El sueño de Nazae V. Tatiana y Ann

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Después de caminar prácticamente sin descanso durante las últimas veinticuatro horas, mucho más que extenuada, si es que esto cabía, Tatiana se hallaba hambrienta. Clamaba por un bocado que echarse a la boca, y sus tripas se hacían eco de ello resonando como si en lugar de vacías contuvieran en su interior a toda una familia de ranas croando al unísono.

¿Se puede saber a dónde va? ––se dijo para sí en un murmullo apenas audible mientras que, oculta detrás del follaje de un enebro, espiaba los movimientos de Ann, que parecían augurar que, de una vez por todas, pensaba pararse a descansar.

Esta no era la primera vez que Tatiana seguía a Ann sin que él lo supiera cuando éste, con la intención de poner tierra de por medio con los otros muchachos de la aldea, que siempre encontraban cualquier pretexto para humillarlo, salía a darse un paseo en solitario por el bosque. Sin embargo, este último paseo se estaba alargando mucho más de la cuenta; empezando por el hecho de que había dado comienzo el día anterior cuando, Tatiana, extrañada de que el menor de los hijos del patriarca no estuviese presente en su funeral, decidió ir en su búsqueda. Caminó directamente hacia su casa y lo descubrió adentrándose en la floresta, seguramente creyendo que nadie lo observaba; ya que supondría que todos los habitantes del poblado se hallaban presentes en el ceremonial de despedida de su padre.

Aparte de la propia Tatiana, solamente Édricken sabría decir el porqué de la fijación que la muchacha tenía hacia su hermano menor; una fijación lo suficientemente exagerada como para instigarla a mantener la determinación de seguir sus pasos durante la friolera de veinticuatro horas, pese a que a medida que éstas transcurrían comenzó a sospechar que Ann no tenía intención de regresar a la aldea. Más bien al contrario; de su insistente manera de volverse a mirar hacia atrás, como si temiese que alguien pudiera seguirlo, concluyó que lo que en realidad estaba haciendo era huir de ella.

Édricken descubrió los sentimientos que Tatiana albergaba hacia su hermano, el día que al cumplir los quince años alcanzó la mayoría de edad.

Tatiana era una muchacha que llamó la atención en la aldea desde muy niña. No solamente como consecuencia de la su exuberante belleza, sino, sobre todo, debido a su carácter y forma de conducta manifiestamente anticonvencional. Lejos de andarse con delicadezas, como hacían el resto de muchachas y mujeres de la aldea, ella se comportaba como si fuese un tosco muchacho. Mal hablada, directa y fanfarrona; así era ella; siempre dispuesta a plantar cara a aquellos muchachos que, por la razón que fuese, normalmente a causa de su insoslayable condición de mujer, osaran mirarla por encima del hombro y le dijeran qué podía y qué no podía hacer. La niña era tan testadura que incluso consiguió que los muchachos le permitiesen jugar con ellos a sus juegos de hombres. Al principio, por supuesto, para poder ridiculizarla y echarse unas risas a su costa. Pero, muy pronto, les demostró que podía correr incluso más rápido que algunos de ellos, combatir con palos o espadas de madera con la misma ferocidad que ellos, y, que, para asombro de todos, ninguno de ellos la superaba en puntería a la hora de lanzar piedras en las pruebas de tiro al blanco. Donde Tatiana ponía el ojo, ponía la piedra.

Así fue como aquella díscola muchacha cuya mayor aspiración era la de convertirse en guerrera, se ganó el respeto de los muchachos de la aldea y, en el caso de Édricken, mucho más que eso; él mismo se lo dejó patente el día de su quinceavo cumpleaños.

––Hoy he alcanzado la mayoría de edad ––le dijo él muy ufano y seguro de sí mismo––. Y quiero que sepas que, cuando tú alcances la tuya, tendrás el honor de convertirte en mi esposa––. Según dictaba la tradición de los Tuteik, tanto sus patriarcas como sus hijos primogénitos, podían escoger a la mujer de la aldea que más gustasen para contraer matrimonio con ella; ya que su negativa implicaría tanto su propio destierro, como el de todos sus parientes directos; padres, hijos, y hermanos.

––Ni lo sueñes ––le respondió Tatiana, que en aquel entonces tan solo tenía diez años, no menos segura de sí misma––. Yo ya sé con quién me voy a casar, y no va a ser contigo.

Édricken, que se lo tenía muy creído a sabiendas de que la mayoría de las muchachas de la aldea estaban coladitas por él, no esperaba recibir semejante respuesta. Más aun teniendo en cuenta la admiración que sabía que aquella muchacha con espíritu de guerrera sentía hacia quién apuntaba a convertirse en el mejor guerrero de la aldea.

––¿Cómo que no te casarás conmigo? ––balbuceó contrariado. ––Sabes que tengo el derecho de elegir como esposa a la mujer que me plazca ––añadió tratando de recuperar la compostura––. Y esa eres tú.

––Me importa un cuerno el derecho que creas tener ––respondió ella enfurecida––, nunca me casaré contigo. ––Además ––añadió suavizando su tono de voz––. No te veo capaz de hacerle eso a tu hermano.

––¿A mi hermano? ––Édricken no salía de su asombro––. ¿Qué tiene esto que ver con Ann?

––Lo que tiene que ver, cabeza de chorlito ––Tatiana deletreaba las palabras como si hablase con alguien demasiado estúpido como para entenderla si lo hacía más rápido––, es que estoy enamorada de tu hermano ––le confesó con mucho aplomo––, y que tu hermano… ––Por un momento no pudo evitar que su seguridad en sí misma se desinflase––… ¡Que tu hermano está enamorado de mí! ––Añadió esforzándose por dar la falsa impresión de estar completamente segura de ello.

Sin embargo Édricken, cegado por su deseo como en aquel momento se hallaba, en lugar de reconocer el atisbo de mentira que su amada dejó entrever en la parte de su confesión que a él le resultaba hasta cierto punto indiferente, la que concernía a los presuntos sentimientos de su hermano hacia Tatiana, prefirió concentrarse en negar aquella otra parte, la que concernía a los sentimientos de esta última hacia su hermano que, pese a ser completamente cierta, en modo alguno era de su agrado.

––¡Mientes! ––La acusó–– ¿Qué podrías haber visto tú en mi hermano? ¡Pero si ni tan siquiera es un guerrero! ––Negó con la cabeza antes de proseguir––. No me vengas con tonterías ––ahora era él quién estaba fuera de sí––. Te casarás conmigo lo quieras o no. Esa es mi decisión como hijo primogénito del patriarca de la aldea. Bien sabes lo que sucederá si te niegas––. Dicho esto, giró sobre sí mismo echando pestes y se alejó de allí a grandes zancadas.

A partir de este día, Tatiana comenzaría a desarrollar una profunda animadversión hacia Édricken. Si bien no tanto porque mantuviera su pretensión de obligarla a casarse con él, como por el trato que empezó a dar a Ann; al que culpaba de que su futura esposa no correspondiera sus sentimientos.

Habían pasado ya casi cinco años desde que Édricken confesara a Tatiana su intención de desposarla, y solo faltaban dos meses para que ésta alcanzase la mayoría de edad y se viera en la difícil posición de tener que decidir entre el convertirse en la esposa de un hombre al que detestaba, o negarse a ello y convertirse en la responsable de que, junto a ella, desterrasen también de la aldea a su madre, que era el único pariente directo que le quedaba. La muchacha no tenía hermanos, y su padre había muerto cuando ella tenía cinco años en la famosa reyerta que en aquel entonces se produjo entre los guerreros Tuteik y los trolls cuyas cabezas terminaron clavadas en estacas en los alrededores de Cárradan. A ella poco le importaba que la desterrasen. Pero sabía que para su madre supondría un duro golpe. Tanto por la vergüenza que le inspiraría el hecho de que su propia hija quedase estigmatizada por haberse negado a acatar las leyes Tuteik, como por tener que verse abocada a construir una nueva casa sin la ayuda de su ya difunto esposo. Éste era el acuciante dilema que había estado robándole el sueño a lo largo de los últimos años.

Tatiana se hallaba ahora frente a otro dilema de carácter mucho más apremiante. O desistía de continuar tras los pasos de Ann y regresaba a Cárradan; o le desvelaba su presencia para averiguar qué se traía entre manos. Solo que, cada una de estas opciones, entrañaba en sí misma otro nuevo dilema. Si se alejaba del muchacho del que estaba enamorada, se arriesgaría a perderlo de vista para siempre; en cambio, si optaba por dejar de ocultarse de él, tendría que explicarle por qué lo había estado siguiendo durante tanto tiempo. Lo cierto era que en ese momento no se le ocurría ninguna explicación lo suficientemente convincente que ofrecerle al respecto aparte de la verdadera. Y no tenía ninguna intención de exponer sus más íntimos sentimientos a quién bien pudiera rechazarla. A pesar de que siempre quiso creer que Ann estaba tan enamorado de ella como lo estaba ella de él, en el fondo no tenía ninguna prueba de ello. Más bien al contrario, ya que éste no parecía haberle prestado nunca la menor atención.

Lo que en una última instancia empujó a Tatiana a definirse por salir de su escondite aun a sabiendas de que ni tan siquiera Gregor “cabeza de chorlito”, el muchacho más corto de sesera de la aldea, se creería una sola de las palabras que iban a salir de su boca, fue su estómago; que una vez más rugió con avidez cuando vio a Ann sacar de su zurrón un mendrugo de pan y un enorme trozo de queso. “Bueno, seguramente Gregor, sí me creyera ––rectifico en su diálogo interno mientras que, sin molestarse ya en evitar hacer ruido al caminar, se aproximaba al lugar donde, de espaldas a ella, el muchacho estaba sentado––. Si llegó a creerse que los primeros trolls fueron engendrados por una osa a la que un grupo de bárbaros locos violaron…”.

La muchacha iba prácticamente desnuda, ya que vestía al uso de los guerreros Tuteik. Aunque como tenía algo más que esconder que estos primeros, además de usar el clásico taparrabos de pieles de ciervo, también empleaba una estrecha tira de esta misma piel para rodear su torso de forma que cubriera sus todavía incipientes pechos.

Al escuchar sus pasos, Ann dio un pronunciado respingo justo antes de volverse sobre sí mismo y, con los ojos abiertos como platos, se la quedó mirando fijamente.

Tatiana se detuvo como a unos cinco metros de distancia de Ann. Se disponía a hacerle creer que se había alejado de la aldea para salir de cazar y que se lo topaba por pura casualidad. A sabiendas de que, solo con tener en cuenta que las únicas armas que ella llevaba consigo, eran una daga y una espada corta de madera, resultaba ya de por sí harto inverosímil. A no ser, claro estaba, que su pretensión fuese la de atrapar alguna liebre despistada a golpetazo limpio con el canto romo de su espada. Sin mencionar el poco sentido que tendría el hecho de que, aun en el supuesto caso de hallarse debidamente pertrechada, se hubiese alejado a tanta distancia de la aldea.

Sin embargo Ann, que se incorporó de un solo salto del lugar en el que un instante antes permanecía sentado, dejando caer al suelo el pan y un trozo de queso recién cortado, no le dio tiempo a explicarse: ––¿Vienes con Édricken verdad?––. La increpó desviando la mirada de sus ojos para, visiblemente aterrado, cubrir con ella todo su derredor temiendo la inminente aparición de su hermano.

¿Édricken? ––repitió para sí misma Tatiana mientras observaba la delatadora reacción de Ann.

––Tranquilo, Édricken no viene conmigo ––aseguró a Ann cuando éste, después de comprobar que su hermano parecía no hallarse en los alrededores, se la quedó mirando nuevamente a los ojos a la espera de respuestas––. De hecho, puedes estar seguro… ––mientras hablaba se sintió una estúpida por no darse cuenta antes de que en realidad tenía la excusa perfecta para explicar su presencia allí––… De que si tu hermano nos encontrase, yo me vería en más apuros que tú––. Acababa de comprender que, si Ann estaba huyendo de la aldea y ella huía con él, algo que ya de por sí estaba igualmente determinada a hacer, su madre no podría ser desterrada porque Édricken jamás tendría la posibilidad de hacer oficial su voluntad de casarse con ella––. “¡Eso sería genial!”––.

––¿Y por qué tendrías tú que temer a mi hermano?––. Quiso saber un desconfiado Ann que, todavía temeroso, continuaba esperando que Édricken apareciera por allí en cualquier momento.

Ann nunca habló demasiado con nadie. Ni siquiera con su hermano cuando todavía se mantenía en buenas relaciones con él. Dar voz a lo que pensaba o sentía, solo contribuía a que todos pensaran que estaba loco y a meterle en más problemas de los que ya tenía. Se había convertido, pues, en un muchacho solitario y taciturno además de atormentado. Una circunstancia esta última que le permitió desarrollar su intuición mucho más intensamente de lo que la inmensa mayoría de personas lo hacía. Así que, cuando Tatiana, que aún se hallaba plantada frente a él esperando que la creyera, le habló acerca de los planes que Édricken tenía para ella y de cómo su disconformidad ante los mismos la había instigado a huir de la aldea antes de alcanzar la mayoría de edad, Ann tuvo la sensación de que la muchacha no estaba siendo del todo honesta. Por otra parte, dado el que continuaba siendo el gran sentimiento de admiración que su hermano le inspiraba, no pudo evitar preguntarse por qué a Tatiana le parecía tan horrible la idea de tener contraer matrimonio con él. De haber sabido cual iba a ser la reacción su reacción al preguntarle al respecto, habría mantenido la boca cerrada.

––¡¿Qué por qué no quiero casarme con él?!––. Gritó ella con los brazos en jarras justo antes de aproximársele lo suficiente como para cruzarle la cara con una sonora bofetada que, además de perplejo, le dejó la mejilla izquierda roja como un tomate––. ¡Por qué, al igual que tú, es un zoquete!––. Añadió mientras se acuclillaba para recoger los trozos de pan y queso que Ann dejó caer al suelo al verla llegar. Luego se alejó de él y se sentó sobre una raíz de roble que sobresalía ostensiblemente del suelo. Y allí se quedó enfurruñada en completo silencio mientras masticaba las viandas a mandíbula batiente.

Ann, lejos de comprender que el enojo de Tatiana provenía de su manifiesta indiferencia ante la idea de que ella pudiera contraer matrimonio con Édricken y no con él, prefirió no continuar tentando a la suerte y permanecer con la boca cerrada ––cosa a la que estaba perfectamente habituado––, pese a que aun habiendo creído a la muchacha, todavía no comprendía por qué lo había seguido. Ahora ya no tenía ninguna duda de que su imaginación no le jugó ninguna mala pasada en aquellas ocasiones en las que, durante el camino, le pareció ver que alguien lo observaba oculto en la espesura. Así que se cortó otro pedazo de queso, y se quedó rumiando en silencio sin llegar a ninguna conclusión acerca de cuáles podían ser las motivaciones de la muchacha para haberlo seguido.

El sol hacía rato que se había puesto, y ya estaba oscureciendo.

––¿Y tú por qué estas huyendo de Cárradan? ¿Por qué estás huyendo verdad?––. Lo increpó Tatiana en cuando terminó su ración de comida.

La muchacha volvió a aproximársele, tomando asiento a su lado como si nunca se hubiese enojado con él.

––Ese no es asunto de tu incumbencia–– Ann no tenía ninguna intención de hablar con ella acerca de los extraños recuerdos de su “otro yo”––¿Por qué me has estado siguiendo?––. Quiso saber.

––O sea que sí que estás huyendo–– afirmó Tatiana sonriendo para sus adentros, ya que eso significaba que no tendría por qué volver a Cárradan––. Cuando tú me digas porqué estás huyendo, yo te diré por qué te he seguido––. Añadió para ganar algo de tiempo en el que pensarse qué decirle sin por ello arriesgarse a dejarle entrever sus sentimientos. Pero cuando comprobó que no respondía, optó por preguntarle hacia donde pensaba dirigirse.

––A Aguas Rojas–– consintió en responderle.

––Muy bien, iremos juntos hasta Aguas Rojas ––Tatiana también sabía de la existencia de una ciudad próxima al bosque que tenía ese nombre––, pero una vez allí, cada uno se irá por su lado––. Ella no tenía ninguna intención de separarse de él. Pero buscando pruebas de su amor, quiso comprobar cómo reaccionaba ante la perspectiva de tener que distanciarse de ella.

––Como quieras ––respondió Ann con indiferencia mientras se recostaba en el suelo haciéndose un novillo, sin apercibirse de que Tatiana tuvo que contenerse para no volver a golpearlo.

Ambos muchachos estaban exhaustos y no tardaron en quedarse dormidos, pese a que no estaban acostumbrados a hacerlo a ras de suelo ni a la incomodidad que esto extrañaba.

Durante las noches otoñales, las temperaturas bajaban ostensiblemente en El Bosque de Limos. Por ese motivo, cuando el crujido seco de una rama al quebrarse despertó a Ann durante la noche y se encontró con el cálido cuerpo semidesnudo de Tatiana abrazado al suyo, pensó que la muchacha se habría abrazado a él para buscar el calor de su cuerpo, intentando resguardarse del frio.

Aguzó el oído pero no escuchó ningún otro ruido que le hiciese temer que algo o alguien rondase por las proximidades. Por lo que prefirió no incorporarse para no despertar a la muchacha. Ella tenía el rostro pegado al de él y pudo sentir como su aliento le acariciaba suavemente la oreja. Entonces sintió cómo justo por debajo de la pierna que Tatiana tenía enroscada por encima de su cuerpo, a la altura de su pelvis, su miembro cobraba vida y buscaba abrirse espacio en el interior de sus calzones.

Nunca antes estuvo tan próximo al cuerpo de una mujer que no fuese el de su madre, ni de experimentar el deseo de la carne de la forma en la que ahora lo hacía. Sintió el impulso estrecharla entre sus brazos con todas sus fuerzas y besarla. Pero la sola idea le inspiro a un mismo tiempo un miedo y un sentimiento de culpa que lo dejaron petrificado como una estatua. Lo único que se atrevió a hacer fue quedársela mirando de reojo. Hasta que, pasados apenas unos segundos, se escuchó un nuevo pero mucho más próximo crujido, y ella abrió sus ojos con la suficiente rapidez como para descubrirlo observándola infraganti, de no ser porque alguna otra cosa capturó su total atención. Lo único que Ann tuvo tiempo de ver antes de encajar el brutal golpe en la cabeza que lo envió directo al oscuro océano de la inconsciencia, fue cómo los ojos de Tatiana se abrían como platos mientras su rostro se transfiguraba en la viva imagen del terror.

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