El sueño de Nazae VII. Constantine

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El cadáver del troll yacía tendido en el suelo sobre un charco de sangre negra. Sus verdugos tuvieron que causarle numerosas heridas antes de derribarlo. Varias astas de lanza quebradas sobresalían de su enorme cuerpo sin vida. Una de éstas era la de la lanza que, tras atravesarle el cuello de un costado a otro, le había arrancado su último aliento. Al monstruo todavía le manaba sangre a borbotones por aquella última herida fatal mientras el capitán Constantine contemplaba su enorme cuerpo sanguinolento.

Los trolls eran bestias humanoides medio inteligentes cuyos cuerpos triplicaban en tamaño a los de un humano adulto. Algunos podían llegar a alcanzar incluso los cuatrocientos kilos de peso. Eran seres principalmente noctívagos; ya que sus ojos rojos de pupilas rojizas e inyectadas en sangre apenas soportaban la luz del día. En cambio, les permitían ver en la oscuridad. Su piel era endiabladamente dura y estaba cubierta de un cabello similar al de los jabalíes; áspero y punzante a más no poder. De rostros deformes y malolientes fauces de las que les sobresalían los enormes colmillos con los que desgarraban la carne de sus víctimas.

Todos ellos apestaban a sudor ácido y rancio. Y muy pronto éste, en cuanto la podredumbre hiciese mella en su carne y órganos vitales, apestaría todavía más de lo acostumbrado. Los buitres y demás aves de rapiña se darían un copioso festín a su costa y no dejarían allí más que sus huesos. Para ese entonces él ya estaría de regreso en Aguas Rojas.

La escaramuza le había costado la vida a uno de sus hombres. El joven Mario Petimer tan solo llevaba unos meses al servicio de la guardia y pagó la novatada de su inexperiencia al aproximar su montura al troll de un modo a todas luces innecesario. Se había roto el cuello al caer de su caballo tras recibir este último un poderoso manotazo de aquella bestia enfurecida. El animal había perdido un ojo y se había roto una pata al caer. Tendrían que sacrificarlo; no podían llevárselo consigo en tan lamentables condiciones.

––Mi señor, ¿qué hacemos con los muchachos? ––Era Dan Teod, su lugarteniente, quién le preguntaba.

––¿Cómo se encuentran?

––Tienen feas contusiones, pero ambos respiran. Solo están inconscientes. Han tenido suerte. El troll debía de estar trasladándolos a su caverna para devorarlos allí todavía vivos, probablemente pretendía compartirlos con su familia.

––Sí, supongo que sí ––se decía que los Trolls necesitaban devorar a sus víctimas mientras que éstas todavía tenían la sangre caliente, aunque… ¿Quién podía estar seguro de ello? No conocía a nadie que hubiese intimado hasta tal extremo con ninguna horda de trolls–– Si no despiertan intentad pasarles algo de agua con miel por la garganta. Amarradlos a los caballos de repuesto. Los llevaremos a Aguas Rojas.

––¿Y con el cuerpo de Mario…?

––Lo enterraremos aquí mismo. Que se ocupen Max y Roberto. Los demás regresad a desmontar el campamento. En cuanto lo tengamos todo listo retomaremos la marcha.

––Sí, mi señor ––respondió solicito Dan Teod antes de volverse sobre sí mismo y comenzar a dar las órdenes.

Constantine tenía treinta y ocho años de edad y era uno de los capitanes de mayor rango de la guardia de la ciudad de Aguas Rojas. Él era el responsable de mantener el orden de puertas adentro de la ciudad; aquel que, en tiempos de paz como ahora se hallaban, más trabajo tenía ocupándose de mantener a raya a los ladrones y asesinos que campaban cada vez más a sus anchas por sus atestadas calles. Razón por la que no comprendía por qué precisamente él fue elegido para escoltar a Lady Janet Mandoll en su viaje protocolario a la ciudad de Agoram, donde la dejó custodiada por la mitad de sus hombres en el palacio real. Al parecer, una inoportuna complicación en la salud del capitán de la guardia personal de Lord Hoster Mandoll, gobernador de aguas Rojas, lo convirtió a él en el más indicado para encabezar la escolta de su esposa. Todo un honor carente de sentido. Cualquier otro capitán de menor rango hubiese podido ocuparse de tan distinguida misión sin verse abocado por ello a abandonar tantas responsabilidades. Constantine alimentaba la sospechaba de que alguien lo habían quitado de en medio y temía encontrarse con alguna desagradable sorpresa a su regreso a Aguas Rojas. Durante sus dos largas décadas de servicio en la ciudad, había tenido tiempo más que de sobra para constatar que el gobernador Lord Hoster Mandoll tan solo era una marioneta en las manos de quién allí realmente gobernaba y movía los hilos desde las sombras.

Tal y como era de prever, el viaje de una semana hasta Agoram no entrañó peligro alguno. No al menos hasta que, en la madrugada de hoy, Jonás, el soldado que estaba de guardia, dio la voz de alarma al advertir la presencia del troll.

––¿Es que el soldado no tenía familia en la ciudad? ––Ahora era Martin Mandoll, hijo primogénito de Lord Mandoll quién, extrañado de que hubiese ordenado que enterrasen allí mismo a Mario Petimer, lo sacaba de sus pensamientos haciéndole aquella ingenua preguntaba.

––Sí, mi señor, la tenía. Y me hubiese gustado llevarle su cuerpo a sus padres para que ellos mismos le diesen sepultura. Pero todavía nos quedan dos largos días de marcha hasta Aguas Rojas y me temo que para cuando les llegue el aviso y les entreguemos el cadáver de su hijo, éste se hallará en una avanzada fase de descomposición. ¿Sabes lo que eso significa?

––Qué tendrá mal aspecto.

––Su aspecto no será tan malo, pero con este calor apestará peor que las letrinas de los barracones de la soldadesca. Créeme si te digo que no les haríamos ningún favor.

Martin Mandoll tan solo contaba con trece años de edad y no tenía todavía ninguna experiencia en lo que a campos de batalla y cadáveres en descomposición se refería, pero era orgulloso y no quería quedar como el niño ingenuo que todavía era:  ––Sí, eso ya lo sabía. Pero pensé que a sus padres igualmente les hubiese gustado enterrar a su hijo ––afirmo sin poder evitar dejar traslucir un infantil deje de arrogancia al tiempo que espoleaba a su caballo para alejarse del capitán.

Constantine contemplo cómo el muchacho se le adelantaba y se quedaba parado tan solo unos metros más adelante para examinar con un mayor detenimiento el exangüe cuerpo del troll. Había dejado que el heredero de Hoster Mandoll los acompañara a darle caza para brindarle la oportunidad de adquirir algo de experiencia en combate y porque sabía que un solitario troll, por grande que fuera, no sería rival para quince soldados montados a caballo y pertrechados con cotas de malla y lanzas de combate. Mientras que el muchacho no entrara en combate, no correría ningún peligro. Él mismo se quedó a su lado mientras sus hombres se enfrentaban al monstruo para asegurarse de que no se dejaba llevar por ningún arrebato de estupidez.

Dan Marlow lo sacó nuevamente de sus pensamientos con un silbido. Cuando se volvió hacia él, le hizo una seña para hacerle saber que ya estaban listos para partir. Detrás de su lugarteniente divisó aproximarse a un par de carros cargados hasta los topes tirados por bueyes, seguramente guiados por campesinos que acudían al mercado de la ciudad para vender las últimas hortalizas de la cosecha de verano, huevos, queso de cabra, e incluso miel. El alba todavía estaba despuntando. Pero en cuanto amaneciera y el día terminase de clarear, El Camino Grande se llenaría de vida colmándose de campesinos, ganaderos, artesanos y mercadores ambulantes de la más variada índole dispuestos a vender o intercambiar su género en el mercado de Aguas Rojas.

Cuando sus hombres, montados a caballo, llegaron al lugar donde los esperaba, desvió la mirada hacia el cadáver del troll por última vez. Serían muchos los transeúntes que a lo largo de la jornada se detendrían a contemplarlo llenos de asombro y temor. Especularían al respecto de cuantos hombres habrían sido necesarios para cobrarse su vida y de un sinfín de cosas similares. Se preguntó cuál sería el primero de ellos al que se le ocurriría llevarse consigo la cabeza del monstruo. Sacaría con ella una buena tajada vendiéndosela a algún artesano que la despellejara y limpiara para vender su impresionante cráneo desnudo a algún Señor que quisiera decorar su palacio con semejante rareza.

––En unos días no se hablará de otra cosa en la ciudad–– comentó Dan Teod mientras también él echaba un último vistazo al cadáver del troll––.

La pequeña hueste de jinetes capitaneada por Constantine, emprendió la marcha formando ordenadamente en columna de a dos cuando el sol naciente asomaba sobre las costas de levante, señalándoles la dirección que frente a ellos debían seguir para llegar a su destino. Muy pronto los rayos de luz solar harían refulgir el acero de las puntas de sus lanzas supervivientes a la refriega, de sus yelmos y de aquellas partes de sus cotas de mallas, alojadas principalmente en brazos y cuellos, que no cubrían las sobrevestas cuarteadas en rojo y naranja características de la guarnición de Aguas Rojas.

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