El sueño de Nazae IV. Ann.

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el camino del guerrero

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Ann había caminado la noche entera. Temía que su madre hubiese enviado a Édricken tras él. Por esa razón no se había permitido ni el más leve descanso. No quería ni imaginarse lo que sería de él si Édricken le echaba el guante encima después de verse obligado a seguirlo durante tanto tiempo.

Tanto era el temor que le inspiraba la posibilidad de que su hermano lo alcanzara, que incluso creyó verlo oculto tras los matorrales en alguna de las ocasiones en las que se volvió para asegurarse de que nadie le seguía; forzándose entonces a apretar más la marcha hasta que se daba cuenta de que estaba  comportándose como un estúpido.

Si Edricken me siguiera tan de cerca, lo último que haría sería esconderse.

Por alguna razón que Ann ignoraba, su hermano mayor, a partir del mismo día en que alcanzó la mayoría de edad, comenzó a ser quien peor trato pasó a conferirle después de pasarse toda su infancia defendiéndolo a capa y espada contra todos los que se metían con él. Peor trato incluso que el que le confería su propio padre, quién después de asumir que el menor de sus hijos supondría para él una eterna decepción, prácticamente lo trataba como si en lugar de hijo suyo fuese un extraño al que, por deferencia hacia su esposa, tuviese que soportar; pero al que no tenía por qué dirigir palabra alguna. En la sola compañía de su progenitor, llegó a sentirse como un espectro fantasmal cuya presencia pasara por completo desapercibida. Debido a su escaso interés por aprender el manejo de las armas y convertirse en un guerrero, Geodén concluyó que su hijo era una cobarde que solo servía para ayudar a su madre en las tareas domésticas. Algo que, mientras aún se dignó a dirigirle la palabra, le repitió una y otra vez, hasta llegar a convencerlo de ello.

––Ni tan siquiera sé porqué me molesté en intentarlo ––le escucho decirle a su madre en una ocasión––, ¿qué otra cosa podía esperarse de un demente?

El hecho de que su simiente hubiese traído al mundo a un muchacho cuyo juicio nublaban visiones de origen desconocido, ya era de por sí suficiente motivo de vergüenza para el patriarca.

––Si por lo menos mostrase algo de coraje…

––Te está oyendo ––lo interrumpió Meliana intentando ahorrar a su hijo la opinión que su padre tenía de él.

––¡Pues que me oiga! ––Exclamó lanzando a su hijo una gélida mirada de desprecio ––¡A ver si así deja de comportarse como una niña asustada!

Nunca le fue mucho mejor con los otros muchachos de la aldea. Todos sabían de las visiones que lo perturbaban, e incluso muchos de ellos presenciaron alguno de los ataques de pánico o aflicción irracionales que éstas le originaban; sobre todo durante los ocho o nueve primeros años de su vida, cuando apenas controlaba su abrumador influjo. De manera que si tan solo sufría del aislamiento al que los otros niños, considerándolo un bicho raro, lo condenaban con sus continuos desaires, hasta se sentía agradecido por ello. Cuando le conferían alguna forma de atención solo era para insultarlo, humillarlo, o incluso propinarle alguna golpiza. Vejaciones que aumentaron considerablemente a partir del día en que su hermano trocó sus sentimientos hacia él y dejo de brindarle el respaldo y protección que tantos disgustos le evitaron.

No eran muchas las razones que Ann encontraba para frenar la andadura que lo alejaba de la aldea y bosque a los que, pese a todo, consideraba su hogar.

Sus sentimientos hacia su madre, que nunca dejó de amarlo incondicionalmente, eran el único peso que hoy lo lastraba. Cada vez que se detenía a pensar cómo debía estar sintiéndose tras su marcha, sentía el impulso de regresar en busca de su cálido abrazo. Meliana era la única persona que siempre había confiado en él, asegurándole que algún día demostraría lo mucho que valía; que no era ningún cobarde, sino, tan solo, diferente a los otros muchachos. Cuando Geodén le hacía sentirse un inútil, ella le decía que no le hiciera caso, que su padre era un zafio ignorante que se creía que todo se solucionaba mediante el uso de la fuerza bruta; que debía tener paciencia hasta encontrar el camino que estaba predestinado a seguir. Pero Ann vivía en un pueblo guerrero y, por mucho que su madre se esforzase por alentarlo, lo cierto era que muy poco sabía acerca de ninguna otra cosa que pudiera hacerse aparte de aprender cazar, pelear cuerpo a cuerpo o esgrimiendo un arma, o emborracharse bebiendo hidromiel en la compañía de los amigos que nunca tuvo. Ese era el único modelo a seguir que no solo su padre, sino todos los hombres de su aldea y aldeas vecinas, le brindaron siempre con su ejemplo.

Ann había heredado la esbelta constitución de su madre. A simple vista nadie diría que era hijo del voluminoso hombre cuya reciente pérdida lamentaba desde la más absoluta indiferencia. Sus ojos, al igual que los bucles de cabello que le caían hasta los hombros, eran del color de la castaña, como era habitual en todos los nativos de su tribu. Calzaba unos sandalias de cuero, y cubría la desnudez de su cuerpo con unos calzones largos y una camisa de lana que su madre le había tejido el invierno pasado. Las escasas provisiones que cargaba en un zurrón y la daga cubierta de herrumbre que, metida en su vaina, pendía del cordel con el que se sujetaba los calzones, completaban su paupérrimo listado de pertrechos. Al menos podía consolarse pensando que, de esa guisa, no atraería la atención de ningún forajido. Aunque no era precisamente a este tipo de ladrones a quienes realmente temía encontrarse.

Ann nunca se había alejado tanto de Cárradan. Si bien sabía hallarse en una zona del bosque que ni tan siquiera Los Escudos frecuentaban, donde más posibilidades tenía de toparse con criaturas verdaderamente perversas que lo atacarían tan solo por el placer que les supondría arrebatarle la vida; criaturas que en más de una ocasión llegaron a adentrarse lo suficiente en el bosque como ser vistas por sus habitantes. Recordaba que una noche se armó mucho revuelo en la aldea porque los hombres que estaban de guardia descubrieron a una partida de orcos merodeando por los alrededores; aunque al parecer no era lo suficientemente numerosa como para plantar cara a los guerreros Tuteik y se disuadió de hacerlo. Por miedo a su regreso, los hombres de la aldea amolaron con más ahínco sus espadas y se mantuvieron en estado de alerta hasta que, por boca de Los Escudos, supieron que los orcos habían abandonado los límites del bosque; seguramente persuadidos por estos últimos.

También recordaba, aunque mucho más vagamente porque en aquel entonces apenas contaría con cinco años de edad, que una noche una familia de trolls atacó una aldea muy próxima a la suya, llevándose consigo a tres hombres, a una mujer, y al hijo de ésta que prácticamente era un bebe, a los que se rumoreaba devoraron todavía con vida. Las lenguas más expertas afirmaban que estas terroríficas criaturas solo se alimentaban de la carne de aquellos seres a los que aún les corría sangre caliente por las venas. Su propio padre lideró la partida de guerreros que ejecutó a aquellos seres que podían llegar a triplicar en tamaño al más corpulento de los hombres. Sus horribles cabezas, en cuyas fauces podían distinguirse afilados dientes y colmillos de hasta siete centímetros de longitud, permanecieron varios meses clavadas en estacas alrededor de Cárradan, como señal de advertencia a futuros saqueadores. Los cuervos bregaron entre sí por devorar sus ojos y arrancar jirones de su carne. Finalmente solo quedaron sus enormes cráneos desnudos; hasta que algunos de los hombres que participaron en la reyerta decidieron llevárselos a sus hogares como trofeos.

Hoy era uno de esos días en los que Ann desearía haber prestado algo más de atención cuando su padre, antes de dar su brazo a torcer considerándolo un caso perdido, intentaba adiestrarlo junto a su hermano en el manejo de las armas.

––Pero míralo, si es un completo inútil, no sabe ni con qué mano asir la espada ––solía decir Geodén presa de la ira al comprobar la poca destreza que su hijo mostraba respecto al que para él era el más noble de los artes.

––Déjalo en paz, padre ––intercedía Édricken, que en aquella época aun lo arropaba, intentando aplacar la virulencia de su progenitor––, yo aprenderé a combatir por los dos y podré defenderlo cuando sea necesario––. Y vaya si lo hizo.

Ann preveía que tendría que enfrentarse a muchos peligros a lo largo del camino que se abría a sus pies. Pero tenía motivos más que de sobra para recorrerlo.

Las razones que lo espoleaban a salir en busca de tan incierto destino, se hallaban inexorablemente ligadas a las visiones a las que, desde hacía algunos años atrás, distinguía más bien como recuerdos de experiencias, en su inmensa mayoría terroríficas, que no recordaba haber vivido a través de sus propios ojos.

Ann creía albergar en su interior dos conciencias completamente diferentes que pugnaban entre sí por controlar su voluntad: la que estaba ligada a su cuerpo físico, la del niño al que él mismo y todos los que le rodeaban reconocían como Ann; y la de alguien a quien presentía como a un hombre adulto, no sabía si real o imaginario, que vivía atormentado por el insoportable peso de la malignidad de sus acciones.

No comprendía por qué razón tenía a alguien metido dentro de sí compartiendo con él recuerdos y sentimientos que le corroían el alma como si también fuesen suyos. Pero había llegado a la conclusión de que si encontraba a aquel otro hombre y le ayudaba a compensar sus malas acciones, quizá pudiera liberarse del tormento que para él suponía cargar con el peso de tanta culpa y dolor.

Ese era el camino que sentía debía recorrer, y ahora que por fin lo había emprendido, no pensaba permitir que nada lo frenase; ni sus sentimientos hacia su madre, ni ninguna otra cosa en el mundo. Muy pronto averiguaría si sus visiones lo guiaban hacia un lugar tan real como la vasta espesura de encinas que en aquel momento lo rodeaba, o si como todos creían estaba rematadamente loco.

 

Ann nunca había salido del Bosque de Limos y no conocía la ciudad de Aguas Rojas. Pero había escuchado lo suficiente acerca de ella, como para creer firmemente que tras sus muros encontraría las respuestas que buscaba.

––Si alguna vez queréis satisfacer vuestra curiosidad acerca de cualquier cosa que se os ocurra–– escuchó decir en una ocasión a un cuentacuentos al que llamaban El Rimas porque tenía la costumbre de hacer rimar todo lo que decía––, así sea acerca de una flor, de un rey vivo o muerto hace mil años, de un famoso cantor, o de la naturaleza de los castaños, no alberguéis la más mínima duda: acudid a Aguas Rojas, buscad a sus hombres sabios, y prometo que no os quedaréis con la miel del saber en los labios.

Ann Alimentaba la esperanza de encontrar allí a alguien que le confirmara la existencia de la fortaleza que tantas veces se le aparecía en visiones. Un baluarte de piedra blanca como la de las rocas de la montaña en cuya ladera se erigía imponente. Si no encontraba prueba de su existencia, no le quedaría más remedio que el de asumir su enajenación y regresar junto a su madre sabiéndose condenado a cargar con su dolor hasta el fin de sus días. Pero si descubría que aquel lugar realmente existía, se sabría incomprensiblemente cuerdo e intentaría llegar hasta allí para encontrar a aquel hombre al que casi sentía como a su otro yo.

En el infierno de oscuridad subterráneo que permanecía oculto bajo aquella fortaleza, hombres, mujeres y niños eran forzados a vivir y trabajar como esclavos en condiciones infrahumanas. Espantosas formas de tortura, violaciones para satisfacción de los impulsos de la carne de sus carceleros, y asesinatos a sangre fría, estaban allí a la orden del día. Atrocidades de las que Ann se sentía tan horrorizado y responsable como si fuese él mismo quien las perpetrara.

Por otra parte, también estaba Ella. Así era como Ann la llamaba: Ella; la muchacha que a los ojos de su otro yo brillaba con luz propia entre el sucio estercolero de desdicha que colmaba las lóbregas entrañas de la fortaleza blanca, y de la que él mismo también se hallaba perdidamente enamorado.

Desde que tenía uso de razón, Ann sufría como solamente puede hacerlo el amante al que le es negada la posibilidad de ayudar a su ser amado a salir de la más terrible desdicha. Sin por ello olvidar que aquel rostro sin nombre al que amaba pudiera ser tan solo una espejismo creado por su propia mente desquiciada; como igualmente pudieran serlo su otro yo, la fortaleza blanca, y todos aquellos desgraciados que inundaban sus galerías subterráneas como si de un océano de carne sucia y entumecida se tratasen.

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