos o, lo que viene a ser lo mismo, a encontrar el camino que nos permita mantenernos en paz con nosotros mismos, siempre necesitamos hacer algo extraordinario para hacerle un quiebro al displacentero sentimiento de vacío que nuestra mera consciencia de ser nos inspira. Querer, o no querer ser; ésta sí es ––con todos mis respetos hacia William Shakespeare–– la verdadera cuestión; de la que origina una de las mayores incongruencias del ser humano: su casi permanente insistencia por matar el mismo tiempo de cuyo fin, por otra parte, tanto rehuye.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Fumamos porque somos adictos a la nicotina? ¿O por qué somos incapaces de aguantarnos a nosotros mismos?

La respuesta a esta pregunta la obtendréis en cuanto pongáis un poco de vuestra parte, y os esforcéis por retirar la atención de la idea de fumaros un cigarrillo en cada una de las ocasiones que ésta haga su aparición. Pues si realmente queréis dejar de fumar y ponéis lo que hay que poner para retirar dicha idea de vuestra atención, comprobaréis llenos de asombro que nunca fuisteis adictos a la nicotina; que eso únicamente es lo que a Ellos ––no ya únicamente a quienes venden el tabaco, sino a quienes venden parches o chicles de nicotina, terapias láser para dejar de fumar, etcétera–– les ha interesado creer y hacer creer a los demás para así llenarse los bolsillos a costa del sufrimiento y la enfermedad ajenos.

Lo único que necesitamos para dejar de fumar de un día para el otro sin pasarlo mal reprimiendo nuestro deseo ––además de gastando el dinero en chorradas varias––, es 1) querer dejar de fumar realmente, y 2) retirar la atención de la idea de fumarnos un cigarrillo cada vez que ésta acuda a nuestra mente. Hasta que llegue el día en el que, a base de evitarnos pensar en ello, nuestro hábito “atencional” de pensamiento hacia el cigarrillo termine rompiéndose para siempre. Algo que ocurrirá mucho más rápido de lo que nos imaginamos, siempre y cuando realicemos bien este ejercicio y nos mantengamos lo más alejado posible de otros fumadores; ya que, como ha de resultar evidente, en la presencia de estos últimos siempre nos resultará más difícil retirar la atención de la idea de fumarnos un cigarrillo.

Si realmente quieres dejar de fumar, no lo dudes: deshazte de tu paquete de tabaco, y comienza a poner en práctica este ejercicio ahora mismo. Aquí, y ahora mismo.

Para dejar de fumar, el más elemental de entre los ejercicios de meditación. Evita pensar en el tabaco. Y, cuando te descubras haciéndolo, limítate a dejar de hacerlo. Así de sencillo. Aunque nadie nos lo haya dicho con anterioridad, nuestra atención es el vehículo de nuestra energía. De modo que nuestra energía se ve irremisiblemente impelida a acudir allí donde enfocamos nuestra atención.

Evita pensar en el tabaco, y comprobarás que tu cuerpo apenas muestra síntoma alguno de la que, presuntamente, era tu poderosa adicción a la nicotina.

Es más: si eres “presuntamente” adicto a cualquier otra sustancia o hábito de conducta, te digo exactamente lo mismo. Retira tu atención de cualquier proceso mental vinculado a tu presunta adicción conforme se presente en tu mente, y muy pronto comprobarás que a lo único que eres verdaderamente adicto es a evadirte de ti mismo mediante el desarrollo de diversos procesos mentales de carácter obsesivo que te inducen a desviar tu atención de ti mismo. De tal manera que pierdes el control de tu energía y terminas invirtiéndola en consumir o hacer aquello que consideras indeseable.

Para obtener más información a este respecto, recomiendo la lectura del libro de mi autoría El puente de la atención.

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