Vampirismo por adhesión: dependencia afectiva

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dependencia afectiva

O, sobre los seguidores ––o cortejadores––, y la vampirización de los sentimientos de libertad ajenos

Los seres humanos practicamos el vampirismo por adhesión cuando, sintiéndonos abrumados por nuestros sentimientos de inferioridad, impotencia, o vacío, nos desentendemos de nuestras propias responsabilidades esperando que sean otras personas las que se las carguen a sus espaldas; es decir, cuando nos acostumbramos a que sean los demás quienes se ocupen de hacer aquello que debiéramos de hacer nosotros mismos; generando de este modo unos insanos lazos de dependencia que, como dentro de poco veremos, más tarde o más temprano mandarán al traste ––o cuanto menos minarán–– cualquier forma de relación humana.
.     .En la misma medida que en una relación existe dependencia, existe también vampirismo por adhesión. Aunque, obviamente, se dan casos de vínculos de dependencia como lo son los de los niños pequeños hacia sus educadores, o los de las personas incapacitadas hacia sus cuidadores que, pese al que igualmente termina siendo el elevado desgaste energético por parte de las personas responsables, en modo alguno deben de ser considerados vampíricos.
.       .Un claro ejemplo de vampirismo por adhesión, es el del típico individuo consentido que no es capaz de hacer nada ni de ir a ninguna parte si no es en la compañía de su amigo Fulanito; a cuya energía, ni que decir tiene, se halla tenazmente adherido.

       ¡Rin! ¡Ring! ––a Fulanito le suena el teléfono móvil––.
       ––¿Hola? ––contesta Fulanito.
       ––Oye, soy Adrián, ¿Dónde estás?

 (Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión
Nombre: Adrián
Edad: 28 años.
Domicilio actual: casa de sus padres.
Domicilio anterior: casa de sus padres.
Trabaja en: chupar del frasco paterno.
Información extraordinaria: todos los días cuando se levanta, su madre ya le tiene preparado el desayuno en la mesa de la cocina; un café con leche bien caliente acompañado de sus galletitas preferidas.
Diagnóstico psicológico: nadie le enseño nunca a valerse por sí mismo. Todo lo contrario, aun sin ser esa la verdadera intención, sus educadores le enseñaron que todos estábamos en el mundo para servirle. Al parecer a él, nunca le importó tener que acomodarse a ésta tan particular visión de la vida.

 (Se cierra paréntesis)

    ––Estoy en la otra punta de la ciudad ––responde Fulanito––, arreglando los papeles del local. ¿Por qué lo preguntas?
       ––Porque la moto no me arranca  y necesito que me hagas el favor de llevarme a casa de Carla.
       ––Pues lo siento mucho, pero vas a tener que ir andando, porque luego voy para casa de mis padres. Como tenía que venir hasta aquí, quedé para comer con ellos.
       ––¡Joder! Si todavía son las once; seguro que cuando salgas de allí, todavía te da tiempo a ir y volver.
     ––¡Che! Adrián, voy a tardar yo más en ir a por ti, llevarte a casa de Carla, y volver aquí en coche, de lo que tardarías tú si fueses andando.
       ––¿Pero es que no viste la patada que me pegaron el otro día en el partido? Así no puedo caminar.
       La burda escusa de turno ––piensa Fulanito mientras busca las palabras adecuadas para intentar hacer desistir a Adrián de su propósito: ––Bueno, mira ––intenta probar fortuna–– después de comer te llevo, palabrita del niño Jesús que a las tres y media estoy en tu casa.
       ––Tío, ya sabes que ayer discutí con Carla… Necesito verla lo antes posible.
       ––¡Ah! ––Suspira Fulanito sin poder evitar sentir el no menos absurdo que habitual cargo de conciencia que siempre le inspiran este tipo de conversaciones con Adrian que a tiro fijo lo convierten a él en el responsable del bienestar o, según se vea, del malestar de este primero––.
        ––Está bien, Adrián ––decide claudicar––, en cuanto pueda voy para allá. Pero al menos estate preparado; no me hagas quedarme esperándote abajo quince minutos.
      ––Tranqui, tío, te estaré preparado. Muchas gracias; no sé lo que haría sin ti.
       Yo tampoco ––piensa Fulanito con sorna al colgar el teléfono––, yo tampoco.

También tenemos al también típico espécimen que, ¡pooobrecito!, a base de sobrealimentar atencionalmente las que quiera que sean sus formas de inseguridad y autocompasión personales, siempre te necesita para que le eches una mano incluso para superar los obstáculos más diminutos porque, cómo al parecer él se siente un inútil, un desgraciado, o incluso un mentecato, ni tan siquiera intenta nunca valerse por sí mismo por mucho que tú te esfuerces en hacerle entender el quid de la cuestión; ¡por simple que éste sea!

¡Ding, dong!; ¡ding, dong!
      Alguien llama al timbre de nuestra casa pero, en esta ocasión, viendo que son alrededor de las nueve de la tarde, no tenemos el menor asomo de duda de quién será la persona a la que, ya infelizmente involucrada en sus propios procesos mental-sentimentales de carácter autocastrador-compasivo, nos encontremos frente a nosotros en cuanto abramos la puerta.
     Y, en efecto, ¡¡premio al caballero!!: Al abrir la puerta de nuestra casa nos encontramos frente al lastimero rostro de Mauricio, nuestro no menos timorato que pusilánime vecino que, pocas dudas nos quedan ya al respecto, a su regreso del trabajo ha debido de encontrarse en casa con uno de sus clásicos problemas únicamente resolubles por obra y gracia divina de su admiradísimo vecino, a juicio suyo capaz de superar todo obstáculo imaginable.

(Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión:
Nombre: Mauricio.
Edad: 35 años.
Domicilio actual: vive alquilado en el apartamento que se halla puerta con puerta justo enfrente del nuestro.
Información adicional: se pasó toda su infancia escuchándole decir a su ya difunto padre ––vampiro sentimental de primera categoría–– que era un rematado inútil que no servía ni para hacer la “o” con un canuto.
Diagnóstico psicológico: pasados 25 años de la muerte de su padre, todavía continua creyendo que no sirve ni para hacer la “o” con un canuto.

(Se cierra paréntesis)

       ––Buenas noches, Mauricio. Dime ––decidimos ir directamente al grano para ahorrarnos más pérdidas de tiempo y/o más daños colaterales de la cuenta–– ¿Qué necesitas?
       Y es que sabemos que, como casi todos los días a esta hora, Mauricio necesitará que pasemos a su casa a explicarle como abrirse una cuenta de correo electrónico en yahoo, o cualquier otra nimiedad de semejante dificultad que él mismo podría resolver perfectamente, solo con que confiara un poquito en sus propias posibilidades de éxito y tratase de hacerlo por su cuenta.
       ––Veras, es que una compañera del trabajo me ha dejado una peli, y no sé porqué, no me funciona el video.
       ––Está bien ––contestamos resignación––, vamos a ver que le pasa a tu video ––añadimos antes de adentrarnos en la casa de nuestro vecino en busca del aparato en cuestión.
       Y, adivina adivinanza, ¿cuál es nuestra sorpresa después de detenernos a examinar cuidadosamente el dichoso video?
Nuestra sorpresa es descubrir que Mauricio ni tan siquiera había comprobado que el video estuviese enchufado a la pared antes de, por tercera vez esta misma semana, acudir a nuestra casa en busca de esta nueva ––y todavía más absurda que las anteriores–– forma de ayuda con la que, por descontado, sacarnos de los que quisiera que estuviesen siendo nuestros propios quehaceres; aunque estos únicamente consistieran en estar tumbados plácidamente en el sillón de nuestra casa después de una dura jornada de trabajo.
       Si bien lo peor de todo este asunto, es que es tal la compasión que ––desde los que son sus más que evidentes sentimientos de indefensión en la vida––  nos inspira nuestro por otro lado  exasperante vecino ––y es que una cosa no quita la otra––, que ni si quiera encontramos el momento de decirle que a ver si se espabila y nos deja un temporadita tranquilitos.

Luego tenemos a la también típica madre huevona que está semana sí semana también de baja laboral ––sobre todo si tiene el puesto de trabajo asegurado––; que se pasa los días apalancada en su sillón viendo la telenovela o el programa de cotilleo de turno; y que, cada vez que se le antoja algo, lanza alguno de sus tentáculos en forma de gritos a alguno de sus hijos:

(Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión:
Nombre: Paquita.
Edad: 58 años
Situación sentimental: viuda.
Domicilio actual: la casa de su propiedad en la que vive con sus dos hijos: un niño y una niña de 15 y 17 años de edad, respectivamente.
Trabaja en: funcionaria del estado.
Información adicional: es de las que si, por la razón que sea, no tienen el coche a su disposición, llaman al trabajo para decir que no se encuentran bien y que ya llevarán el parte médico correspondiente; por supuesto, nunca antes de que el mecánico les devuelva el coche.
Diagnóstico psicológico: si fuese de madera, la llamarían mueble.

(Se cierra paréntesis)

       ––¡¡Nene… !! ––A lo que añade en cuanto su hijo da señales de vida––: ¡¡Tráeme un vasito de agua!!
       O: ––¡¡Nena… !! ––A lo que añade inmediatamente después de que su hija se presente a filas en el salón comedor––: Anda, hija, por favor, ve a la cocina y apaga la luz… Que antes, cuando fui a coger el aneurol, me la he dejado encendida.
       “Lo raro ––pensaría su hija a modo de muda respuesta–– es que, en efecto, antes te dignaras a levantar el culo del asiento”.
       ¡Y que no se le antoje nada más elaborado! Porque de ser así: ––¡¡Nene… bájate a la casa de Reme ––la rollera de la vecina del cuarto––, que tiene un libro para prestarme!!
       ¿Y te lo vas a leer tú solita ––podría llegar a pensar el chaval–– o también voy a tener que leértelo yo?

También llegan a darse casos todavía más extremos, en los que alguna de estas madres, huevonas donde las halla, incluso llaman por teléfono a sus ya emancipados hijos ––sobra decir que instalados en apartamentos en a saber cuán lejanos puntos de la ciudad––, para pedirles a ver si pueden hacerle el favor de ir a llevarle un par de briks de leche solo porque, mucho ojo a la escusa de turno, a ella le duele la cabeza o, simple y llanamente, no le apetece bajar a comprarlos al ultramarinos de la esquina, ¡¡sito a 150 metros del portal del edificio de su vivienda!!

No obstante y, tal y como veremos a continuación, el vampirismo por adhesión no se reduce únicamente a este tipo de casos aislados en los que habitualmente también entra bastante en juego la cara más o menos dura del que quiera que sea el individuo en cuestión.
.     .El vampirismo por adhesión es una constante en las relaciones humanas debido al hecho de que, prácticamente siempre que dos personas inician un vínculo, así éste sea sentimental, amistoso, laboral, o de cualquier otra índole diversa, tiende a producirse ––aun en aquellos extraños casos que no sea ésta la intención de ninguno de los implicados–– un proceso de jerarquización racional ––comparativo–– que termina poniendo a uno por encima del otro o, visto desde el ángulo inverso, a uno por debajo del otro.
.     .Muy extraños son aquellos vínculos en los que así sea directamente, o tras el que en muchos casos acostumbra a ser un periodo inicial de mutuo tanteo, uno de sus partícipes no termina convirtiéndose en el seguidor del que, consecuentemente, termina por su parte convertido en su correspondiente líder; resultando entonces casi inevitable que el que acaba situándose en la posición de seguidor, no vaya derogando progresivamente sus propias responsabilidades para, a un mismo tiempo, ir cargándoselas a su respectivo líder. Y es que ni siquiera es necesario que un individuo se sienta particularmente inseguro o vacío para que, involucrado ya en alguna forma de relación con otra persona, no comience más tarde o más temprano a practicar el vampirismo por adhesión. Para ello solo bastaría con que obnubilado por la presunta forma de confianza o supremacía afectivo-sentimental de su amigo, socio, o pareja, llegase al convencimiento de que sin ellos no podría salir adelante; bien porque creyese que sin el apoyo de su seductor amigo nadie lo tendría en cuenta en sus círculos sociales; porque creyese que sin el de su aplicadísimo socio jamás conseguir que el negocio continuase funcionando; o porque creyese que sin el de su amante su vida perdería todo el sentido.
.     .Mucho más especialmente en el seno las relaciones sexual-sentimentales, observaremos como aquel que más inseguro  se siente de sí mismo y, consecuentemente, menos merecedor del amor y/o la atención de su amante, termina en la mayoría de los casos actuando de tal forma que empuja a este último a sentirse en gran medida obligado a actuar de esta o de aquella otra forma solo para no alimentar los que ya de por sí son sus sentimientos de desamor; es decir, instigándolo a sentirse el responsable de su del bienestar y/o malestar afectivo.

Ahora, dicho todo esto, respondámonos a la siguiente pregunta: ¿qué es lo que inevitablemente terminará sucediéndole a aquellas personas que se sientan permanentemente responsables de los asuntos y/o del bienestar de sus respectivos vampiros adhesores?
.    .Pues en todos y cada uno de los casos, que a la larga acaban transfiriendo sus sentimientos de libertad, independencia, o autonomía sobre estas últimas; lo que conlleva que más tarde o más temprano acaben por cansarse de tener que medir ––o según qué casos incluso reprimir–– sus movimientos para ajustarse a las necesidades de quienes, abrumados por sus propios sentimientos de inferioridad o vacío afectivo, acabaron dependiendo de ellos; desarrollando de este modo el cada vez más asfixiante sentimiento de estar arrastrando un pesado lastre ––el del bienestar y/o la responsabilidad ajena–– que les impide moverse libremente.
.       .Y ni que decir tiene que en la misma medida que un vampiro adhesor se apodere del sentimiento de libertad de su víctima, que se sentirá con todo el derecho del mundo a reclamar que ésta haga o deje de hacer todo aquello que él le venga bien para así evitar tener que enfrentarse a los que a fin de cuentas son sus propios sentimientos de inseguridad, vacío o indefensión; vale decir miedos personales.
.      .Esta la vampirización de los sentimientos de libertad ajenos es, en el 95% de los casos ––sino es que en alguno más––, la principal causa de ruptura o abandono conyugal en las relaciones de pareja; siendo por supuesto la víctima de este absorbente proceso la que, sintiéndose asfixiada y maniatada por las que quiera que sean la reclamaciones atencionales ––así estas posean una forma de manifestación más o menos palmaria–– de su dependiente amante, decide poner fin a la relación tras el que, eso sí, habitualmente acostumbra a ser siempre un periodo más o menor largo de distanciamiento psicoenergéticoafectivo por su parte que, sobra decir, ya vendría augurando lo que estaba por llegar. Y es que tal y como ya comenzó a insinuarse en el capítulo de los pesados; vampiros de energía vital por excelencia, el distanciamiento es en muchos casos un mecanismo de defensa que los seres humanos desarrollamos ––cuánto menos subconscientemente–– como respuesta ante cualquier forma de reclamo atencional de carácter abordadora del que es nuestro más espacio íntimo, como más que ninguna otra lo es ésta la que implica el que otra persona intente apoderarse del que a fin de cuentas es nuestro sentimiento de independencia.

Los casos más extremos de vampirismo por adhesión ––que en la inmensa mayoría de los ocasiones también tienden a manifestarse en las relaciones sexual-sentimentales––, son aquellos en los que la persona dependiente, incapaz de ejercer el más mínimo control sobre los que quiera que sean sus sentimientos de inferioridad y/o miedos resultantes de los primeros, intenta ejercer un desmesurado control sobre quien a esas alturas ya se habrá convertido para ella en su máximo y más que imprescindible referente en la vida; siendo ésta una forma de posesividad ciertamente opresora que, por norma general, acostumbra a verse también acompañada de no menos injustificados que irracionales ataques de celos que, llegados a tales extremos, sitúan ya de todas todas al objeto de los mismos en una posición harto comprometida; ya que deben de elegir entre encorsetar todos y cada uno de sus movimientos ––e incluso miradas–– para así tener alguna posibilidad de tener la fiesta en paz, o el dejarse llevar despreocupadamente por el curso natural de las circunstancias aun a sabiendas de que, en tal caso, la tormenta no tardará en presentarsese.

¡Ring!,¡ring! ––a Fulanito vuelve a sonarle el teléfono móvil justo cuando está a punto de llegar a la casa de su recién regresado del extranjero gran amigo Sebastián, al que pasados dos años después de la última vez que se vieron, tiene unas inmensas ganas de ver––.
––¿Sí? ––Fulanito contesta al teléfono––.
––Soy yo, cariño ––contesta Patricia al otro lado de la línea––, ¿cuándo vienes a por mí?

 (Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión:
Nombre: Patricia.
Edad: 25 años.
Domicilio actual: tiene alquilado un apartamento en el centro de la ciudad; si bien está prácticamente instalada en el apartamento de su novio Fulanito.
Información adicional: siempre creyó que sus padres le prestaban menos atención que a su hermana mayor, porque ésta era mucho más guapa que ella o, lo que viene a ser esencialmente lo mismo, porque ella era fea ––lo que en modo alguno significa que fuese así––.
Diagnostico psicológico: se cree inferior a todas las mujeres en general y, por ende, cree que su novio Fulanito siempre preferirá a cualquier otra antes que a ella.

(Se cierra paréntesis)      

       ––¿Cómo que cuándo voy a por ti? ¿Pero no salías a las siete? ––contesta Fulanito sin poder evitar traslucir cierta ansiedad al ver la que se le avecina––.
––Pues sí, salía a las siete ––reacciona Patricia ya algo enfurruñada al apercibirse de lo mucho que a su novio parece haber contrariado la noticia de que haya salido antes de hora del trabajo––. Pero mi jefe me ha dejado salir antes ––explica antes de añadir no sin poder evitar evidenciar cierto sentimiento de la que es su habitual desconfianza paranoide––: ¿Dónde estás tú ahora?
       Estoy con una de mis amantes, ¡¿no te jode?! ––piensa socarrón Fulanito; si bien se muerde la lengua.
––Estoy en el coche de camino a la casa de Sebastián ––termina informando Fulanito a Patricia. ––He quedado con él ––añade comenzando ya a justificarse por el que a fin de cuentas es el hecho de no haber sido capaz de adivinar que ella saldría antes de lo previsto–– porque, obviamente, no sabía que saldrías antes de hora.
       Y es entonces cuando se produce un incómodo silencio en el que Fulanito intuye qué es exactamente lo que su novia está pensando: ––¿Seguro que es a la casa a tu amigo Sebastián, y no a la de otra mujer, a la que estás a punto de llegar?”––.
       Así que es llegado a este punto, cuando Fulanito tendrá que decidirse entre hacer lo que más le apetece y, por otra parte, ha acordado hacer, que es acudir a su cita con Sebastián, o dejar de hacerlo ––postergando para otro momento tan anhelado reencuentro––, e ir directamente al encuentro de su novia para así evitar que ésta se inflame con el mismo veneno que, qué duda le cabe, terminará de un modo u otro escupiéndole a la cara de ir a su encuentro a la ¡manda huevos!, hora inicialmente acordada.

No obstante, en ningún momento debe de dejar de tenerse en cuenta el hecho de que, dependiendo de la que quiera que la sutileza con la que el cónyuge adhesor manifieste su grado de dependencia afectiva hacia el cónyuge al que se adhiere, se darán casos en los que este último ––a diferencia de cómo habría de sucederle a Fulanito en el último ejemplo ilustrado–– no sabrá reconocer de donde provienen los sentimientos de asfixia o falta de libertad que la mera presencia ––así sea física o psicoenergética–– del primero le inspiran y, por consiguiente, una vez desarrolle la necesidad de dar término a la relación, desarrollará un considerable sentimiento de culpa que le impedirá reconocer que la única razón por la que se va a sentir el responsable del gran dolor que su amante sufrirá como consecuencia de su abandono, sea el que en susodicho caso estará a juicio suyo siendo un no menos injustificado que insufrible sentimiento de atadura; circunstancia esta última por la que en no pocos casos estos individuos tratan de dar a entender, que la razón o razones por las que deciden romper con su pareja es de otra índole diversa que, ni que decir tiene, autoengañados, les permita quedarse con la conciencia algo más tranquila. Y es solamente debido a este último hecho referido, que los seres humanos todavía no hemos terminado de asimilar cual es la verdadera razón por la que, en la inmensísima mayoría de ocasiones, se producen las rupturas de nuestras respectivas relaciones sexual-sentimentales, así como a fin de cuentas también, de todas las demás en general.

Por otra parte también debe de tenerse en cuenta, que aquellos casos en los que el individuo adhesor no sepa medir o respetar los tiempos ––así como el necesario protocolo–– que le permitirán ir adhiriéndose con la suficiente sutiliza a la energía de su víctima, lo único que casi con toda seguridad conseguirá será que esta última, ya desde un primer momento, se eche para atrás y se aleje de él como alma a la que sigue el diablo; impidiendo de este modo que el vínculo llegue corar forma y a solidificarse. Y es que cuando desde los que quiera que sean sus sentimientos de indefensión o necesidad, alguien pretende o no puede evitar intentar adherirse, colgarse, o echarse de un modo tan descarado encima de otra persona, a ésta le resulta prácticamente inevitable el no sentirse en mayor o menor grado forzada o violada en el que es su más íntimo espacio; abarcado por el que, fundamentalmente, es su sentimiento de libertad e independencia.
.      .Si bien lo cierto es que el arquetipo clásico de personalidad particularmente adherente, tiende por el contrario a presentarse ante sus futuribles víctimas de un modo paulatino; ya que su extremado miedo al rechazo reflejo de los que en todos estos casos son sus muchos ––o muy intensos–– sentimientos de inferioridad o de falta de confianza en sí mismos, les impiden tomarse incluso las más básicas  libertades en lo que a su trato con desconocidos ––o con conocidos tan solo a medias–– se refiere. Y si luego aun por encima tenemos en cuenta la que es su tendencia natural a infravalorarse ante todo el mundo en general o, lo que viene a ser los mismo, a idolatrarlo, nos encontraremos con que el trato de este tipo de persona resulta harto reconfortante para el propio ego de aquellas otras a las que buscan adherirse; personas hacia las que transferirán de forma prácticamente continuada tanto sus niveles más básicos de atención ––energía vital––, como su más franca admiración; conformada siempre por juegos de sentimientos a los que muy difícilmente su beneficiario hará asco alguno.
.      .Sometidas a tan embriagadora y nutritiva forma de cortejo, a las victimas de este tipo de personalidades vampíricas,  casi que no les queda otro remedio  más que el de permitir que estas últimas se les vayan subiendo a la chepa de tal forma que, cuando se dan cuenta de que no quieren o no son capaces de asumir la correspondiente carga de responsabilidad extraordinaria, han desarrollado ya tal grado de compasión hacia quienes así se lo exigen ––la compasión natural que el que se siente más fuerte desarrolla hacia aquel al que siente más débil––, que ya no se sienten lo suficientemente dueños de sí mismos como para quitártelos de encima.
.       .Siempre que uno firma un contrato, debe antes de haber leído también la cláusula en letra pequeña del mismo; que en este caso concreto dice así:

De acuerdo, yo el vampiro adhesor, te daré toda mi atención y te admiraré de tal forma que incluso te seguiré hasta el fin del mundo si ese es tu deseo, pero a cambio de esto ––y e aquí el quid de la cuestión–– te exigiré, así sea verbal o tácitamente, que durante el camino seas tú quién, además de cargar a la espalda con el peso de tu propia mochila, te responsabilices también de cargar con el peso de la mía.

Y es que el vampiro adhesor es en cierto modo muy parecido al lobo que se oculta tras la piel del cordero. 

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2 Comentarios

  1. hara hace poco tiempo q me encontre un vampiro adhesor y este me dio toda su atencion, acompañado de un gran sentimiento de admiracion, fue una transferencia atencional realmente significativa luego, un traicionero fulgor al mirarle hizo tacitamente q firmarse dicho contrato… puedo asegurar q no hace falta cargar con la mochila de nadie sino tansolo conocer “el camino”… entonces fue cuando empezé a tantear en internet acerca de este fenomeno y ahora me encuentro aqui leyendo tu libro… muchas gracias por tremendo aporte

    • Me alegro de que mi trabajo haya arrojado algo de luz en tu camino. En el capítulo que tengo entre manos, que espero publicar pronto “líderes y seguidores; con el permiso del efecto reloj de arena, la simbiosis vampírica fundamental”, volveré a retomar el tema iniciado en este capítulo de los vampiros adhesores pero en su perfecta complementación con los vampiros sentimentales.