El sueño de Nazae IX. Meliana II

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ensoñar

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––¡Mujer! ––Vociferó Geodén desde el comedor––. ¡Se me va a hacer tarde!

“¿No querías que te hiciera empanadas de ciervo con setas? ––. Pensó Meliana desde la cocina––. Si tanta prisa tenías, haberte comido el guiso al plato. Preparar la masa de las empanadas y hornearla requiere de tiempo. Bien que lo sabes.”

––¡Enseguida! ––respondió ella en cambio mientras cogía un trapo para abrir la portezuela metálica del horno sin quemarse y echarle un ojo a las empanadas. Conocía perfectamente a su esposo y sabía que no atendería a razones. Para él la culpa de todo, era siempre de los demás. Principalmente de Ann.

Al acordarse de su hijo, se asomó por la ventana, y lo observó durante un instante. Estaba jugando con un grupo de muchachos de la aldea. No se sorprendió al no reconocer los rostros de los compañeros de juego de Ann. Pero sí pensó en lo extraño que resultaba que, desde que Zalasar lo había traído de vuelta, hubiese comenzado a sociabilizar con otros niños. Antes nunca lo hacía. Ni siquiera ella comprendía que pasaba por la cabeza del menor de sus hijos. Era algo con lo que ya estaba acostumbrada a vivir, pero…

––Meli ––. La llamó alguien a sus espaldas. No reconoció la voz. Pero al volverse sí reconoció a su dueño.

––¡Zala! ––exclamó con un grito contenido––. ¿Pero qué haces aquí? ¿Cómo has entrado sin que Geoden te vea? ¿Pero… qué has hecho? Tienes que marcharte antes de que se dé cuenta ––lo apremió––. Rápido, sal por aquí––. Se aproximó nuevamente a la ventana desde la que acababa de ver a su hijo y comenzó a abrir los postigos.

Zalasar se la quedó mirando, tranquilo, sin moverse del sitio.

––Meli ––le dijo––. Recuerda: Geodén está muerto y enterrado. Tú misma acudiste a mi caverna para decírmelo. Estamos en uno de tus sueños.

Ahora sí reconocía la voz del hombre al que amaba.

––¿Qué? ¿Un sueño? ––Entonces recordó que a veces Zalasar la visitaba en sueños––. “Pero esto no es un sueño; es real ––se dijo para sus adentros todavía presa de la conmoción––. Si Geodén encontraba allí al ermitaño correría la sangre–– No seas estúpido, tienes que salir de aquí antes de…

––¿Con quién estás hablando? ––Gritó de nuevo Geodén desde el salón.

Meliana se sintió invadida por una ola de terror. Sin embargo Baltasar continuaba observándola como si nada: ––Mírate las manos ––le dijo él aderezando sus palabras con una cálida sonrisa.

Entonces se dio cuenta de lo que realmente sucedía. Se miró las manos para salir de dudas, y comprobó que, efectivamente, aquellas no eran las manos de su cuerpo físico. En el plano de los sueños nada se veía igual que en el mundo cotidiano; y era mucho más fácil apercibirse de ello si se observaba algún elemento onírico de cerca. Esa era la razón por la que Baltasar siempre la instigaba a mirarse las manos; era el medio del que se servía para ayudarla a tomar consciencia de que estaba haciéndole una de sus visitas oníricas. Si bien el alivio que sintió al asimilar que el Geodén al que escuchaba solo era una proyección fantasmagórica de su recuerdo, no tardó en convertirse en un profundo dolor visceral. Que aquello fuera un sueño significaba que la imagen de Ann que había visto a través de la ventana de la cocina no era más real que el sonido de la voz de su difunto esposo. Cayó en la cuenta de dos detalles de su sueño que, de haberse hallado en estado de vigilia, le habrían resultado sumamente extraños. Uno era el de que ninguno de los rostros de los muchachos a los que vio jugando con su hijo le era conocido. El otro era el de que su hijo jugara con ellos. Durante el sueño interpretó que aquel cambio en la actitud de su hijo se debía a algún tipo de influencia ejercida por Zalasar. Ahora comprendía que aquello tan solo había sido el resultado de los clásicos ajustes que los residuos de la mente cotidiana que acostumbran a permanecer activos durante los sueños, le instigaban a realizar cuando el hilo de sus vivencias oníricas se alejaba en exceso de la coherencia propia de aquello que conocía como real.

––De acuerdo ––Meliana volvió la mirada hacia Zalasar––. Estamos en un sueño.

––Bien ––le respondió el ermitaño––. Ahora recuerda que no debes mirar nada más que a breves vistazos; o el sueño cambiará por completo y podrías despertarte. Ve focalizando tu atención hacia diferentes elementos mientras escuchas lo que tengo que decirte.

Baltasar ya le ayudó a comprobar esa característica del plano al que él denominaba como de los ensueños, al cual uno accedía cuando se daba cuenta de que estaba soñando sin llegar a despertarse. Si el ensoñador se quedaba mirando fijamente a cualquier elemento onírico durante el equivalente a varios segundos en la realidad cotidiana, se creaba una especie de vértice oscuro giratorio que transformaba el escenario del ensueño en otro completamente diferente. Entonces era fácil que el ensoñador no ejerciese el suficiente autocontrol, y bien olvidara estar ensoñando y su consciencia volvería a perderse en un nuevo sueño normal y corriente, o despertara en el lugar en que se hubiese quedado dormido.

––Todavía no hemos dado alcance a tu hijo ––comenzó a decirle Zalasar––. Llegamos al Camino Grande siguiendo su rastro y creemos que llegará a la ciudad de Aguas Rojas antes que nosotros. Una vez allí no creo que nos resulte fácil encontrarlo. Se trata de una gran ciudad habitada por millares de personas. Debes de ser paciente.

Meliana sabía que tenía que permanecer lo más tranquila que pudiera o perdería el escaso control que poseía como ensoñadora y despertaría. Pero eso no impidió que un torrente de emociones y preguntas colapsaran su mente.

––Zala…  ––es lo único que consiguió decir antes de apercibirse de que estaba a punto de despertarse.

Zalasar, que pareció darse cuente de lo que estaba sucediendo, se apresuró a añadir algo más. Pero ella solo fue capaz de distinguir con relativa nitidez las palabras “Meli” y “visitarte”.

Cuando Meliana abrió los ojos estaba de regreso en su cuerpo físico, tumbada en el lecho que compartió con Geodén durante las casi dos décadas que había durado su matrimonio. Advirtió que estaba empapada de sudor y se maldijo por no haber sido capaz de mantenerse lo suficientemente ecuánime para controlar durante más tiempo el ensueño al que Zalasar la había inducido. Se volvió hacia la ventana de la habitación y comprobó que la noche todavía estaba cerrada; la oscuridad era total.

Estaba demasiado despierta para volver a conciliar el sueño. Las emociones que acababa de vivir la habían desvelado por completo. Tenía hambre y decidió salir de la cama para ir en busca de una de las empanadas de ciervo con setas que sí había preparado durante la pasada jornada. Prendió una de las velas de su mesita de noche y usó una manta para cubrir la desnudez de su cuerpo. Al salir de su habitación advirtió que la chimenea de la casa estaba prendida. Encontró a su primogénito sentado en el suelo frente al fuego, abrazado a sus rodillas y absorto en sus pensamientos.

Édricken se había mostrado muy crecido tras la muerte de su padre. Todo apuntaba a que se convertiría en el nuevo patriarca de Cárradan, y se comportó como tal dirigiendo a los hombres que lo acompañaron en busca de los asesinos de su progenitor.

La búsqueda de Édricken concluyó el día que un grupo de Escudos, encabezados por su líder, Gabriel, trajeron a la aldea los cadáveres de los asesinos. Por suerte él no se hallaba presente, regresaría la noche de aquel día para descubrir que la posibilidad de vengar a su padre le había sido arrebatada. Nadie sabe cómo hubiera reaccionado de haberse hallado en la aldea durante la visita de Los Escudos; más aun teniendo en cuenta cómo quedaron las cosas con ellos cuando trajeron el cuerpo de Geodén. Édricken se parecía demasiado a su padre. Era igual de impulsivo y visceral. Se le había metido en la cabeza que tenía que ser él quién vengara su muerte. Meliana sabía por qué, aunque él no se lo hubiera dicho. No se trataba solo de una cuestión de que un hijo vengara a su padre; esa era su manera de demostrar que era su digno predecesor como patriarca de Cárradan. Según él Los escudos se lo habían impedido.

Meliana rompió una lanza en favor de los amigos de Zalasar:  ––De no ser por Los Escudos los asesinos de tu padre podrían haber escapado con vida ––le dijo no solo para tratar de aplacar su ira hacia ellos, sino porque era la verdad.

Pero en aquel momento Édricken no estaba para escuchar a nadie; no veía más allá de sus anhelos de demostrar su valía. Ni siquiera advirtió la ausencia de su hermano hasta que ella le contó lo sucedido.

––No te preocupes, no tardará en volver con el rabo entre las piernas. Es un cobarde que no sabe valerse por sí mismo ––respondió Édricken con una fría indiferencia que dejaba patente el desdén que a lo largo de los últimos años había desarrollado hacia su hermano menor y cuya causa continuaba siendo un completo misterio para ella.

La actitud  de Édricken cambió dos días atrás, cuando supo que nadie había visto a la niña Tatiana tras el entierro de Geodén. El hombre en el que se estaba convirtiendo volvió a convertirse en el niño que estaba dejando de ser; y su ira se transformó en melancolía. Meliana sabía que Édricken tenía la intención de anunciar que la desposaría en cuanto alcanzase la mayoría de edad; algo que estaba muy cerca de suceder. Desde entonces se había encerrado en casa y apenas hablaba cuando salía de su habitación.

––Edri…  ––Meliana apenas alzó la voz para no sobresaltar a su hijo, ya que éste no daba muestras de haberse apercibido de su presencia. Dejó la vela que traía consigo sobre la mesa del comedor y tomó asiento junto a él al abrazo del calor del fuego.

Édricken no se apresuró en volver su rostro hacia el de ella. Cuando lo hizo se la quedó mirando durante unos segundos. Su mirada estaba apagada. Luego volvió la vista a las llamas sin decir una sola palabra.

––Ya sabes cómo es. Volverá cuando menos te lo esperes ––Meliana no comprendía cómo a su hijo podía estar afectando tanto la desaparición de Tatiana. En la aldea era sobradamente conocido su afán por vivir aventuras imaginarias en el bosque. Aquella no era la primera vez que desaparecía sin decir nada a nadie. Tan solo unos meses atrás salió a cazar y no regresó hasta pasados nueve días, cuando uno de los grupos de hombres que salieron en su búsqueda la encontraron asándose unos muslos de liebre junto a un vivac que ella misma se había construido.

––Esta vez no.

––¿De qué estás hablando?

––De que esta vez no piensa volver.

––¿Y por qué no habría de hacerlo?

––Mamá, déjalo estar.

––¿Qué ha pasado? ¿Habéis discutido?

––No, no es eso. Solo que… Olvídalo, es algo que no entenderías.

––Quizá lo haga si me lo explicas.

––Simplemente que no piensa volver. Que…

––¿Qué?

––Que ha huido con Ann.

Lo inesperado de aquella respuesta descolocó por completo a Meliana. ¿Era aquello posible? Pero tras pensarlo detenidamente volvió a hablar negando con la cabeza: ––Eso no tiene ningún sentido. Tu hermano no se relacionaba con nadie de la aldea. Tampoco con Tatiana. Y su madre dijo haberla visto por última vez en el entierro de tu padre. Yo misma recuerdo haberla visto llegar. Tu hermano se marchó cuando todos estábamos allí. Si ella pensaba marcharse con Ann… ¿Por qué acudió al entierro?

––No lo sé. Eso es lo único que no entiendo.

A Meliana le quedó claro que su hijo no estaba diciéndole todo lo que sabía.

––¿Y qué es lo que sí entiendes?

Édricken no respondió.

––¡Édricken!  ¡Basta de secretos! ––Meliana reprendió a su hijo con contundencia––. Esto no trata solo de Tatiana. Ann es mi hijo… ¡Y tu hermano! Al que en otro tiempo amabas y protegías contra viento y marea.

Meliana guardo silencio a la espera de que Édricken tomara la palabra. Pero como su hijo no se decidía a hablar, optó por confrontarlo dirigiéndose a él muy seriamente.

––Quiero que me digas todo lo que sabes. ¡Ahora!

––Tatiana nunca quiso contraer matrimonio conmigo–– dijo Édricken en un tono de voz apenas audible.

––¿Qué? ––Meliana no estaba segura de haber entendido bien.

––¡Que ella no me quería!

Aquello no era lo que su hijo le contó el día que mantuvo una conversación con él para explicarle la importancia de no escoger a Tatiana como esposa si sus sentimientos no eran recíprocos hacia él. Lo último que quería era que Édricken no cometiera el mismo error que su padre cometió con ella. Según él le dijo aquel día, Tatiana estaba deseosa de unirse a él en matrimonio porque lo amaba tanto como él la amaba ella.

––Ella… ––Édricken no podía ocultar la lucha que libraba en su interior y refrenaba sus palabras.

––Ella qué ––Meliana lo espoleó impaciente.

––Ella no me quiere ––Édricken hablaba cabizbajo, mirando hacia sus rodillas, que todavía tenía abrazadas contra su pecho––. Nunca me quiso. Te mentí.

Meliana supo lo difícil que a su hijo tenía que haberle costado dar voz a aquellas últimas palabras. Édricken media casi dos metros de altura y había heredado la formidable constitución de su padre. Sin embargo ahora lo veía pequeño y encogido como nunca antes lo había visto. Resultaba evidente que reconocer que no era correspondido por la mujer a la que amaba estaba suponiendo un duro golpe para su orgullo. Sintió el dolor de su primogénito casi como si se tratase del suyo propio y lo envolvió entre sus brazos. Él también se abrazo a ella y pudo sentir cómo el enorme cuerpo de su hijo se estremeció al dar rienda suelta al llanto que había estado conteniendo.

––Todo va a estar bien Edri ––le dijo aun abrazada a él––. Pero vas a tener que rehacerte. Dentro de una semana tendrá lugar el ceremonial de sucesión y no puedes continuar encerrado en casa lamentándote de lo sucedido. Ahora más que nunca tienes que dejarte ver, y si no puedes enmascarar esta debilidad y dejas de mostrarte fuerte y seguro de ti mismo como siempre has hecho, quizá algún otro guerrero de la aldea llegue a pensar estar más capacitado que tú para convertirse en el nuevo patriarca.

Meliana no deseaba que Édricken ocupase el puesto de patriarca de Cárradan que el asesinato de su padre dejaba vacante. Para ella no suponía ningún honor, y sí muchas complicaciones. Anteriormente no buscó la ocasión para hablar con él a ese respecto porque nunca pronosticó  unas circunstancias que lo abocaran a ocupar el puesto que ostentaba su padre a tan temprana edad; sin embargo ahora no se sentía capaz de negarle su apoyo al respecto. Aquello era lo único que a su primogénito le quedaba para restablecer su maltrecho orgullo.

––Ahora comeremos algo y luego te irás a la cama a descansar ––Meliana continuó diciendo a su hijo desligándose de su abrazo para mirarlo directamente a los ojos mientras terminaba de decirle lo que tenía en mente––. Pero antes de irte a dormir me vas a contar todo lo que sabes al respecto de Ann y Tatiana.

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