Un traicionero fulgor en la mirada: miradas penetrantes

0
54
miradas penetrantes

PINCHA AQUÍ PARA DESCARGAR EL EBOOK DE “EL PUENTE DE LA ATENCIÓN”

.

Siempre que profesamos cualquier forma de admiración hacia otra persona, transferimos sobre la misma aquellos de entre nuestros sentimientos que se hallan intrínsecamente vinculados a aquellas cualidades de esta última que nos inspiran susodicha forma de admiración. Y como el desarrollo de los sentimientos se produce siempre a partir de las comparaciones, sucede que en la misma medida que desarrollamos y transferimos sentimientos de admiración sobre otras personas, desarrollamos para con nosotros mismos los sentimientos contrapuestos; vale decir, sentimientos de inferioridad.
.      .De este modo, cuando nos hallemos en presencia de una persona a la que admiremos por su inteligencia, es decir, a la que consideremos más inteligente que nosotros, tenderemos a transferir nuestros sentimientos de inteligencia sobre ella y, de llegar a vernos involucrados en su compañía en tareas que requiriesen del uso de esta facultad, tenderíamos a esperar ––y por ende a facilitar–– que fuese esta última la que hiciera valer la suya sobre la nuestra.
.       .En cambio, si lo que admirásemos de esta otra persona fuese su carisma, llegado el momento en el que, por ejemplo, necesitásemos convencer a una tercera persona para que nos prestase su ayuda, tenderíamos a dejar que fuese esta primera la que lo intentase; ya que la propia inercia auto sugestiva resultante de las transferencias carismáticas que ya vendríamos haciendo, nos conduciría a pensar y a desarrollar el sentimiento de que ella tendría más posibilidades de éxito que nosotros en este menester.
.      .Y si aquello que admirásemos de susodicha persona fuese su atractivo físico, y se diera la para nada rebuscada circunstancia de que ambos nos enamorásemos o sintiésemos atraídos física o sexualmente por una misma tercera persona, sería esencialmente el mismo proceso expuesto en los ejemplos anteriores, el que ya de buenas a primeras nos conduciría a partir con desventaja a la hora de desarrollar el convencimiento de poder ser nosotros mismos y no esta primera quienes finalmente nos llevásemos el gato al agua.
.      .Por otra parte debe de tenerse en cuenta que todas estas transferencias sentimentales realizadas sobre otras personas hacia las que profesáramos algún tipo de admiración, también habrían de jugar en nuestra contra incluso cuando no hallándonos en la presencia de estas últimas, necesitásemos darle uso a cualquiera de los sentimientos que anteriormente les hubiéramos estado transfiriendo. Y es que basta con que salgamos malparados de una comparativa con otra persona para que nos veamos instigados a razonar o reforzar la idea o sentimiento de que podríamos salir también malparados en sucesivas comparativas esencialmente similares que pudiéramos llevar a cabo con cualquier otra persona; con lo que, huelga decir que, en la misma medida que desarrollemos sentimientos de admiración hacia otras personas, también desarrollaremos, además de los ya mencionados sentimientos de inferioridad de carácter específico hacia dichas personas, otros esencialmente semejantes a estos primeros pero de un carácter mucho más generalizado.

Estas las que acaban de ser descritas son, básicamente, las principales razones por las que siempre que sintamos cualquier forma de admiración hacia otra persona, debiéramos de saber dilucidar si éste es un proceso que llevamos a cabo por nosotros mismos al reconocer ––o creer reconocer–– la que quiera que sea la forma de supremacía que estaríamos vinculando a susodicha persona, o si acaso es que esta última se está comportando o expresando de un modo específico para dirigir nuestra atención hacia la idea que estaría inspirando nuestra devoción hacia ella. Con lo que quiere decirse, que una cosa es que desde nuestros propios sentimientos de carencia nos sintamos natural o espontáneamente atraídos por algunas de entre las que consideremos ser las cualidades personales de un individuo, y otra muy diferente que así lo hagamos deslumbrados por los que quiera que sean los pretendidos sentimientos de superioridad que este último utilizase para exaltarlas. Pues así como en el primero de los casos no existiría intencionalidad alguna por parte del individuo por incrementarse sentimentalmente a costa nuestra, en el segundo sí existiría y, por consiguiente, habríamos caído presas del influjo hechicero de un vampiro sentimental.
.    .Para evitar entonces que nadie más aparte de nosotros mismos ––desde los que quiera que sean nuestros sentimientos de inferioridad–– pueda pegarnos el que de ahora en adelante denominaremos como el vampirazo sentimental, tendremos que aprender a reconocer lo antes posible cuando otras personas estarán procurando alimentar su ego a costa de la que, en definitiva, será la merma de aquellos de entre nuestros sentimientos que no quisiéramos ver atenuados.
.       .Claro está, que se dan casos de individuos a los que, bien sea por la que pueda ser su falta de experiencia a la hora de manejarse en estas vampíricas lides, o por el que pueda ser su grado de simpleza mental, se les ve el plumero a la legua. Su descaro y/o torpeza a la hora de manifestar las que quiera que sean sus formas de presunción es tal, que lo único que consiguen en la mayoría de los casos, es exactamente lo contrario de lo que pretenden: evidenciar sus propios sentimientos de inferioridad y, consecuentemente, conseguir que quienes durante este proceso les confieran su atención, se sientan superiores, en lugar de inferiores a ellos; es decir, convertirse a sí mismos en las víctimas de sus presuntas víctimas. Por lo que huelga entonces decir que, en definitiva, estos individuos, solamente tendrán opciones de pegarles el vampirazo sentimental a aquellos otros que, superándolos en inexperiencia o simpleza mental, no sean capaces de reconocer la trampa que entrañaría el caer en unas redes de seducción que, por ingenuas o poco elaboradas, muchos considerarían infantiles, o incluso ridículas.
.       .A la inmensa mayoría de nosotros nos habrá sucedido que, siendo todavía jóvenes e inexpertos ––o incluso quizá no tan jóvenes e inexpertos––, llegamos a desarrollar alguna forma de admiración más o menos intensa hacia cualquiera de estos últimos individuos referidos ––llamémosles vampiros sentimentales “de poca monta”––, a los que terminaríamos desenmascarando apenas hubiésemos alcanzado un grado de madurez poco mayor al que poseíamos en el tiempo en que nos dejamos cautivar por tan burdos artificios de seducción; individuos estos últimos a los que, de un día para el otro, dejaríamos de idolatrar para pasar a considerar como a unos pobres diablos totalmente desesperados por encontrar en los ojos de los demás, aquellas formas de reconocimiento que ellos mismos no se sentirían capaces de encontrar dentro de sí.
.       .Ahora bien; aunque tal y como acaba de decirse, hay personas que intentan ponerse por encima de los demás de formas muy evidentes y, por tanto, poco peligrosas para sus víctimas, las hay otras que han aprendido a hacer lo propio de un modo muy sutil. De modo, pues, que para lo que realmente debemos de estar preparados, es para aprender a reconocer a aquellos individuos que hayan aprendido a disimular sus artes de seducción hasta el punto de impedirnos advertir qué es lo que, más allá de sus aparentemente inofensivas e incluso amigables formas de expresión, estarán intentando hacer con nosotros; ya que sin lugar a la duda, estos serán los vampiros sentimentales más peligrosos con los que podremos cruzarnos; aquellos de cuyo degradante influjo solamente llegaremos a percatarnos ––si es acaso algún día terminamos haciéndolo–– cuando a base de haberles transferido tal cantidad de sentimientos de supremacía y demás formas de confianza en nosotros mismos, apenas nos sintamos capaces de conseguir o hacer nada sin su ayuda, o incluso dependiendo de qué circunstancias, de valorarnos a nosotros mismos sin para ello tener que apoyarnos en la que quiera que sea la forma de vinculación que a ellos nos ligue; es decir, cuando ya hayamos sufrido hasta sus últimas consecuencias, el que a todas luces es el influjo castrador del vampirismo sentimental.

La cuestión es que por mucho y muy bien que un individuo haya conseguido encubrir cuales quiera que sean sus formas de reclamo atencional empleadas para conseguir que otras personas transfieran sobre él sus sentimientos de supremacía, se da el caso de la existencia de un factor a este respecto en extremo revelador que, muy difícilmente podría este primero llegar a disimular, ni aun en el remoto caso de que hubiese caído en la cuenta no ya únicamente de su referida existencia, sino de lo muy revelador que la misma podrá resultar para aquel que sepa “ver”.
.       .El factor que habrá de resultarnos tan determinante a la hora de esclarecer en que preciso momento otra persona, aún sin permitirse el reconocerse a sí misma lo que estará haciendo ––lo que debido a nuestros procesos de autoengaño sucede en la inmensa mayoría de las ocasiones––, estaría intentando pegarnos el vampirazo sentimental, es cierta sobrecarga en forma de destello que asomará en su mirada en, prácticamente, todos y cada uno de los momentos en los que retraiga su atención hacia la que, en resumidas cuentas, estaría siendo su no menos demostrativa que subrepticia intención; un destello que de igual manera podremos detectar, independientemente de cual sea la forma de reconocimiento que esté buscando obtener; así ésta concierna a su presunta inteligencia, a su generosidad, a su elegancia, a sus buenos modales, etc, etc.
.       .También podremos observar muchos casos en los que esta sobrecarga o destello en la mirada del que quiera que sea el vampiro sentimental en cuestión, se verá todavía más acentuada debido a que este último también dejará traslucir algo tal que así como un destello de complicidad  -–esos ojos hechiceros que sonríen–– esencialmente similar a aquel que emana de la mirada de aquellas personas que, al bromear con nosotros, nos aprietan con su mirada para invitarnos a darnos cuenta de que, sea lo que sea lo que nos estén diciendo, no lo dicen en serio. Y es que cómo sucede que el vampiro sentimental también procura invitarnos a darnos cuenta de algo,  igualmente se nos quedará mirando directamente a los ojos lanzándonos un tácito y en consecuencia en no pocas ocasiones intrigante: ––¿Viste?
.      .O: ––¿Te estás dando cuenta?
.       .Solo que en este último caso, de lo que tendríamos que darnos cuenta, no sería de si nuestro interlocutor atencional nos estaría hablando en serio o en broma, sino de la que, en resumidas cuentas, sería su pretendida forma de supremacía; con lo que aun no siendo ésta su principal intención pero como consecuencia de las comparaciones que realizaríamos al hallarnos frente al que habríamos pasado a considerar tan sobresaliente personaje ––por descontado que de haber caído en sus redes de seducción––, también nos estaría invitando a sentirnos en un mayor o menor grado encogidos o empequeñecidos.
.       .A nadie debe de extrañar, pues, que en la que es ésta su obsesiva búsqueda de reconocimiento en los ojos ajenos, el vampiro sentimental desarrolle el hábito de quedárselos mirando tan tenaz como fijamente; o, cuanto menos, que así lo haga siempre ––o casi siempre–– que se halle involucrado en alguna de sus demostraciones de valor personal.
.      .Así que, mucho cuidado también, con aquellas personas que tiendan a buscar tan insistentemente nuestra mirada. Y si acaso somos nosotros mismos quienes acostumbramos a clavarla en los ojos de aquellas personas con las que interactuamos, entonces, cada vez que así lo hagamos, debiéramos de encontrar en nuestro interior el coraje necesario no ya para preguntarnos el porqué lo estaríamos haciendo, sino, mucho más importante aún, para respondernos con honestidad a susodicha pregunta.
.       .La cuestión es que se de o no el caso de que el destello ya de por sí fulgurante de la mirada del vampiro sentimental, se vea acompañado e incrementado por el que en una segunda instancia sería ese otro de complicidad ––en mayor o menor grado intrigante–– al que acabamos de referirnos algunos párrafos atrás, de lo que si podemos estar seguros es de que susodicha mirada adquirirá siempre una connotación en un mayor o menor grado hipnótica que, como tal, atraerá nuestra atención ––y energía–– de un modo más intenso de lo habitual
.      .Y es que a fin de cuentas nuestra mirada ––con sus destellos–– es una de las la principales herramientas de las que disponemos para atraer hacia nosotros la atención de nuestros semejantes y, de este modo, ejercer un mayor control sobre sus respectivas formas de energía; de ahí que en muchas ocasiones nos acostumbramos a conferirles ––no siempre de un modo plenamente consciente–– un resplandor particularmente llamativo, o un nivel de intensidad mucho más elevado de lo estrictamente necesario. No somos pocos los seres humanos que trabajamos concienzudamente a lo largo de nuestras vidas en el desarrollo de alguna de estas formas especializadas de mirar, que tantas ganancias energéticas pueden llegar a proporcionarnos.
.      .Lo que se consigue con estas miradas que muchos definirían como “penetrantes”, no es penetrar en la persona a la que miramos, sino, todo lo contrario, conseguir que ésta otra penetre en nosotros; lo que, obviamente, no sucede en el plano de lo físico, sino de lo puramente energético. De ahí que sea mucho más adecuado referirnos a ellas no como penetrantes, sino como hipnóticas, magnéticas, o incluso directamente absorbentes; puesto que, en definitiva, las utilizamos para reclamar la atención y absorber la energía, tanto vital como sentimental, de quienes nos rodean.
.     .En cuanto seamos capaces de reconocer estas miradas ––lo que en modo alguno nos resultará difícil dado el que es su refulgente carácter–– y, al hacerlo, nos detengamos a discernir qué pudiera ser lo que más allá de las apariencias estaría empujando a nuestros interlocutores atencionales a dirigirse de esta forma hacia nosotros, nos veremos repentinamente involucrados en un proceso de concienciación que nos permitirá desenmascarar a todas aquellas personas que, insisto nuevamente en ello, aun sin haberse permitido a sí mismas el ser plenamente conscientes de lo que hacían, venían pegándonos el vampirazo sentimental ––o al menos intentándolo–– quien sabe desde qué tiempo atrás de nuestras vidas para así conseguir desarrollar la siempre engañosa sensación, de estar compensando aquellos de entre sus sentimientos de inferioridad, cuya presencia en su conciencia hubiese llegado a hacérseles hiriente, hasta el punto de intentar encubrirla siguiendo estos vampíricos derroteros; personas entre las que para sorpresa nuestra, encontraremos a muchos de nuestros seres más queridos ––así estos sean familiares, amantes, o amigos íntimos––; personas entre las que, ¡mucho ojo!, también pudiéramos encontrarnos nosotros mismos.
.    .Quizá pudiera darse, por ejemplo, el caso de que advirtiésemos que nuestro gran amigo Menganito no venía limitándose a ofrecernos sus sabios consejos de un modo tan altruista como siempre habíamos creído, sino que mientras que así lo hizo estuvo también procurando alimentar sus pretendidos sentimientos de superioridad a costa nuestra; es decir, a costa de que alimentásemos para con nosotros mismos los sentimientos diametralmente contrapuestos.
.     .No obstante también pudiera sucedernos que, siguiendo estos mismos derroteros, descubriésemos haber sido nosotros mismos quienes bajo el aparentemente bienintencionado pretexto de ayudar a otras personas, hubiésemos estado vampirizándolas día sí, día también.
.      .Y es que aunque muchos de nosotros todavía no hayamos caído en la cuenta, sucede que para dar consejo a otras personas, en modo alguno resulta necesario quedárnoslas mirando directa y fijamente a los ojos en busca de algún atisbo del reconocimiento de la que, en resumidas cuentas, sería nuestra presunta valía personal; así como ni mucho menos aún, reducirlas con nuestra mirada cuando, sobrepasados por la inercia de los que quiera que sean nuestros niveles de arrogancia o auto exaltación personal, no podemos evitar evidenciar lo poco válidos o muy inválidos que consideramos a nuestros interlocutores.
.      .Luego, entre otros muchos casos de esta misma índole, está el de aquel individuo que te corrige del error que sea y, al hacerlo, no se limita solamente a eso, sino que se te queda mirando fijamente a los ojos lanzándote un: -–¿viste?, ¿viste lo listo o hábil que soy?
.       .O lo que viene a ser lo mismo: ––¿viste lo poco listo o hábil que tú eres en comparación conmigo?
.     .Todo esto sería algo que, generalmente, debiera de hallarse por completo fuera de lugar, siempre y cuando, claro está, nuestras palabras o formas de expresión no ocultasen la pretensión de servirnos como medio para seducir a otras personas y, con ello, compensar a costa suya aquellas parcelas de nuestro ego que ––así seamos o no capaces de reconocérnoslo a nosotros mismos–– tanta autocompasión nos inspiran.
.       .A fin de cuentas no es lo que se dice ni lo que se hace en sí mismo, sino la intención con la que esto se dice o se hace la que determina cuando un individuo actúa espontáneamente desde la inocencia del corazón, o hace lo propio con la segunda y siempre artificiosa intención egoísta ––mejor o peor encubierta–– de obtener algún beneficio no claramente manifiesto; y que no nos quepa la menor duda de que lo mejor que puede hacerse para distinguir cuando existirá o no esta segunda intención, es detenerse a observar las formas de expresión de la quiera que sea la persona que reclame nuestra atención; siendo, por supuesto, en su mirada, en el espejo de su alma, donde podremos encontrar aquellas señales que habrán de resultarnos más reveladoras a todo este desenmascardor respecto.

Para terminar con este capítulo dedicado a la mirada del vampiro sentimental, solamente añadir que, por descontado, de los ojos de todos aquellos individuos que manifiesten sentimientos de superioridad de carácter en modo alguno disimulado, como sin ir más lejos lo son aquellos que intentan intimidar a los demás mediante el uso de la violencia ––así ésta sea física o verbal––, o aquellos otros que no se molestan en ocultar la que quiera que sea la forma de odio o desprecio que sienten hacia otras personas, también emanaran miradas ––con sus respectivos destellos–– igual o incluso más magnéticas o absorbentes ––aunque, eso sí, por poco amistosas mucho más duras y/o frías–– que las ya referidas anteriormente. Si bien como en cualquiera de estos últimos casos ––así con en otros esencialmente similares–– no existirá intención alguna por parte de quién ejerza el rol de vampiro sentimental por ocultar su pretensión, tampoco tendremos la necesidad de estrujarnos los sesos para descubrirla y, subsiguientemente, actuar en consecuencia; esto es para realizar los razonamientos que resultasen pertinentes para evitarnos el llegar a desarrollar ––o en caso de no poder evitarlo, de hacerlo en el menor grado posible–– los sentimientos de inferioridad específicos que de cualquiera de estas maneras sí estarían intentando inspirarnos de un modo totalmente consciente.

  .

.

Si tienes interés, puedes seguir mis publicaciones por facebook pulsando el botón “me gusta” en el siguiente enlace: https://www.facebook.com/pages/El-puente-de-la-atenci%C3%B3n-de-Fernando-Vizca%C3%ADno-Carles/145235738999366