El sueño de Nazae VIII. Gabriel

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Montaraz

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Las comunas de Los Escudos, que dedicaban sus vidas a la protección de aquellos parajes naturales a los que sus miembros decidían retirarse en busca de la tranquilidad y la paz de espíritu que no encontraban en otros lugares, no tenían la costumbre de elegir a uno de sus miembros como líder propiamente dicho. Rehuían de estas formas de jerarquía tradicionales, prefiriendo que cada cual se hiciese cargo de decidir cuáles eran sus responsabilidades sin tener porqué rendir cuentas u obediencia a ninguno de sus camaradas en particular. No obstante a esto, resultaba harto complicado que alguno de ellos no se erigirse como líder natural de cada comuna; por norma general, aquel que inspiraba un mayor acuerdo tácito de seguimiento sobre la mayoría de sus integrantes. Y aunque en algunas ocasiones se daban casos de que este acuerdo se distribuía por partes iguales entre dos o incluso tres miembros diferentes de la comuna, en El Bosque de Limos ningún otro Escudo hacía sombra a Gabriel a este respecto.

Gabriel no era el guerrero más diestro de entre los componentes de su comuna; tampoco tuvo nunca, cuanto menos hasta que no hubo de acostumbrarse a ello, una capacidad de mando particularmente desarrollada. Estos no eran los parámetros que Los Escudos seguían para elegir a sus líderes. Como la mayoría de miembros de estas comunas se hallaban tenazmente involucrados en sus respectivos procesos de desarrollo espiritual, tendían más bien a seguir instintivamente a aquellos de sus compañeros cuya fuerza residiese en su corazón; a individuos lo suficientemente honestos consigo mismos y, como reflejo de esto, con quienes les rodeaban, como para encontrar en su interior la orientación necesaria para dejar de lado sus intereses personales en pos de los del bien común. A Los Escudos del Bosque de Limos, no les cabía la menor duda de que muy pocos hombres estarían tan capacitados como lo estaba Gabriel para escuchar los designios de su corazón y actuar en consecuencia.

Una nube de preocupaciones ensombrecía los pensamientos del líder de Los Escudos del bosque de Limos desde el mismo día que se topó con las inquietantes circunstancias que rodeaban a la muerte de Geodén. Nunca antes desde su llegada al Bosque, poco menos de dos décadas atrás, tuvo lugar en su seno un acontecimiento que le augurase tan oscuros presagios. Creía presentir que el verdadero responsable de la muerte del patriarca de Cárradan se mantenía oculto en las sombras. Gabriel esperaba que sus sospechas no se confirmasen. Si Édricken, no menos orgulloso y visceral que su padre, descubría que tras la muerte de Geodén se alzaba la figura de algún otro patriarca Tuteik, sería solo cuestión de tiempo que el resto de patriarcas tomasen partido por una u otra facción, y se iniciase una guerra civil entre hermanos, medio hermanos, e incluso padres e hijos; ya que no eran pocos los casos de individuos o familias enteras que, respondiendo indistintamente al capricho o la necesidad, se mudaban de una aldea Tuteik a otra, dispersando de este modo la simiente de su pueblo por el bosque como las aguas de los ríos al desembocar en los océanos.

Si otro patriarca había conspirado para asesinar a Geodén, Gabriel necesitaba encontrar pruebas que lo demostrasen para presentarlas ante el consejo del bosque. Y esto debía de hacerse antes de que a oídos Édricken llegase rumor alguno, real o imaginario, que sembrase en él el germen de la discordia. De lo contrario, la siempre inestable paz que mantenían entre sí las tribus bárbaras de los Tuteik llegaría a su inexorable fin, y una lluvia de muerte salpicaría de rojo hasta el último rincón del bosque.

Ésta era la razón por la que, tras haberse pasado tres días enteros dirigiendo la infructuosa búsqueda del asesino que a él mismo se le había escurrido entre los dedos, aquella mañana decidió regresar al lugar donde fue encontrado el cadáver de Geodén. Optó por llevarse consigo a Trepa mientras el resto de Escudos continuaban peinando el bosque. Si el rastro de los asesinos estaba todavía lo suficientemente fresco, desandarían sus pasos para tratar de esclarecer si su encuentro con el patriarca tuvo lugar como fruto de una funesta casualidad o, por el contrario, de una conspiración perpetrada deliberadamente. Temía que se tratase de lo segundo, ya que ninguno de los asesinos había sido visto antes en el bosque, y el día de la refriega el patriarca salió a cazar con poco más que un taparrabos, su arco y su martillo de guerra. No tenía sentido que unos completos extraños se arriesgaran a asaltar a un gigantón musculoso con cara de pocos amigos al que no conocían de nada y que, a ojos vista, no cargaba consigo nada de valor.

De regreso en la escena del crimen, no tuvieron problemas para encontrar el rastro que los asesinos dejaron a su paso antes de emboscar a Geodén. Lo siguieron hasta llegar a las afueras de la aldea de Cárradan, donde sus sospechas terminaron de hacerse realidad al descubrir que estuvieron merodeando por los alrededores de la casa del patriarca; sin lugar a la duda, a la espera de que éste les brindase el momento oportuno para arremeter contra él.

––Alguien tuvo que darles su descripción y decirles donde encontrarlo ––dedujo Trepa––. Incluso ponerles al corriente de que acostumbraba a salir de caza a primeras horas de la mañana.

––Sí, y si continuamos desandando sus huellas, puede que averigüemos quién lo hizo––.  Gabriel alimentaba la débil esperanza  de que el rastro los condujera hacia la persona que contrató sus servicios; o, por lo menos, hacia su lugar de residencia. No le cabía en la cabeza que nadie más aparte de otro patriarca del pueblo bárbaro tuviera razones para planear la muerte de Geodén. Tegurrién, el patriarca de Átistlan, era con diferencia el que peor relación mantuvo siempre con el de Cárradan.

Perdieron el rastro de los asesinos demasiado al sur de Cárradan. Y como ésta era la aldea Tuteik ubicada en la zona más meridional de la floresta, concluyeron, que, si alguien en el bosque contrató a los asesinos, tuvo que ser él mismo quién acudiese o enviase a alguien en su búsqueda, casi con toda seguridad a la ciudad de Aguas Rojas. Eso era lo más inteligente. Aun sin el postrero asesinato de por medio, habría dado mucho de qué hablar si semejante grupo hubiese sido visto rondando las proximidades de cualquier aldea Tuteik.

A primeras horas de la tarde regresaron al campamento que Los Escudos tenían estratégicamente emplazado en la medular del bosque. Aquella mañana, antes de partir del campamento junto a Trepa, Gabriel le pidió a Jabalí que se pasara por una zona del bosque habitada por varias familias de granjeros y ganaderos, con el propósito de que averiguase si habían visto a algún extraño. Jabalí regresó al campamento poco después que ellos. Llegó a galope tendido trayendo consigo el macabro relato de lo acontecido en la granja de los Homel.

––Llegué a la granja a la hora del almuerzo ––añadió Jabalí como colofón final a su relato––. La puerta de la casa no estaba atrancada por dentro, pese a que el lugar parecía hallarse desierto; lo que ya de por sí me resultó extraño, más aun a la hora del almuerzo. Así que entré, subí a las habitaciones, y allí estaban todos, degollados como cochinos. Walter, Annet… Y también la pequeña.

Como en aquel momento el resto de Escudos se encontraban diseminados en diferentes lugares del bosque prosiguiendo con la búsqueda del asesino, Gabriel le pidió a Jabalí que permaneciera en el campamento para informar de lo sucedido y trasmitir sus órdenes a los que fuesen regresando mientras él y Trepa acudían a la granja de los Homel.

––Intentaremos encontrar y seguir el rastro de ese desgraciado ––Gabriel estaba que echaba humo––. Envía detrás de nosotros al primer grupo que regrese. Y a Demian, que ya debería estar de vuelta–– empezaba a estar preocupado por la ausencia del elfo.

––Si no estamos allí cuando lleguen ––intervino Trepa––, que nos sigan el rastro ––no consideró necesario añadir “porque nosotros estaremos siguiendo el del asesino”––.

––Al resto envíalos al sur ––Gabriel retomó la palabra––. Los asesinos accedieron al bosque por la zona meridional ––añadió consciente de que Jabalí sabía en que había consistido la misión que Trepa y él llevaron a cabo esa mañana. Que estrechen un cerco entre el bosque y el Camino Grande. Cuando lleguen los últimos vete con ellos; cuantos más seáis, menos posibilidades tendrá de romper el cerco.

––Si es que no salió antes del bosque ––Jabalí dio voz a lo que todos pensaban.

Al caer de la tarde, el grupo de Escudos conformado por Daniel, Renacuajo y Volgar-Teretas, llegó a caballo a la granja de los Homel. Encontraron a Gabriel cavando la fosa donde pensaba enterrar el cuerpo de Annet Homel. Su cadáver estaba tendido a pocos metros de distancia, junto al de su esposo. Al de la niña le había dado sepultura en primer lugar.

Gabriel clavó la pala con la que estaba cavando la fosa en la montaña de tierra extraída y se quedó mirando a sus compañeros mientras descabalgaban de sus monturas. Gabriel era delgado y de estatura media, tenía los ojos verdes color esmeralda y una cabellera rubia muy clara y rizada que le caía hasta los hombros. De la nuca le caía una fina mata de cabello más larga que alcanzaba la parte baja de sus omoplatos   Su barba, no demasiado larga, era de un color rubicundo rojizo.

Daniel y Renacuajo venían en sendos caballos pardos mientras que Volgar lo hacía en su pequeño poni blanco con manchas castañas casi rojizas.

El primero en hablar fue Daniel: ––¿Habéis encontrado su rastro? ––Daniel era un hombre alto y corpulento de treinta y pocos años; de cabello corto y negro azabache, tez oscura, mandíbula ancha y ojos castaños ligeramente saltones.

––De haberlo encontrado no estaríamos aquí. Sus huellas llevan del granero a la casa, y de la casa al arrollo después de caminar como medio kilómetro hacia el sur. Luego desaparecen. Ha tenido que introducirse en las aguas y alejarse nadando río abajo… O río arriba.

––Habrá tenido que salir del río y continuar a pie en algún momento–– apuntó Volgar-Teretas.

––Todavía no hemos encontrado el punto por el que lo hizo. Trepa aun está buscándolo. La buena noticia es que está herido. Los Homel lo instalaron en el granero y curaron sus heridas antes de que el muy miserable pagara sus atenciones rebanándoles el pescuezo.

––Ese hijo de perra no se nos puede escapar… ––dijo Daniel presa de la furia mientras aferraba con fuerza la empuñadura de su espada.

––¿Dónde está Demian? ––Gabriel necesitaba del elfo más de lo que nunca lo había necesitado.

––Cuando salimos del campamento todavía no había regresado–– respondió Renacuajo, que solo le sacaba una cabeza a Volgar y parecía tan escurridizo como delgado.

––Algo debe de haberle sucedido. No es normal que se esté demorando tanto sabiendo la situación en la que nos encontramos. Él conoce el olor del asesino. Su olfato nos sería de gran ayuda para encontrarlo. Alguien debería ir hasta la caverna de Zalasar a ver si aun se encuentra allí.

––Yo iré ––se ofreció Renacuajo––.

A Gabriel le pareció la mejor opción. Debido a su agilidad y diminuta complexión, el hábil explorador recorrería con más facilidad que nadie el tramo final del camino que llevaba a la caverna del ermitaño, conformado por un entramado de sendas demasiado estrechas y enmarañadas. Daniel era demasiado corpulento y Volgar demasiado paticorto para maniobrar con destreza en aquella zona del bosque. Además, a este último lo iba a necesitar de regreso en el campamento

––Dile a Zalasar que iré a verlo en cuanto atrapemos al asesino o lo perdamos definitivamente ––indicó a Renacuajo––. Si Demian ya hubiese partido de regreso al campamento ––Gabriel suponía que así sería––, quédate a pasar la noche con el ermitaño y sal a primera hora de la mañana hacia el sur en busca de nuestros compañeros. Súmate a ellos en el cerco y esperad allí hasta que aparezca el asesino o tengáis noticias nuestras.

Renacuajo, que era zurdo, cogió las bridas de su caballo con su mano hábil, acomodó el pie izquierdo en el estribo que colgaba de ese mismo lado de la silla de montar, volvió el rostro hacia sus compañeros para hacer una cómica reverencia antes de dar el brinco con el que se encaramó a lomos de su bestia de carga, y partió de allí como una exhalación. No resultaba necesario decirle que el tiempo no jugaba a su favor.

––Si para cuando llegue Renacuajo a la caverna del ermitaño Demian ya hubiese salido hacia el campamento… ––comenzó a decir Volgar-Teretas mientras seguía con la mirada

Volgar iba a decir que lo encontraría vacío. Pero Gabriel, que ya lo tenía todo previsto, no le dejó terminar.

––En ese caso tú estarás allí para decirle que necesitamos que venga aquí cuanto antes. Si pasada la noche todavía no ha llegado, no lo esperes más porque eso significará que Renacuajo lo habrá interceptado o que no salió de regreso al campamento ––Gabriel barajaba la posibilidad de que Demian se hubiese topado por casualidad con el rastro del asesino. Por más que lo pensaba no se le ocurría que otra circunstancia pudiera estar retrasándolo––.

––¿Y qué quieres que haga entonces? ––Preguntó Volgar al tiempo que volvió la cabeza tras de sí al ver que Gabriel desviaba la mirada hacia algún punto a sus espaldas.

Trepa estaba de regreso. Se aproximó sin dar muestras de haber encontrado el rastro del asesino, dedicó al enano una afectuosa sonrisa cuando sus miradas se cruzaron y se sentó sobre el enorme tocón de roble que la familia Homel usaba como mesa para comer al aire libre. Con el pelo corto negro, la tez oscura, sus fibrosos músculos y su mirada gatuna y penetrante, parecía una mujer pantera

Gabriel se centró nuevamente en el enano: ––Me gustaría que fueses a Átistlan a hablar con Tegurrién al respecto del asesinato de Geodén. Quiero que observes cómo reacciona.

––Yo te diré cómo va a reaccionar. Me atará a una estaca en medio de la aldea y abrirá una competición de lanzamiento de pedruscos sobre mi cabeza.

Daniel soltó una carcajada al imaginarse al enano en la coyuntura que éste acababa plantear.

––No, no lo hará––. Gabriel contradijo al enano esbozando una sonrisa.

––¿A no? ––El enano se mostró escéptico–– ¿Y puede saberse por qué?

––Porque no le darás razones para pensar que sospechamos de su implicación en el asesinato de Geodén. Le dirás que uno de los asesinos todavía anda suelto y que te he enviado para ponerlo sobre aviso y averiguar si alguien de su aldea ha visto a algún extraño––. Para evitarse intervenciones indeseadas por parte de Édricken, Gabriel había preferido mantener en secreto el hecho de que uno de los asesinos continuaba en paradero desconocido.

––¿Qué haremos cuando Édricken se entere de que lo hemos estado engañando?––. Quiso saber Trepa en cuanto Volgar desapareció de su vista montando su poni. En cuanto en Átitlan se corriera la voz de que uno de los asesinos todavía se hallaba en paradero desconocido, la noticia no tardaría en divulgarse al resto de aldeas Tuteik.

––No lo sé ––Gabriel, pensativo, desvió su mirada hacia los cuerpos de Annet y Walter Homel, que le dieron la respuesta a la pregunta de Trepa––. Quizá tengamos que decirle que no supimos que se nos había escapado un asesino hasta que Jabalí descubrió esta nueva desgracia.

––No se lo creerá ––afirmó Daniel con rotundidad mientras tomaba entre sus manos la pala que Gabriel había dejado en desuso a su llegada y continuó cavando la fosa donde enterrarían el cadáver de Annet Homel.

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