El sueño de Nazae III. Bugart.

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El jergón feliz era una posada situada en los arrabales de Aguas Rojas, muy próxima a la muralla este de la ciudad. El nombre del establecimiento le venía como anillo al dedo teniendo en cuenta la cantidad de prostitutas que rentaban sus habitaciones para ejercer en ellas su profesión satisfaciendo los libidinosos impulsos de sus clientes.

A Bugart, su propietario, no le importaba que su establecimiento se hubiese convertido en uno de los burdeles más frecuentados de la ciudad. El negocio de la prostitución demostraba ser mucho más lucrativo que el de servicio de comidas. La ingente cantidad de alcohol que los clientes de las fulanas consumían hasta elevadas horas de la madrugada tenía buena culpa de ello.

A media mañana una de las empleadas de aquella posada devenida en prostíbulo encontró el cadáver de uno de sus huéspedes al subirle el desayuno a la habitación. Al ver que no contestaba ni abría la puerta, se tomó la libertad de usar la llave maestra, pensando que, como era habitual, lo encontraría durmiendo la mona. En cambio se encontró con su cuerpo tendido en el suelo sobre un charco de sangre coagulada. Lo habían apuñalado en el corazón.

Para cuando la guardia hizo su aparición, El jergón feliz estaba todavía desierto. Continuaría así hasta primeras horas de la noche.  A partir de entonces irían llegando más y más clientes hasta convertir el antro en un auténtico hervidero de alcohol y lujuria.

El capitán de la guardia examinaba un pequeño alijo de hachís que el difunto escondía en el hueco interno del cajón de su mesita de noche. Mientras tanto, dos de sus hombres sacaban el cadáver de la habitación. Uno de ellos lo sostenía de los hombros y el otro de las piernas. El posadero observaba la escena en completo silencio, con los dedos de las manos entrecruzados apoyados sobre su enorme barriga.

––Y dices que ayer no viste entrar a nadie extraño…

Jan Nicolikis, veterano capitán de la guardia de Aguas Rojas, hablaba para sí mismo porque Bugart ya le había informado a ese respecto. Si bien este último aprovechó su comentario para decorar su inservible versión de los hechos:  ––No,  nadie fuera de lo normal: borrachos, tahúres, putas; la misma chusma de siempre. Pero, ya sabe ––se aclaró la garganta antes de continuar––, son muchos los que entran en la posada durante la noche. No los veo a todos; algunos ni siquiera se acercan a la barra; suben y bajan por las escaleras mientras estoy distraído atendiendo a los clientes. Quizá debería preguntar a las fulanas. Ellas son las que se pasan la noche escaleras arriba y abajo cogidas de la entrepierna de sus beneficiarios. Esas zorras son las que más se fijan en los hombres que entran, sobre todo si no las conocen o todavía no han catado sus carnes.

––¿Y supongo que no sabías a qué se dedicaba? ––El capitán lo miró directamente a los ojos con un claro deje de suspicacia en la mirada al tiempo que le mostraba un buen pedazo del hachís incautado.

––Por supuesto que no, mi señor; de haberlo sabido lo habría denunciado.

––Sí, seguro–– una sonrisa burlona se dibujó en los labios del capitán––. Todo el mundo sabe que el bueno de Barrigas es un ciudadano ejemplar.

Pese a no superar el metro sesenta de altura, Bugart rondaba los ciento cuarenta kilos de peso.  Le llamaban Barrigas porque, cuando se sentaba, la gran cantidad de sebo que tenía acumulado en la parte frontal de su torso se le plegaba de forma que parecía provenir de varias barrigas diferentes.

Bugart consideró inteligente hacer oídos sordos a las ironías de del capitán. Ambos eran viejos conocidos y sabía que no ganaría nada enzarzándose en una absurda discusión para negar lo evidente. Jan Nicolikis le estaba dejando hacerse el ingenuo, pero todo tenía un límite. Si se pasaba de la raya lo tomaría como una ofensa a su inteligencia. Todos los guardias de la ciudad sabían de buena tinta el tipo de acuerdos que hombres de la calaña de Barrigas mantenían con los distribuidores de sustancias ilegales de sus establecimientos.

––¿Sabes si tenía familia en la ciudad? ¿Mujer? ¿Hijos? ¿Alguien que pueda reclamar su cadáver?

––Que yo sepa no, mi señor. Pero, a decir verdad ––añadió sabiendo que el capitán no creería ni una sola de las palabras que saldrían de su boca––, apenas hablaba nunca con él. Era hombre de pocas palabras y siempre pagaba el alquiler puntualmente. Nunca me dio pie o motivos para preguntarle nada acerca de su vida privada.

Lo único cierto, era que ignoraba si Rast tenía familia en la ciudad. Suponía que no, pero no estaba seguro. En cambio, echaría de menos las propinas que éste le daba por dejarle usar la posada para hacer sus negocios. Por lo menos hasta que otro traficante ocupara el puesto que dejaba vacante en el establecimiento. Algo que, una vez se corriera la voz de lo sucedido, no tardaría en suceder.

Bugart sabía que destino le esperaba al cuerpo de Rast si nadie reclamaba su cadáver. Sería arrojado a una fosa común excavada en la parte exterior de las murallas de la ciudad. Descansaría en paz para siempre junto al resto de cadáveres sin dueño aparecidos aquel día. En aguas Rojas era muy rara la noche que no se saldaba con, cuanto menos, un puñado de muertes; la mayoría de ellas asesinatos. Pero normalmente no era sino hasta amanecidos los días siguientes cuando realmente se distinguía entre los cuerpos de los borrachos y los verdaderos cuerpos sin vida.

Si bien lo que preocupaba al capitán de la guardia no era el destino que corriese el cadáver de un traficante de tres al cuarto. Su misión consistía en tratar de encontrar pistas que lo llevaran a su asesino. Y así se lo hizo saber a Bugart antes de abandonar la posada.

––Pregunta a las fulanas ––le dijo––. Si alguna ha visto u oído algo que le llamara la atención, lo que sea, envíala a declarar al edificio de la guardia. Que pregunte directamente por mí.

––Sí, señor, así lo haré. En cuanto despierten hablaré con cada una de ellas.

Cuando el capitán se marchó del establecimiento, Bugart se sirvió una jarra de cerveza y se sentó en uno de los bancos de madera  que estaban distribuidos junto a una de las mesas del salón que, en otro tiempo, hizo las veces de comedor de la posada. No estaba satisfecho consigo mismo y su rostro y posición corporal así lo reflejaron ahora que podía relajarse nuevamente: el día anterior había cometido un error estúpido; imperdonable para alguien como él. Recordaba lo sucedido nítidamente.

Los acontecimientos se desarrollaron poco después de que sus empleadas recogieran la mesa donde habían comido.  Por suerte ninguna de ellas estaba presente. Desde el salón podía escuchárselas cotorreando en la cocina mientras fregaban platos y cazuelas. Él estaba detrás de la barra, asegurándose de que tenía suficientes barriles de cerveza para pasar la noche antes de ir a echarse su acostumbrado sueñecito reparador de sobremesa.

El hombre entró en la posada y se acercó directamente a su encuentro; se lo quedó mirando a los ojos y le dijo: ––Amigo, necesito encontrar Rast.

Bugart, casi sin darse cuenta de lo que hacía, le dijo dónde podía encontrarlo: ––Tiene su habitación en el segundo piso; primera puerta a la derecha nada más subir las escaleras ––solo al terminar de hablar advirtió su metedura de pata. Uno de los acuerdos que tenía con Rast, era el de ignorar a cualquier desconocido que preguntara por él. En tales casos respondía mecánicamente que no conocía a nadie con ese nombre. Eso es lo que siempre hizo… Hasta el día de ayer.

Todavía no terminaba de comprender cómo pudo bajar la guardia de aquella manera. A más lo pensaba, menos lo comprendía. Aunque en el fondo se daba perfecta cuenta de que algo en la absorbente mirada e imperativo tono de voz de aquel hombre arrastraron inexorablemente su voluntad. Como si no fuera posible negarle la información que reclamaba. Luego ya fue demasiado tarde para deshacer el entuerto. Quiso decirle que no, que se había confundido, que allí no vivía ningún Rast.

“No, disculpe, me he confundido ––pensó en decirle––, el que alquila esa habitación se llama Pats, no Rast” ––pero no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera hacerlo, el hombre le dio las gracias inmediatamente antes de volverse sobre sí mismo y marcharse por donde había venido.

Bugart pensó en la posibilidad de subir en busca de Rast y contarle lo sucedido. Pero entonces tendría que explicarle lo que ni tan siquiera podía explicarse a sí mismo. Y no solo se arriesgaba a perder una buena fuente de ingresos; si Rast se tomaba a mal su desliz, y no veía cómo no podría hacerlo, no tardaría en dejar la posada y correr la voz de que Barrigas estaba perdiendo reflejos. O peor aun; de que éste ya no era de fiar.

Bugart no era un tipo supersticioso. Más bien al contrario, era bastante escéptico en lo que se refería a lo que él mismo denominaba como “cuentos de brujas”. Si bien aquel suceso le hizo recordar algunos que versaban sobre hechiceros que doblegaban la voluntad de sus víctimas para que éstas hicieran cosas que no querían hacer. Aunque enseguida desecho comparar lo que a él le había sucedido con semejantes quimeras.  ––No ––se dijo––, ese hombre me pilló con la guardia baja y cometí un error. Lo mío solo ha sido un desliz; un mero despiste.

Finalmente prefirió olvidar el incidente. A fin de cuentas aquel hombre ni siquiera tenía porqué regresar. Al menos eso es lo que le convino pensar hasta que unas horas atrás contempló horrorizado el cuerpo exánime de Rast. Más tarde, cuando el capitán de la guardia le preguntó si vio a alguien extraño entrar en la posada el día anterior, solo pudo ver nuevamente ante él la imagen de aquellos ojos a los que no supo contrariar.

Tampoco quiso relatar lo sucedido al capitán de la guardia. El mal ya estaba hecho y nadie tenía por qué pensar que Barrigas no era de fiar.

––Señor ––la delicada voz de Violeta, que se había aproximado a sus espaldas en completo silencio, lo sacó de la inquietud de sus pensamientos.

Bugart no quería volverse; temía que la muchacha advirtiera su desasosiego. Pero como ella no añadió nada más, se obligó a hacerlo esforzándose por mostrar la mayor naturalidad posible.

––¿Qué sucede pequeña? ––Con los ojos ligeramente rasgados, los labios finos pero bien perfilados y su carita de tez pálida perfectamente redondeada, Violeta era dueña indiscutible de ese tipo de belleza tímida y cargada de fragilidad que acostumbra a prender en los hombres la embriagadora llama del amor romántico y protector. En ese sentido Bugart no se sentía menos que ningún otro hombre. Aquella muchacha era la niña de sus ojos; su protegida.

––¿Ya se marcharon los guardias? ––preguntó Violeta desviando la mirada hacia el suelo cuando él posó la suya sobre sus ojos.

––Sí, sube a la habitación y adecéntala para que pueda ser alquilada esta misma noche de ser necesario. Asegúrate de que no quede ni rastro de sangre en el suelo.

––¿Qué debo hacer con las pertenencias del difunto?

––¿Las perten…? ––Bugart no terminaba de centrarse. La visión del angelical rostro de Violeta tampoco le ayudaba; tendía a ponerse nervioso cuando estaba a solas con ella. A veces incluso se le trababa la lengua cuando le hablaba––. Ah, sí, claro, sus pertenencias ––reaccionó por fin––. Lo había olvidado. Bájalas al sótano. Cuando encuentre el momento bajaré a examinarlas y decidiré qué hacer con ellas. Seguro que habrá algo que podamos aprovechar. Todo lo demás, si está en condiciones, lo venderemos o cambiaremos por algo que nos haga más falta en el mercado.

Bugart siguió a la muchacha con la mirada, que caminaba hacia las escaleras que ascendían hasta los pisos de las habitaciones. Continuó mirándola mientras subía escalones arriba hasta que llegó al rellano del primer piso y desapareció de su vista. Entonces asió la jarra de cerveza que tenía ante él y sorbió un largo trago que terminó derramándose por las comisuras de su boca. Usó la manga de la camisa para secarse el líquido que ya comenzaba a bajarle deslizándose por su minúscula barbilla hacia su enorme papada y volvió a abstraerse en sus pensamientos.

El propietario de El jergón Feliz, decidió hacerse cargo de Violeta cuatro años atrás. Se fijo en ella en varias ocasiones en las que la vio deambulando perdida entre el incesante gentío que acostumbraba a confluir en las travesías ocupadas por los puestos del mercado.  Pensó que una niña como aquella, que solo podía tratarse de una pobre huérfana, no tendría posibilidad de sobrevivir por sí misma mucho tiempo en una ciudad como aquella. ––Demasiado timorata ––pensó––, carente de la chispa que sirve a otros niños en condiciones de desamparo semejantes para salir adelante de una u otra forma.

Si hubiese sabido en qué clase de establecimiento iba a convertirse su posada, se lo hubiese pensado dos veces antes de ofrecerle trabajo. Mucho más de haber intuido la belleza que todavía estaba por desarrollar. Se le hizo muy difícil soportar la forma en la que la miraban sus clientes y temía que alguno de ellos llegase a mucho más que eso. Por esa razón, una vez trocó su servicio de cenas a mansos trabajadores por el de jarras de cerveza e hidromiel a los hombres de mal vivir que acudían a su establecimiento en busca de mujerzuelas que, a cambio de unas monedas, les dejasen derramar su semilla en cualquiera de sus orificios, decidió alejarla de los turnos de trabajo nocturnos. Pero sabía que, tarde o temprano, conocería a un chico de su edad o a un hombre joven más atractivo que él que tomaría su doncellez. Si es que acaso no se la había entregado ya a ese odioso pillastruelo con el que pasaba la mayor parte de su tiempo libre. Sabía que continuaba viéndolo aunque había hecho todo lo posible por alejarlo de ella, empezando por prohibirle la entrada al establecimiento. Se justificó ante Violeta alegando que, en una de las ocasiones en las que el muchacho acudió a buscarla a la posada, lo vio intentando deslizar la mano en el bolsillo de un cliente. La mentira no le produjo excesivos cargos de consciencia porque sabía de buena tinta que el chico era un descuidero de mucho cuidado. Se había ganado la fama a pulso, a base de vaciar bolsillos y hurtar sus pertenencias a los incautos que se confiaban en exceso o que desconocían u olvidaban que la tasa de pobreza y criminalidad de Aguas Rojas superaba con creces a la de la mayoría de ciudades de Nazae. No en vano en todo el continente se repetía el dicho de que un hombre rico de caminar despistado en Aguas Rojas, rápidamente será despojado de todas sus joyas.

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