El sueño de Nazae X. Violeta

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decapitar

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El mercado de Aguas Rojas nacía en la Plaza del Picatoste y se extendía a lo largo de las cuatro calles transversales que surgían o, según en qué dirección se caminase, desembocaban en ella.  Las primeras calles transversales a estas últimas también estaban plagadas de puestos colmados de mercancía. Allí se vendía toda clase de alimentos, animales, armas y armaduras de dudosa calidad, ropa y calzado, y utensilios de la más variada índole; desde enseres de cocina hasta herramientas para el desempeño de cualquier tipo de oficio. En un mercado tan grande como el de la segunda ciudad más poblada e importante del continente, podía encontrarse prácticamente cualquier cosa. Se calculaba que en Aguas Rojas habitaban más de cien mil personas.

Hoy el mercado se encontraba especialmente atestado de gente, y Roni estaba aprovechándose de ello. Ya había aligerado los bolsillos a un incauto y hurtado un par de manzanas verdes de un puesto de frutas.

“A mala hora le pedí que me acompañara”––. Pensó Violeta mientras Roni le ofrecía una de las manzanas que acababa de apropiarse. Le ponía muy nerviosa que robara en presencia suya. Pero hoy era su día libre y quería disfrutar al máximo de la compañía de su amigo; algo que, de momento, no tenía claro estar haciendo.

––No la quiero. He visto cómo las robabas ––le recriminó por un lado enfurruñada y por otro temerosa de que alguien más le hubiese visto robarlas y ahora la tomase a ella como a su cómplice.

––Tú te lo pierdes ––respondió el muchacho con una sonrisa de oreja a oreja–– Robadas saben aun mejor.

La mirada de Roni también sonreía; a decir verdad, su mirada siempre sonreía. Él le había explicado que aquella era una de sus principales herramientas de latrocinio: ––Una mirada que sonríe es hechicera. Porque baja la guardia de quienes hablan con su usuario; porque atrae hacia sí mucha atención, dejando mayor libertad a manos y dedos para  actuar sin ser vistos; y porque una mirada que sonríe le quita mucho hierro al desagradable asunto de ser pillado infraganti con las manos en la masa. A fin de cuentas, una mirada que sonríe se mantiene exenta de culpa. Y sin culpa, no hay castigo.

Violeta entendía perfectamente cómo funcionaba la última parte del hechizo. Ella misma lo experimentaba asiduamente en carne propia. Roni siempre se valía de esa sonrisa para desarmarla y conseguir que le perdonara todo; muchas veces le impedía incluso llegar a enfadarse con él a pesar de haberle dado motivos para ello.

––¡Me lo prometiste!

––Sí, sí, lo sé ––los ojos de Roni continuaban sonriendo––. Pero mira ––alzó las manos hacia los costados mientras peinaba todo su derredor con la mirada––. ¡Esto es un hervidero! ¿Sabes lo fácil que resulta ejercer la profesión en medio de esta muchedumbre?

Roni siempre tenía algún pretexto para robar cualquier cosa, incluso objetos insignificantes que no tenían ningún valor ni le servían para nada. A veces Violeta pensaba que solo lo hacía para fastidiarla.

––¿Seguro que no la quieres? ––Roni le paseo la manzana frente a la cara–– ¿Ni siquiera un bocado?

––No, cómetela tú ––le respondió Violeta dándolo por imposible.

––Oye, si no la queréis ninguno de los dos ––escucharon de pronto que alguien les decía con un acento extraño desde uno de sus costados––, me la puedo comer yo––. Ambos se volvieron y vieron que quién se dirigía a ellos era una niña de la edad de Violeta que estaba casi desnuda. Tan solo llevaba un taparrabos y una cinta de piel con la que cubría sus pequeños pechos. Se los quedó mirando con los ojos bien abiertos y una expectante sonrisa. Tenía un enorme moratón que le cubría el costado izquierdo de la cara, que todavía tenía ostensiblemente hinchado. Aun así saltaba a la vista poseía un rostro tan hermoso como su cuerpo.

––Eh… ––Roni titubeó durante un instante. Estaba visiblemente sorprendido. Incluso se le había borrado la sonrisa de los ojos––. Claro ––reaccionó al fin––. ¿Por qué no? Toda tuya ––dijo mientras le alargaba la mano con la que sostenía la manzana.

La niña no se lo pensó dos veces. Cogió la manzana y comenzó a pegarle bocados que apenas masticaba antes de pasarlos hacia su estómago: ––Gracias ––balbuceó con la boca llena de fruta––. ¡Qué hambre tenía!

––Si tanta hambre tienes puedes comerte también la mía ––le ofreció Roni––. Si no te importa que esté empezada, claro.

La muchacha arrojó al suelo el corazón de la manzana que aun estaba engullendo y cogió la que Roni le tendía.

Violeta observó la forma en la que Roni miraba a la muchacha y se sintió presa de los celos. A pesar de que todo el mundo le decía siempre lo hermosa que era, ella estaba lejos de verse guapa. En cambio, no tenía problemas para ver la belleza de otras niñas o mujeres. Ese era uno de sus grandes problemas: consideraba al resto de mujeres más o mucho más hermosas que ella, y eso la ponía en una posición de inseguridad que le impedía verlas como iguales. Problema que se ampliaba si Roni estaba de por medio; ya que daba por sentado que él también las consideraba más hermosas que a ella. Cuando se veía en tales situaciones entregaba toda su iniciativa a sus acompañantes y se quedaba prácticamente muda. De manera que se quedó en completo silencio observando cómo interactuaban entre sí ambos muchachos.

––Oye, ¿quién te ha hecho eso? ––Roni preguntaba a la muchacha por el moratón de la cara––. Si estás en problemas…

––No me lo digas… ––lo interrumpió ella poniendo los brazos en jarra y apoyando las manos en sus caderas––. Tú te convertirás en mi salvador ¿no? ––Su tono rezumaba ironía––. ¿Qué pasa? ¿Qué como soy una chica piensas que no puedo valerme por mi misma verdad?

La muchacha todavía no había terminado con él: ––¿Pero es que no te has visto? ––Se burló desafiante––. Eres alto, sí… ––reconoció sin dejar de desafiarlo con la mirada––. ¡Pero estás hecho un palillo! Apuesto a que tengo más bola que tú ––y le mostró la suya alzando en ángulo recto y tensando el brazo en cuya mano sostenía la manzana.

Roni prefirió no entrar al trapo y cambió de tema: ––¿Sabes usar eso? ––Preguntó señalando la espada de madera que a la muchacha le colgaba del cinto.

––¿Quieres comprobarlo? ––Lo retó ella echando mano al pomo de la espada.

––No, no ––sonrió Roni estirando los brazos con las palmas de las manos alzadas en un fingido gesto de defensa––, me lo creo.

Viendo la resolución de la muchacha, Violeta se sentía cada vez más pequeña. Algunas de las prostitutas del Jergón Feliz se comportaban de un modo parecido. Pero nunca había visto a una niña de su edad con tanta confianza en sí misma.

––Esto me lo hizo un troll ––dijo la muchacha cuando comprobó que a Roni se le habían bajado los humos de machito.

––¿Un troll? ––Roni formuló la pregunta tras romper en una sonora carcajada. ––¡Esa sí que es buena! ––¿Y qué hiciste tú? ¿Pegarle con la espada de madera? ––Ahora era él el que ironizaba.

––¡Esto es lo que hice! ––La muchacha acompaño su respuesta con un relámpago materializado en forma de patada que clavó en la entrepierna de Roni. El muchacho cayó de rodillas al suelo exhalando un sonoro grito de dolor––. ¡Gracias por las manzanas listillo! ––dijo sonriendo mientras se daba la vuelta sobre sí misma.

Violeta se quedó boquiabierta observándola caminar a paso resuelto hasta que desapareció entre el gentío. Luego se volvió hacia Roni, que ya estaba poniéndose en pié entre gestos de dolor. Se alegraba de la lección que su amigo acababa de recibir. Ahora se lo pensaría dos veces antes de ponerse a coquetear con la primera que se cruzase. Pero se guardó de expresar lo que sentía.

––¿Has visto eso? ––Roni no salía de su asombro––.

Después del incidente con la beligerante muchacha, buscaron un puesto de especias donde Violeta compró las cantidades de sal y pimienta que Bugart le había pedido que trajera a su regreso a la posada. Roni ya no parecía estar de humor y dejó tranquilas las pertenencias ajenas.

––¿Qué hacemos ahora? ––Preguntó Roni cuando ya tenían lo que habían venido a buscar.

Violeta sabía que se trataba de una pregunta retórica. Lo que ella proponía nunca resultaba sugerente para su amigo. Dijera lo que dijera, Roni terminaría proponiendo otra cosa diferente y la convencería de hacer lo que él hubiera pensado. Por lo que, en lugar de exponerse a sentirse ninguneada, prefirió callar y derogar sobre él la responsabilidad de decidir qué hacer o adónde ir.

––¡Ya lo tengo! ––Exclamó Roni casi inmediatamente después de formular su pregunta––. Vayamos a La Plaza del Gobernador. Por poco se me olvida ––añadió dándose una palmada en la frente para expresar su despiste––: ¡Van a ejecutar al Enviudador! ¡Y al pobre Mil cuernos! Van a cortarles la cabeza. Hagamos un poco de tiempo hasta que hagan sonar las campanas de la Torre del Gobernador.

A Violeta no le gustaban las ejecuciones. Pero no confiaba en sus posibilidades para convencerlo de ir a otra parte. Así que, en lugar de presentarle sus objeciones, le preguntó que quién era Mil cuernos. Esa misma mañana escuchó decir a una de las sirvientas del Jergón Feliz que hoy ejecutarían a un asesino conocido con el sobrenombre de Enviudador, al que se le adjudicaban cinco homicidios perpetrados en los últimos meses, y del que se sospechaba era el artífice de otros muchos que no habían podido demostrarse. Pero no escucho comentar nada acerca del otro hombre al que Roni mencionaba.

––Mil cuernos es un pobre diablo al que su mujer ponía los cuernos insistentemente ––le explicó Roni––. Al parecer se cansó de sus infidelidades. La mató a martillazos delante de unos hombres con los que la descubrió flirteando frente a su taller de carpintería.

Según se aproximaba la hora de la ejecución, el mercado fue vaciándose de gente. Se decía que el Enviudador era uno de los hombres de mayor confianza del Señor del Crimen de Aguas Rojas y, por ello, su ejecución se había hecho un especial eco entre la ciudadanía. Nadie quería perdérsela.

Cuando Violeta y Roni llegaron a la Plaza del Gobernador ya se hallaba abarrotada. Los nobles se sentaban en una grada semicircular formada por grandes escalones de piedra que acogía en su centro a la tarima donde subían a los condenados para que el verdugo consumara su ejecución. En la zona medular de la parte más elevada del las grada ocupada por la nobleza, podía verse el púlpito en el que estaba acomodado el Gobernador de la ciudad, Lord Hoster Mandoll. El asiento que se encontraba vacío a su lado era el que normalmente ocupaba su hoy ausente esposa Lady Janet Mandoll.  Al otro costado de la tarima de los condenados, un cordón formado por hombres de la guardia de la ciudad impedía que las primeras líneas de plebeyos que se agolpaban en la plaza para ver la ejecución se aproximasen demasiado a ella.

La horca era el castigo que usualmente se aplicaba a ladrones, traficantes y demás criminales menores. La decapitación se la reservaban a los asesinos y traidores. Por ese motivo hoy podía verse un enorme tocón de madera en el mismo centro de la tarima de los condenados.

Violeta siguió hasta donde pudo a Roni, que iba abriéndose paso a codazo limpio entre la multitud. Le pareció que su amigo se detuvo más de la cuenta junto un hombre que era casi tan obeso como su patrón en el Jergón Feliz. Sospechó que éste acababa de ser aligerado de alguna de sus pertenencias. En el fondo no podía culpar al muchacho de lo que hacía. Era miembro de la cofradía de los ladrones y se le exigían valiosas contribuciones diarias.

Como era de prever, al primero de los condenados que subieron a la tarima era a Mil Cuernos. Se guardaban el plato fuerte para el final. El hombre subió entre sollozos y lágrimas pero sin resistirse a los dos guardias que lo asían de los brazos. Tenía las muñecas atadas a la espalda. Se trataba de un hombre alto y delgado con un rostro de lo más corriente. Parecía completamente resignado a su destino. Violeta pensó que no tenía cara de asesino; ni siquiera de mala persona. Sintió compasión por él. Ella conocía de primera mano lo que suponía sufrir ataques de celos; aunque no por ello lo justificaba.

Sobre la tarima de los condenados había otros dos hombres, uno a cada costado del carpintero cornudo y de los guardias. Uno de ellos era el oficial que se ocupaba de presentar al condenado y pregonar los cargos y la sentencia correspondiente. El otro era el verdugo, que hoy sostenía entre sus manos el enorme hacha con el que ejecutaría las sentencias. Los verdugos, que a Violeta inspiraban un inmenso pavor, cubrían siempre su cabeza y rostro con una capucha negra para mantener el anonimato y evitarse así posibles represalias por parte de los familiares o amigos de los ajusticiados.

El oficial procedió a realizar las formalidades correspondientes.

––Con la venia de Lord Hoster Mandoll ––dijo en primer lugar volviéndose hacia el púlpito del Gobernador de Aguas Rojas.

Lord Hoster Mandoll hizo un sutil gesto de asentimiento para que continuara.

––Ante el pueblo de Aguas Rojas comparece Jorge Malin…

––¡Mil Cuernos! ¡Se llama Mil Cuernos! ––Gritó una voz––¡Yo mismo le puse unos cuantos!

El gentío rompió en una larga carcajada cuyo elevado volumen comenzó menguar en cuanto el condenado comenzó a hablar.

––El único que la quería de verdad era yo ––balbuceó Mil cuernos con los ojos enrojecidos y encharcados en lágrimas––. ¡Malditos seáis todos, cabrones!

Aunque no todos llegaron a entender sus palabras, la parte del público más próxima a él sí lo hizo y rompió en una nueva carcajada que terminó contagiándose al resto.

––Hacedlo callar y apoyad su cabeza en el tocón ––ordenó el oficial, visiblemente molesto por la interrupción.

Los guardias cumplieron sus órdenes obligando al reo a arrodillarse y a tumbar su torso y cabeza sobre la madera; lo que obtuvo como reacción que la plebe contuviera las emociones recién afloradas y guardara silencio.

––Jorge Malin ––continuó el oficial una vez volvió a sentirse dueño de la atención del público––, conocido por muchos como Mil Cuernos ––añadió ahora para evitarse nuevas interrupciones––, has sido condenado a morir decapitado como pena por asesinar a tu esposa y madre de tus hijos. Te enviamos de regreso al Creador para que Él decida qué hacer con tu alma miserable ––tras pronunciar estas palabras, volvió la mirada hacia verdugo como señal de que ya podía proceder a ejecutar la sentencia.

Sin más preámbulo, el encapuchado alzo el hacha asiéndolo por el mango con ambas manos y, con un rápido movimiento primero en corto hacia atrás y luego en largo hacia delante, trazó un arco descendente dirigido hacia el cuello del condenado.

Violeta, que ya hacia un buen rato desde que había perdido de vista a Roni, bajó la cabeza en el último momento para ahorrarse el brutal espectáculo. Pero al escuchar el clamor y las aclamaciones del pueblo, supo que el verdugo había separado la cabeza del cuerpo limpiamente. En caso contrario, tan solo se hubiesen escuchado murmuraciones. Existía la creencia popular de que si el condenado había sido hallado culpable injustamente, el verdugo erraría el golpe o encontraría algún otro problema para cortar su cabeza. Los más supersticiosos incluso interpretaban tales circunstancias como indicio de muy mal presagio para quien lo hubiese denunciado.

Después de que un muchacho subiera a la tarima de los condenados para retirar la cabeza de Mil Cuernos, que metió en un saco de mimbre, otros dos guardias trajeron al Enviudador. Lo subieron prácticamente a rastras. No porque estuviera resistiéndose, sino porque lo habían golpeado hasta convertirlo en un auténtico despojo de carne amoratada y sanguinolenta y huesos rotos; ni siquiera podía mantenerse en pie por sí mismo y parecía hallarse ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Además de haberle atado los brazos a la espalda a la altura de las muñecas como a Mil Cuernos, lo habían amordazado; aunque saltaba a la vista que era incapaz de articular palabra alguna.

El Enviudador tenía ya pie y medio en la tumba y se hallaba lejos de brindar ninguna clase de espectáculo digno de mención.  La concurrencia se sintió decepcionada y comenzó a manifestarlo con un creciente caudal de abucheos dirigidos por partes iguales hacia la tarima de los condenados y el púlpito del gobernador.

En la tarima de los condenados, el oficial  alzó la voz para tratar de apaciguar la indignación. Pero un tomate lanzado por algún energúmeno le acertó en plena nariz en cuanto comenzó a hablar; la fruta estaba podrida y se abrió sobre el resto de su rostro y cabello salpicándolo de tropezones rojos. La plaza retumbó en una masiva carcajada mientras un enjambre de frutas y verduras podridas y boñigas de caballo seguía al tomate.

Cuando tras restregarse los restos de tomate de los ojos, el avergonzado oficial abandonó a toda prisa la tarima de los condenados, el Gobernador y la nobleza de Aguas Rojas ya estaban siendo desalojados por la guardia de la ciudad.

El verdugo sabía lo que se esperaba de él, y actúo en consecuencia.  Necesitó tres golpes de hacha para separar la cabeza del cuerpo del condenado.

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