El sueño de Nazae I. Meliana.

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novela de fantasía

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Ésta era la segunda ocasión en la que Meliana se veía urgida a recorrer en plena noche el laberinto de sendas que comunicaba su aldea con la gruta donde vivía Zalasar, ubicada en una de las zonas más frondosas e inaccesibles del bosque. Tenía las piernas y manos llenas de arañazos y magulladuras. Las ramas de los árboles y arbustos no mostraban piedad a quien se apresuraba por esquivarlas bajo un manto de oscuridad. Los aglomerados de pinchas de las aliagas, la hoja punzante y filosa de la coscoja, y las traicioneras ramas repletas de espinas de los zarzales hacían el resto.

Podría ser mucho peor si la luna no hubiese salido o no estuviese casi llena” ––se dijo mientras agradecía entrar en una zona poblada de enebros; cuyo follaje, pese a su espinosa apariencia,  resultaba incluso agradable al tacto.

Cuatro años atrás, dificultades en el parto de una de vecina de su aldea, la empujaron a emprender este mismo camino a horas todavía más intempestivas que las de hoy. Suspiraba porque esta nueva incursión nocturna le diese tan buenos resultados como la anterior. No las tenía todas consigo. Temía que hoy día las impredecibles habilidades de su benefactor no le sirvieran de ayuda. Pero no sabía qué otra cosa podía hacer, o a qué otra persona acudir.

No podían haber pasado más de cinco o seis horas desde que tuvo lugar la incineración pública del cuerpo de Geodén, su esposo y padre de sus dos hijos. Según dictaba la tradición de su pueblo, era mediante un ceremonial de estas características cómo debía despedirse el alma de sus grandes patriarcas. Más aún cuando, el caso que se había dado en esta ocasión, era el de la muerte del más respetado o, según que lenguas, temido de los patriarcas del pueblo bárbaro de los Tuteik, que diseminados en diferentes emplazamientos, conformaban la comunidad más antigua y numerosa del bosque de Limos. Muy de lejos le seguía la del medio millar de Montañeros que en los últimos años descendieron desde las Montañas Rojas para extraer mineral de un yacimiento de cobre que se encontraba en el interior de El Baluarte De Los Ojos Del Águila, una estrecha pero muy elevada colina con forma de torre situada en el mismo núcleo del bosque.

Cuando Meliana pasó junto a la que para ella era la inconfundible silueta de la encina a cuyos pies estuvo a punto de perder la vida, envenenada tras ser mordida por una víbora el día que Zalasar se cruzó providencialmente en su camino por vez primera, supo no haberse extraviado.

“Tienes que estar en casa, Zalasar. Tienes que estar en casa” ––rogaba para sus adentros como una letanía, entre ahogados jadeos, mientras avanzaba a través de la maleza que las primeras lluvias otoñales habían hecho crecer hasta la altura de sus caderas. Sabía que algunas noches el ermitaño salía a buscar hierbas que, según decía, con el fin de mantener intactas sus propiedades curativas, sólo debían cortarse a la fría y tenue luz de la luna, estrellas y demás cuerpos celestes.

Cuando por fin se topó con la boca de entrada al túnel que conducía al interior de la caverna que casi dos décadas atrás, a su llegada al bosque, Zalasar había convertido en su austera morada, comprobó aliviada que la chimenea estaba prendida. Su anaranjada luz refulgía entre la danza de sombras que la misma proyectaba, más allá del marco de piedra natural que un poco más adelante desembocaba en el interior de la estancia que el ermitaño usaba de dormitorio, estudio, e incluso, en caso de ser preciso, de cuarto de acogida para enfermos y necesitados. Ella misma tuvo la suerte de ser uno de los primeros habitantes del bosque en disfrutar de su reconstituyente hospitalidad.

Meliana recorrió los últimos metros que todavía la separaban de la estancia para, a su llegada a la misma, encontrarse con que Zalasar no estaba allí. La luces y sombras que los nerviosos movimientos del fuego propagaban a su alrededor, únicamente bañaban objetos inanimados: una pila de leños que reposaba junto a la chimenea; el jergón relleno de esparto y hierbajos secos que su colector usaba como lugar de descanso y meditación; y el escritorio donde ahora, junto a una pluma, un tintero y unas cuantas velas apagadas, se encontraba caóticamente apilada una montaña de manoseados pergaminos. El ermitaño dejaba constancia escrita de todos sus descubrimientos e impresiones concernientes a las propiedades medicinales del mundo vegetal.

El crepitar de los leños que ardían en la chimenea, era el único sonido que llegaba a sus oídos aparte del que producía su respiración, todavía acelerada después de su apresurada caminata.

––¡Maldito seas Zalasar! ––Exclamó presa del abatimiento que ya arrastraba consigo y que la ausencia del eremita enfatizaba––. ¿Dónde diablos estás?

––¡Ejem… ¡ ––Para el que fue su sobresalto, escuchó que alguien se aclaraba la garganta justo detrás de ella, a escasa distancia de su espalda ––… Supongo que ni viviendo en la zona menos transitada del bosque… ––el tono amistoso de aquella voz grave y potente la llenó de un inmenso regocijo ––… a media docena de kilómetros del emplazamiento habitado más cercano, puede uno salir a dar un paseo en plena noche sin que a su regreso a casa se encuentre invitados inesperados maldiciendo su buen nombre.

Para cuando Zalasar terminó de hablar, Meliana ya se había vuelto sobre sí misma para abrazarse con todas sus fuerzas a su robusto torso, dejando caer la cabeza sobre su pecho. Ella era bastante más alta que la mayoría de las mujeres, pero el ermitaño le sacaba una cabeza de altura.

––Zalasar … ––exclamó en un suspiró antes de añadir––: loados sean los Dioses.

––¿Qué ha sucedido? ––Le increpó el ermitaño mientras la arropaba entre sus brazos.

––Es Ann… ––añadió ella sin despegar su rostro bañado en lágrimas y sudor de la túnica del ermitaño––… Se ha marchado.

 

Poco después, el ya entrado en la cincuentena pero todavía bien plantado y corpulento Zalasar, leía a la luz de las velas de su escritorio la carta de despedida que Ann había dejado a su madre. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia el pergamino. Algunos bucles de su cabello gris caían sobre la parte superior de su rostro, del que sobresalía una generosa nariz con forma de gancho. Una espesa y desaliñada barba negra teñida con filones de plata y nieve cubría la parte inferior de su semblante. Bajo la pelambre se intuían unas mandíbulas recias y anchas.

Meliana esperaba impaciente pero en completo silencio a que Zalasar terminase de leer las palabras escritas por su hijo. Ella no tenía el cabello menos descolorido que el ermitaño, pese a que éste contaba con una década de vida más en su haber. Aquel color grisáceo de su larga cabellera lacia era prácticamente el único de sus rasgos físicos que delataba su edad.  Pues era de constitución delgada y tenía uno de esos rostros de rasgos suaves en los que la edad parece no ser capaz de hacer mella. De sus ojos castaños, que ahora tenía abiertos de par en par para distinguir en la penumbra qué hacía su acompañante, manaba un destello que delataba la creciente preocupación que sentía por el menor y más débil de sus hijos. Permanecía junto a la chimenea sentada sobre un sencillo taburete tallado en madera de roble, buscando que el calor del fuego la arropase del frío que poco a poco se apoderaba de su cuerpo, a medida que también se enfriaba el sudor adherido a su túnica de piel de ciervo. Al sentarse, la túnica se le había subido hasta las rodillas. Unas botas de piel de ciervo le cubrían los pies y piernas hasta la altura de los gemelos. Y de sus hombros colgaba un manto de pieles de ardilla que le caía por la espalda, y con el que ahora se arrebujaba entrelazando los brazos frente a su pecho.

Zalasar, mucho más alejado de la chimenea y arropado únicamente con una vieja túnica de piel de armiño y calzando unas desgastadas sandalias que dejaban desnuda la mayor parte de sus pies, permanecía indiferente a las bajas temperaturas. Meliana nunca le había visto pasar frío.

––¿Acaso no ves lo que tu cuerpo hace cuando te encolerizas?––. La interrogó el ermitaño la primera de las ocasiones en la que ella le inquirió a este respecto. ––¿No ves cómo en esos momentos entras en calor sin necesitar de ninguna clase de ayuda externa?

“Recuerdo una ocasión, cuando todavía era un niño y fui ridiculizado por otro niño algo mayor que yo frente a la muchacha de la que en aquel entonces me hallaba perdidamente enamorado, que sentí tanta ira que las orejas comenzaron a arderme hasta el punto de casi llegar a creerme capaz de escupir fuego a través de sus orificios.

“Pues eso es precisamente lo que hay que hacer para protegerse del frío ––continuó al hacerle ella una mueca de relativa comprensión––: enfadarse sin enfadarse.

“Sólo hay que observar qué es lo que hace tu cuerpo para entrar en calor cuando la ira se apodera de ti y, luego, repetir esa misma operación cuando así lo requieran las circunstancias. Eso sí, dejando a un lado la ira para cuando realmente sea necesaria; si es que alguna vez es realmente necesaria.

Meliana nunca había intentado llevar a cabo aquel ejercicio. Pero si había algo que ella supiera a ciencia cierta acerca de Zalasar, era que éste jamás desperdiciaba su tiempo. De lo que podía deducirse que todas sus acciones y palabras estaban imbuidas de sentido, fuese o no ella capaz de encontrárselo. Por eso se tomaba muy en serio todas las cosas que le decía, independientemente del tono en el que lo hiciera.

––El tiempo no es nada más que el aquí y el ahora–– le había repetido él en incontables ocasiones––. En esta vida no tenemos nada más que eso: el momento presente. Tienes que tratar de no dejarlo marchar nunca nada más porque sí. Si lo desperdicias ––era entonces cuando solía alzar en alto su dedo admonitor––, no tardará en llegar el día en que invertirás tu futuro momento presente en arrepentirte y maldecir el tiempo perdido. Pero a ese respecto, ya no habrá vuelta atrás. Ponerse a pensar en lo que pudo haber sido únicamente servirá para incrementar el derroche.

 

En tanto que Meliana se dejaba llevar por sus recuerdos, Zalasar continuaba absorto en el estudio de la carta de Ann.

Madre, sé que mi marcha te causará un gran pesar. Pero ahora que padre ya no está entre nosotros es mi gran oportunidad. Hay cosas que me atormentan de las que nunca te he hablado. Fantasmas que me persiguen en la forma de recuerdos que no puedo explicar. Apremiantes sensaciones internas que me empujan a partir en busca de respuestas. Sé que de no hallarlas, nunca encontraré la paz.                                                                      

                                                                                              Annioen 

––Bien… ––Zalasar rompió el silencio después de observar la carta de Ann durante tiempo suficiente como para leérsela una decena de veces––. ¿Y no tienes ni idea de hacia dónde se dirige?

––Esperaba que tú pudieras decírmelo ––Respondió Meliana con contundencia mientras se lo quedó mirando directamente a los ojos azules, que resplandecían a la luz del fuego bajo unas cejas argentadas pobladas de un cabello tan indómito y desaliñado como el de su barba.  Una vieja cicatriz le bajaba, atravesándole el párpado, desde poco más arriba de la zona medular de la ceja derecha hasta la parte inferior del pómulo. Milagrosamente, la herida que se la causó, no le produjo daño alguno en el ojo.

El ermitaño dejó escapar un prolongado suspiro mientras negaba con la cabeza: ––Como siempre, Meli, sobrevaloras mis posibilidades. No tengo forma de saber hacia dónde se dirige tu hijo. Más aun teniendo en cuenta que la última y única vez que hablé con él tenía tan solo… ––dudó un instante antes de preguntar–– ¿Cuántos años tenía?

––Tenía cinco años recién cumplidos ––Meliana se acordaba perfectamente del día que en el que Ann y Zalasar se conocieron.

––¿Y cuántos tiene ahora?

––Ya sabes cuantos tiene. Cumplió los quince el pasado otoño, en Infinito––. Meliana no estaba realmente segura de que Zalasar recordase la edad de su hijo. De lo que sí estaba segura, era que recordaba que nació el onceavo mes año, bajo la constelación de Infinito. El ermitaño era la única persona que conocía capaz de no recordar cómo se llamaba una persona y, en cambio, recordar perfectamente en que mes o bajo que constelación había nacido. Afirmaba que se podía saber mucho más de alguien conociendo su fecha de nacimiento, que su nombre. De ella decía que no era raro que fuese tan impulsiva y dada a esos ataques de cólera que se esfumaban tan rápido como llegaban, porque nació en Niño-guerrero, el mes que traía consigo el comienzo de la primavera y del nuevo año.

Zalasar se incorporó del escritorio y se aproximó a la chimenea. Arrojo al fuego algo que Meliana le vio sacar de una de las bolsitas que colgaban de su cinto. Parecía tratarse de un par de piedras o trozos de madera del tamaño de un huevo de codorniz. Apenas entraron en contacto con las llamas, tiñeron el humo que de éstas se desprendía de un extraño color verduzco fosforescente.

––¿Qué es eso? ––Quiso saber.

––Meli ––Zalasar continuó con lo tenía en mente ignorando la pregunta––, hace diez años que no he hablado con tu hijo. Muy a pesar mío, debo añadir.

A Meliana no le quedó claro a qué venía eso de “muy a pesar mío”.

––Y, te recuerdo, que hace ya mucho desde que optó por apenas intercambiar palabra alguna con nadie. Incluido contigo. Éstas son ––dijo mientras alzaba al aire la carta de Ann–– las únicas palabras cargadas de sentimiento, y dicho sea de paso, probablemente de sentido profundo, que han salido de su boca, o mejor dicho ––se corrigió a sí mismo–– de su mano, en los últimos años. ¿Cómo quieres que sepa hacia donde se dirige?

Meliana no tenía respuesta para esa pregunta. Pero pensó que, si Zalasar no le hubiese enseñado a leer y escribir, Ann tampoco habría aprendido a hacerlo. Ella y el menor de sus hijos eran los únicos Tuteik que eran capaces de leer y escribir la lengua común. “En caso contrario… ¿Habría sido capaz de marcharse sin ni tan siquiera dejarme una carta de despedida?” ––se preguntó imaginando el grado de desesperación que en tal caso hubiese sentido.

––En fin ––negó el ermitaño con la cabeza––. A veces parece como si también tú pensases que puedo convertir a los hombres en cerdos solo con chasquear los dedos ––alzó su mano derecha en el aire e hizo un chasquido deslizando el dedo pulgar sobre el corazón––. Vale que tus convecinos crean los chismes que ellos mismos inventan. Pero que lo hagas tú…

––Sí, vale, ya lo sé. Estoy harta de escuchar siempre la misma cantinela. Pero te he visto hacer cosas que nunca vi hacer a nadie más. Cosas increíbles. Y muchas veces sabes lo que está por ocurrir… Y sí ––se adelantó a la que sabía sería la respuesta del eremita––, también lo sé. Me lo has repetido cientos de veces. No haces nada ––dijo deletreando cada sílaba con un exagerado énfasis, como haría un profesor de escuela con sus alumnos–– que no podría hacer cualquier otro ser consciente de sí mismo con la preparación adecuada. Yo incluida.

––Si a veces soy capaz de intuir o deducir, que no de adivinar ––ahora fue el ermitaño el que puso un especial énfasis en las palabras “que no de adivinar”–– alguna que otra cosa, es solamente porque se escuchar a mi intuición y porque conozco la naturaleza humana y sus líneas de destino mejor que otras personas. Pero, ahora mismo, nada de eso me sirve para hacerme una idea de dónde está tu hijo o hacia donde se dirige ––abrió sus manos en un gesto de impotencia––. No siempre puede uno elegir qué cosas intuir. Es más complicado de lo que imaginas.

––¿Sabes qué? ––Lo interrumpió Meliana visiblemente frustrada––. Ahora mismo todas esas cosas me importan un pimiento. No tengo ningún interés en convertirme en una bruja. Estoy buscando soluciones. Mi hijo se encuentra en paradero desconocido en algún lugar de este bosque, donde hace tan sólo dos días atrás, vayan los dioses a saber qué clase de criatura o criaturas malignas asesinaron a su padre, el más poderoso de los guerreros Tuteik. Criaturas que todavía pudieran hallarse dentro de los límites del bosque, ávidas de más sangre que derramar.

––Por los asesinos de Geodén ya no habrás de preocuparte ––la interrumpió el ermitaño evidenciando poseer cierta información que preferiría no tener que revelar.

––¿Qué sabes tú de eso?

––Lo suficiente ––fue la lacónica respuesta del ermitaño.

––¡Zalasar! ––Gritó la mujer mientras se incorporaba de su asiento como una exhalación. ––¡Es mi hijo el que está ahí fuera! ––Del impulso que se dio para levantarse, el manto de pieles de ardilla cayó detrás de ella, muy cerca de las llamas de la chimenea.

––De acuerdo ––accedió Zalasar poniéndole las manos sobres los hombros para tranquilizarla––. Anda, recoge eso antes de que te se chamusque––. Dijo señalándole el manto de pieles.

Meliana se agachó a recogerlo. El arranque de cólera le había quitado el frío. Pero como no supo donde dejarlo, volvió a colgárselo de los hombros.

––El ataque fue llevado a cabo por un grupo formado por seis hombres.

––¿Bandidos?

Zalasar negó con la cabeza:

––Probablemente no eran bandidos vulgares, sino mercenarios contratados por alguno de los patriarcas Tuteik enemistados con tu esposo.

––¿Cuál de ellos?

––De momento no sé nada más a ese respecto. Y como ni siquiera estamos completamente seguros de la implicación de alguno de ellos, debo pedirte, Meliana, que no hables con nadie acerca de este asunto.

––¿Qué fue de los mercenarios?

Un tenso silencio fue lo único que en esta última ocasión obtuvo como respuesta.

––Está bien ––accedió Meliana comprendiendo la razón por la que su interlocutor guardaba silencio––. Mantendré la boca cerrada. Tampoco me resultará difícil. Ya sabes cómo estaban las cosas con Geo. A mi modo aún le tenía cierto cariño, y no voy a negar que me complazca saber que los responsables de su muerte lo hayan pagado con sus vidas; pero de ninguna manera voy a dar pie al inicio de una guerra civil entre los Tuteik buscando venganza.

––Bien ––asintió Zalasar––. Como podrás valorar, se trata de un asunto muy delicado. Y debe de ser conducido con la máxima discreción  ––hizo una nueva pausa para asegurarse de que Meliana asimilaba lo que decía––. Dos mercenarios no sobrevivieron a la furia de Gedeón. Los restantes se ocuparon de hacer desaparecer los cadáveres de sus compañeros. Pero también ellos terminaron cadáveres a manos de Los Escudos. Todo lo que sé… ––por un instante pareció resistirse a terminar la frase––… me lo han contado ellos.

––Supongo que cuando dices “ellos” ––lo tanteó Meliana rezumando sarcasmo––, te refieres a “él”.

––Meli, no empecemos.

––¿Cómo que no empecemos? ¡Pero si hasta podría haber sido él quien hubiese dado muerte a Geo! Sabes la po… poca con… ––de pronto le costaba articular las palabras––… confianza que me inspira ese… ese… ––quería continuar hablando, pero un frío y enigmático destello en la mirada de su interlocutor la desconcertaba hasta el punto de incluso llegar a olvidar lo que pretendía decir.

––¿Ese qué, Meli…? ––le ayudó a recordar el ermitaño congelando más si cabía su mirada y usando un tono no menos sarcástico que el que acababa de usar ella–– ¿… Ese demonio?

Para entonces Meliana había vuelto a tomar asiento, visiblemente afectada. Tenía la cabeza gacha y se había echado la mano derecha sobre el pecho, a la altura del plexo solar, como si hubiese sufrido allí algún tipo de daño.

––Su nombre es Demian y nunca le haría daño a nadie que no se lo mereciera ––Zalasar continuó reprendiéndola.

––Supongo que vino a verte después de mi regreso a Cárradan––. Meliana le había hecho otra visita tres días atrás para hacerle saber del asesinato de Geodén.

El ermitaño asintió. Luego se hizo un prolongado silencio.

––No me gusta que hagas eso Zala ––lo reprendió ella mucho más calmada sin levantar la mirada del suelo y con la mano todavía en el pecho.

––Y a mí no me gusta que hables así del muchacho. Ni siquiera lo conoces…

––¿Cómo puedes continuar llamándolo muchacho?

––Es lo que es… teniendo en cuenta su raza, claro está.

––Esa es otra… ––Meliana volvió a encenderse–– … ¡Su raza!

––¡Meli! ––la reprendió Zalasar.

––Está bien. Lo siento. Por difícil que se me haga, sé lo mucho que significa para ti. Supongo que no debí sugerir que podía haber sido él quien mató Geodén.

––¿Lo supones? ––Al ermitaño volvió a enfriársele la mirada.

––Está bien; no debí de hacerlo ––afirmó con rotundidad––. Lo siento.

––Estabas perdonada incluso antes de abrir esa bocaza que tienes ––el ermitaño aderezó ahora sus palabras con una cálida sonrisa––. También yo te debo una disculpa ––añadió recuperando la seriedad en su semblante.

––Bueno ––asintió ella devolviéndole la sonrisa con complicidad––, sospecho que no había otro modo de hacerme callar.

Después de firmar las paces, ambos permanecieron unos instantes observando el fuego en silencio.

Meliana no sabía qué era lo que Zalasar hacía para sumergirla en ese estado de desazón interior y conseguir que perdiera el hilo de sus palabras y hacerla callar. Él le había explicado que se limitaba a retirarle toda su atención y a capturar la suya para apoderarse de su energía y robarle la iniciativa. Pero, aun así, seguía sin comprender a qué se refería. Finalmente, presa de la inquietud que le provocaba la marcha de su hijo, formuló la pregunta que le rondaba por la cabeza hacia un buen rato: ––¿Y no puedes encontrarlo en sueños e intentar convencerlo para que regrese?

––No estoy lo suficientemente familiarizado con él. Además, él no sabe nada a ese respecto, no me tomaría en serio. Me vería como a un elemento más de sus sueños y no tendría cómo llevarlo a su consciencia ordinaria.

––Zala…  ––comenzó a decir ella.

––Meli ––la interrumpió él intuyendo lo que iba a decirle––, lo que estoy diciendo es que no tengo forma de saber dónde está tu hijo o hacia donde se dirige, no que no sepa cómo encontrarlo.

Al oír aquellas palabras, Meliana se incorporó nuevamente de su asiendo para echarse en brazos del ermitaño, apoyando la cabeza sobre su pecho en el que fue un inequívoco gesto del que no sólo se desprendía gratitud.

––De hecho ––continuó Zalasar––, podría decirse que ya he emprendido su búsqueda––. Y desvió su mirada hacia los jirones de humo verde fosforescente que ascendían por la boca de su chimenea.

––Prométeme que lo encontrarás–– le rogó.

––Eso no puedo prometértelo. De lo que sí puedes estar segura, es de que haré todo lo posible para conseguirlo.

––Tienes que encontrarlo rápido ––le respondió ella mirándolo directamente a los ojos––. Ahora que Geo no está…–– Meliana no se atrevió a terminar de vocalizar aquello que llevaba tantos años deseando poder decir. Pero tampoco hizo ninguna falta que terminara la frase para que Zalasar comprendiera qué era lo que quería dar a entender.

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