El sueño de Nazae II. Zalasar

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Vientos de invierno

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Zalasar también tenía motivos de carácter personal para querer encontrar a Ann. Se quedó pensando en ello a la generosa luz de la luna llena, después de que la penumbra arbórea que se alzaba frente al muro de roca caliza donde se encontraba la boca de su caverna terminara de tragarse a la silueta de Meliana.

Conoció a Ann cuando éste apenas contaba con cinco años de edad. Meliana lo llevó a su encuentro con la esperanza de que encontrase alguna explicación para las extrañas visiones y crisis emocionales que experimentaba desde muy niño.

Aunque en una primera instancia no supo cómo interpretar lo que le sucedía al hijo de Meliana, en una segunda, tras pensar detenidamente acerca de todo lo que observó y habló con Ann, se aventuró a realizar un diagnóstico que explicaría el origen de sus ataques de pánico y melancolía, así como también el por qué en muchas ocasiones reaccionaba frente a estímulos que solo él parecía percibir. Un diagnóstico que distaba mucho de lo que todos pensaban acerca del muchacho: que padecía la enfermedad del Infinito.

De estar en lo cierto, encontraría respuesta a una de las preguntas que más insistentemente se había planteado desde que comenzó a adentrarse en la senda del conocimiento: la que concernía a la reencarnación del alma. Aun careciendo de pruebas concretas al respecto, todas las conclusiones a las que llegaba mediante su observación del acaecer de las leyes de la naturaleza, le señalaban en aquella dirección. Zalasar había ampliado sus niveles de percepción y consciencia a base de volcar su mirada al interior y romper cadenas racional-educacionales de las que muy pocos hombres llegaban a liberarse a lo largo de sus vidas. Pero nunca fue capaz de recordar ni tan siquiera un solo acontecimiento aislado vivido durante alguna de sus encarnaciones pasadas; pese a las muchas técnicas de relajación y horas de meditación empleadas con ese propósito.

El entusiasmo de Zalasar se vino abajo cuando Meliana regresó en su búsqueda para decirle que no volvería a reunirlo con su hijo.

––No mientras la voluntad de Geodén prevalezca sobre la mía.

Ella le relató que su esposo, tras descubrir que llevó a Ann a su encuentro sin su consentimiento, la amenazó con arrancarle al niño de sus brazos si volvía a hacerlo, enviándolo con su tía a una aldea tuteik situada en el otro extremo del bosque.

La reacción de Geodén no sorprendió a Zalasar. Su llegada al bosque de Limos despertó la desconfianza del pueblo tuteik en general y, mucho más en particular, de los habitantes de la aldea de Cárradan, la más próxima a la caverna que convirtió en su morada. Los tuteik no se caracterizaban precisamente por su apertura hacia lo desconocido. Y, aunque con el paso del tiempo y por mediación de sus hazañas curativas, se ganó la confianza e incluso la gratitud de bastantes vecinos de la aldea, no sucedió lo mismo con Geodén. El patriarca, desde la que ya de por sí era su intransigente arrogancia, e intuyendo además los sentimientos que el forastero inspiraba en su mujer desde el mismo día en que ambos se conocieron, engendró un irreconciliable sentimiento de enemistad hacia quien, a ojos suyos, le robaba el amor de su esposa. Un amor que, por mucho que se negara a reconocérselo a sí mismo, nunca fue suyo; ya que Meliana nunca lo amó y fue prácticamente obligada a contraer matrimonio con él.

Al ver cómo se frustraban sus posibilidades de continuar con su investigación,  tentado estuvo de proponer a Meliana que urdiesen un plan que le brindara la oportunidad de volver a ver al muchacho. Pero tuvo en cuenta las repercusiones que, de llegar a salir algo mal, recaerían sobre la mujer a la que amaba, y se contuvo de hacerlo. Interpretó las señales del tiempo, y supo encontrar en su interior la humildad necesaria para aceptar su destino. No debía tratar de forzarlo impacientemente conforme a los que, aun bien intencionados, no dejaban de ser sus intereses egoístas. Una de las grandes lecciones que había aprendido a lo largo de su vida, era la de que a un hombre sabio no le bastaba con descubrir cuál era el camino que debía de recorrer. Descubrir cuándo debía de recorrerlo, era igualmente importante.

Fantasmas que me persiguen en la forma de recuerdos que no puedo explicar”, ––Aquella era la frase de la carta de Ann que más había llamado su atención.

Tres visitas en tan solo cuatro días ––pensó Zalasar cuando regresó al interior de su caverna a prepararlo todo antes de que Demian apareciera––. Me temo que tus tiempos de ermitaño están llegando a su fin…

La propia Meliana acudió en su búsqueda cuatro días atrás para, al igual que hoy, llevarle una noticia que no se esperaba. En cuanto la vio aparecer y se quedó parada frente a él, todavía en silencio a la luz del fuego que iluminaba la caverna, supo que venía a decirle algo importante. La percibió diferente. Más allá del autocontrol que parecía tratar de imponerse, se la veía exultante y muy determinada, con los ojos todavía más abiertos de lo que ya de por sí era habitual en ella; con la mirada resplandeciente como pocas veces se la había visto.

––Esta mañana se presentó en Cárradan un grupo de cuatro Escudos ––comenzó a hablar––. Solo reconocí al enano. Édricken llamó Jabalí a uno todavía más alto como él, completamente calvo y con una barba negra y afilada que le caía casi hasta la cintura.

Zalasar conocía bien al enano, Volgar-Teretas. Su verdadero nombre era Volgar a secas. “Teretas” le fue añadido durante los años en los que se ganó la vida como saltimbanqui en la compañía de comediantes itinerantes con la que viajó por medio  mundo. Volgar chapurreaba palabras, e incluso mucho más que palabras, en casi todos los idiomas y dialectos de Nazae. Dejando a un lado a Demian y Gabriel, el enano era el escudo al que el ermitaño tenía en más alta estima.

A Jabalí, en cambio, apenas lo conocía. Era un miembro sumado recientemente a Los Escudos y solo había coincidió con él en la ocasión que fueron presentados;  intercambiaron poco más que un saludo. Pero conociendo de boca de Gabriel el origen de su seudónimo, no apostaba porque fuese hombre de muchas luces.

        Zalasar sintió curiosidad por saber quiénes eran los otros dos Escudos que completaban la cuadrilla. Pero no tanta como por averiguar a donde quería llegar Meliana. Así que se contuvo para no interrumpirla.

––Traían consigo el cadáver de… ––Meliana pareció necesitar coger carrerilla antes de soltar, como el trueno que rompe el silencio antes de hacer estallar la tormenta, el nombre de su esposo–– …  Geodén ––concluyó la frase justo antes de que sus ojos, no sin poder evitar traslucir un deje de culpa, sonrieran a los de Zalasar––.

“Geodén está muerto”, se dijo Zalasar todavía incapaz de asimilar las implicaciones que su muerte conllevaban para él y Meliana. Se quedó atónito mientras ella acortaba la poca distancia que los separaba.

––Lo cargaban en un mulo. Tenía tantas heridas que resultaba imposible saber cuál acabó con su vida. El enano ejerció el rol de portavoz de Los Escudos. Fue parco en explicaciones. Se limitó a decir que creían que fue atacado por un grupo de bandidos ––ella negó con la cabeza––. Dijo menos de lo que sabía y Édricken se dio cuenta… Y ya sabes como es. Los escudos se marcharon en cuando el ambiente comenzó a crisparse. Pero antes dijeron que Gabriel estaba siguiendo el rastro de los asesinos, asegurando que no saldrían del bosque con vida.

––¿Y qué hizo tu hijo? Supongo que no se quedó de brazos cruzados.

––Dijo que debiera ser él quién arrebatara el último aliento a los asesinos de su padre. Reunió una partida que salió en su búsqueda jurando venganza. Todavía no han regresado ––volvió a negar con la cabeza––. No los encontrará. Se marchó sin saber porqué zona del bosque buscar. El enano aseguró que había sido Gabriel quien encontró el cuerpo de Geodén y que ellos desconocían en qué zona del bosque lo hizo.

Puede que mintiera… o puede que no”, pensó Zalasar. “Gabriel conocía al hijo del patriarca y sabía cómo reaccionaría. Seguramente hizo todo lo posible por asegurarse de que quienes llevaran el cuerpo de su padre a Cárradan ignorasen donde fue encontrado”.

––Édricken no los creyó ––prosiguió Meliana en tanto que, con una infinita ternura, se abrazó a su torso apoyando la cabeza sobre su pecho.

Zalasar titubeó al corresponder el abrazo. Lo hizo con torpeza al no decidirse en calidad de qué debía de hacerlo: de amigo, o de amante.

Meliana continuó hablando sin dar la impresión de percatarse de sus dudas: ––Vociferó que estaban privándolo de su posibilidad de venganza. Los amenazó y aseguró que lo lamentarían. No le importó partir sin saber en qué dirección dirigirse. Estaba cegado por el dolor y la cólera.

Meliana dio por terminado su relato.

––Somos libres ––suspiró apretándose contra su cuerpo––. Por fin…

“Somos libres” ––Zalasar repitió para sí mismo las palabras de Meliana sintiéndose un poco idiota––. “Por fin…” ––Y entonces lo vio todo claro.

Ella ha tenido todo el día para prepararse. Sabía a qué venía. En cambio yo acabo de descubrirlo.

Para cuando terminó de comprender… toda una década de deseo contenido se hizo notar a la altura de su cintura, clavándose en la parte superior del vientre de Meliana.

Ella también lo siente ––pensó––: más de diez años de espera recién liberados presionándole el abdomen y humedeciéndole la entrepierna.

Meliana se agarró con fuerza a su nuca y se puso de puntillas para alcanzarle el cuello y comenzar a besárselo suavemente, sin prisas. Él la dejó hacer durante unos instantes; hasta que se liberó de toda duda e inclinó la cabeza para buscar sus labios, que lo recibieron hambrientos. Luego la alzó asiéndola de las nalgas mientras ella enroscaba sus piernas entorno él; caminó arrastrándola a pulso hasta su jergón; y se recostó encima de ella con delicadeza para no aplastarla con su voluminoso cuerpo.

Durante las horas siguientes el mundo se paró para ambos. Hicieron lo que llevaban tanto tiempo anhelando. Consumaron su amor por vez primera desde que se conocieron y, ya entrada la noche, durmieron abrazados el uno al otro con sus cuerpos desnudos, sabiendo que a la mañana siguiente Meliana debía de regresar a Cárradan para hacerse cargo de los preparativos del entierro de Geodén.

Un día y medio después de la marcha de Meliana, ya bien entrada la noche de ayer, Demian se presentó en su caverna. Zalasar lo esperaba desde que supo que Los Escudos estaban directamente involucrados en el hallazgo del cuerpo de Geodén y en la persecución de sus asesinos.

Demian era, con mucha diferencia, el personaje más extraordinario que Zalasar conocía.

Nunca antes en los anales de la historia hubo constancia de que ningún elfo hubiese habitado sobre la superficie de la tierra; algo que Demian llevaba haciendo, cuanto menos, desde los primeros años de su vida. Si bien lo más insólito de todo era el hecho de que fue criado por una manada de lobos.

Bajo qué extrañas circunstancias se produjo tanto su llegada al bosque como su inserción en la manada de lobos a la que Demian consideraba como su verdadera familia, era algo que Los Escudos ignoraban y que ni siquiera él mismo recordaba. Lo único que sabía era que una loba lo crió junto a una de sus camadas de lobeznos. Debido a que el promedio de vida natural de los lobos rara vez superaba la década, él terminó convirtiéndose en el miembro más viejo de la manada, conformada en la actualidad por los hijos de los hijos de sus hermanos, y por los hijos de estos últimos.

La primera vez que se cruzó con un miembro de la comuna de Los Escudos, éste especuló que, pese a que se movía con una rapidez y una determinación inusitadas en un niño tan pequeño, no debía de superar los cinco o seis años de edad. Si bien lo que más perplejo le dejó, fue verlo en la compañía de unos lobos que se relacionaban con él como si de un miembro más de su manada se tratase. Desde aquel día habían pasado alrededor de veinticinco años; por lo que se calculaba que ahora rondaba la treintena.

Quiso la providencia que Zalasar se encontrase con el muchacho por vez primera, el día que éste cayó en una de las trampas que los guerreros Tuteik usaban para cazar ciervos. De haberlo dejado allí, gravemente herido e inconsciente como se hallaba, su vida habría llegado a su ocaso mucho antes de lo previsto. El muchacho habría perecido como consecuencia de la infección que sus heridas le causaron, o a manos de los propios cazadores Tuteik en caso de que estos lo hubiesen encontrado todavía con vida. Los bárbaros no habrían dudado ni un sólo instante en sesgar la vida del que, a sus ignorantes y supersticiosos ojos, era el engendro demoniaco causante de todas las fatalidades de origen desconocido que azotaban a su pueblo.

Llevárselo consigo no fue una decisión fácil de tomar para Zalasar. El conocía mejor que nadie la crueldad de aquellos seres del submundo.

Sin embargo aquel muchacho, que en aquel entonces parecía rondar los veinte años de edad, no se parecía a ninguno de los muchos miembros de su raza que Zalasar tuvo ocasión de contemplar tantos años atrás, durante el transcurso de Las Guerras Lunares. En lugar de tener la piel blanca como la leche propia de sus hermanos raciales, quienes prácticamente nunca se exponían a la luz del sol, él la tenía oscura y bien curtida. De hecho, no fue hasta que descubrió sus orejas puntiagudas, que ocultas tras los que eran sus apelmazados jirones de cabello negro pasaron inadvertidas al que hubo de ser su examen inicial, que comprendió que se hallaba frente a un espécimen perdido de aquella ignominiosa raza del mundo subterráneo. Descartó que se tratase de un halfling debido a su altura y al color negro de su sangre. Lo cierto era que aquel muchacho parecía más bien una extraña mescolanza entre una alimaña salvaje y un elfo, o incluso, dado el color de su tez, un halfling inusitadamente alto. Estaba completamente desnudo, y daba la impresión de no haber usado nunca prenda de vestir alguna. Lo que estaba fuera de toda duda, era que jamás había usado calzado; los gruesos cayos y las duras asperezas que cubrían las plantas de sus pies así lo confirmaban. Las palmas y yemas de los dedos de sus manos tampoco se quedaban muy atrás a este respecto. Pareciera que las hubiese usado como punto de apoyo casi tanto como los pies. Y las uñas tanto de sus pies como de sus manos, además de largas y gruesas, también estaban encallecidas y lijadas por el continuo desgaste.

Finalmente Zalasar se dejó llevar en aras de su vocación de curandero e hizo a un lado todos sus prejuicios. Se echó a aquel misterioso espécimen sobre los hombros y lo llevó consigo para atender su herida hasta la que en aquella época era su recién ocupada caverna; ya que hacía tan solo dos semanas desde que, tras encontrar el momento oportuno para abandonar la vida que llevaba en Aguas Rojas, había llegado al bosque de Limos con la intención de quedarse a vivir en él.

Cuando el muchacho recuperó la conciencia, sorprendido y atemorizado por la proximidad de Zalasar, tan semejante a aquellos que siempre lo repudiaron, escapó entre ininteligibles gruñidos sin que este último pudiera hacer nada para evitarlo. Lo que sí hizo, fue quedarse sumamente intrigado al haber tenido ocasión de contemplar el color violeta de las pupilas  de aquel supuesto elfo. Pues tampoco se conocían casos de elfos con otro color de ojos que no fuese el rojo.

No mucho después, impulsado por una mezcla de curiosidad y agradecimiento, el excepcional muchacho elfo comenzó a frecuentar las inmediaciones de la caverna hasta que Zalasar consiguió granjearse su confianza, posibilitando así el inicio de un hermoso vínculo de amistad que sobreviviría a las abismales diferencias que a ambos separaban.

Zalasar fue quién le dio su nombre a Demian y quién, haciendo gala de su paciencia y gusto por la transmisión de conocimientos, le enseñó a hablar el idioma común y a comportarse según las más básicas normas de protocolo del mundo civilizado. Tiempo después actuó como intermediario de cara a Los Escudos para que estos le diesen un voto de confianza y le brindaran la oportunidad de convertirse en un miembro más de su comunidad.

Para Zalasar y Los escudos del bosque de Limos, Demian era la prueba viviente de que la maldad no es de por sí inherente a nadie, ni siquiera a los elfos, sino de que ésta es siempre aprendida por mediación de la educación y ejemplos recibidos.

Durante su encuentro con Demian la pasada noche, éste le confirmó que Los Escudos habían cazado a los asesinos que sobrevivieron a la reyerta con Geodén. A todos menos a uno que se separó de sus compinches durante la huida y consiguió escapar de la partida de Escudos comandada por Gabriel, que fue la que se separó del resto para seguirle el rastro. Detalle que hoy había preferido no compartir con Meliana, ya que solo hubiese servido para ponerle los nervios más de punta a sabiendas de que el menor de sus hijos se encontraba vagando a su suerte por a saber qué parte del bosque.

Demian le relató lo sucedido con pelos y señales: ––Gabriel, Trepa y Los Gemelos  le perdieron la pista en el Cañón de los Raudos.

––¿Quieres decir que saltó al río? ––Zalasar no pudo evitar traslucir su incredulidad. En su parte más baja, el cañón debía de tener no menos de sesenta metros de caída hasta las que, a esas alturas del Viejo Remolinos, eran unas aguas vertiginosamente turbulentas

“Nadie en su sano juicio saltaría desde una altura semejante para arrojarse a una muerte segura.

Demian mostró su desacuerdo: ––Nunca se sabe de lo que es capaz una presa lo suficientemente desesperada.

Zalasar no ignoraba que nadie mejor que el elfo sabía lo que significaba ser una presa.

––Además ––añadió Demian mientras se mesaba un girón de cabello para enroscarlo tras una de sus puntiagudas orejas––, no recuerdo que Gabriel perdiera nunca un rastro ni la mitad de fresco que ése. Pero puede que no saltara. Gabriel reconoce que se trataba de una presa muy habilidosa. Antes de que perdieran su rastro definitivamente, ya estuvo cerca de engañarlos en varias ocasiones.

––De haber estado tú allí no lo habríais perdido ––Zalasar sabía que era prácticamente imposible que Demian extraviara un rastro fresco. Aunque Gabriel era el mejor rastreador que había conocido, el elfo tenía algo que ningún otro humano o elfo tenía: un sentido del olfato casi tan desarrollado como el de las bestias salvajes.

––Los últimas huellas que encontraron ––Demian continuó relatando lo sucedido–– desaparecieron en los peñascos del acantilado. Si el asesino bordeo el risco saltando de roca en roca en alguna dirección para ocultar su rastro, o si saltó a las aguas del río, es algo que Gabriel no supo discernir. Él y Trepa buscaron en vano algún punto por el que pudiera haber salido de las rocas para volver a internarse en el bosque. Los Gemelos hallaron un paso de cabras por el que bajaron el risco. Luego estuvieron buscándolo río abajo siguiendo la rivera hasta llegar a la aldea de Ústragan. Ninguno de sus habitantes dijo haberse topado con extraño alguno o haber visto pasar un cadáver flotando sobre las aguas del Remolinos.

Lo único que Los Escudos sabían con certeza acerca del asesino, era que tenía los pies muy pequeños. El tamaño de sus huellas no dejaba dudas a ese respecto. Si tuvo la suficiente habilidad como para camuflar su rastro o si saltó a las aguas del Viejo Remolinos cañón abajo, era algo que todavía se preguntaban. Aunque, de haber saltado, era prácticamente imposible que hubiese sobrevivido; sino a la caída, a las turbulentas aguas del Cañón de los Raudos. Sin embargo, nadie había visto o encontrado su cadáver, que no podía haber sido arrastrado por las aguas más allá del embalse construido por los habitantes de la aldea de Ústragan para convertirlo en una fructuosa zona de pesca. La muralla de troncos y gruesas ramas de árbol apelmazadas que la conformaban, suponía un obstáculo insalvable para el cadáver de ningún hombre, por pequeño que fuese.

 

El propio Demian fue quien guió a la partida de Escudos que dio caza a los otros tres asesinos.

Al primero lo encontraron tendido boca arriba en un claro del bosque, poco después de que alguno de los otros dos le dibujara una sonrisa de oreja a oreja atravesándole la garganta.

––Geodén le destrozó la rodilla con su martillo ––explicó Demian––. Sus compinches debieron de cansarse de cargar con él y de que ralentizara su marcha.

No quisieron dejarlo con vida”, dedujo Zalasar de inmediato. “¿Acaso temían que fuese capturado y revelase algo que debiera haber sido mantenido en secreto?

––Al segundo lo atraparon poco después mis hermanos.

Zalasar sabía que Demian se refería a los lobos de su manada.

––Le arrancaron las nalgas a bocados antes de que consiguiera trepar a un alcornoque. Lo poco que dejaron de él quedó como pasto para los carroñeros, tendido sobre un sangriento lecho de mantillo y restos de cáscaras de bellota.

––Supongo que cogisteis al último con vida ––Zalasar estaba cada vez más seguro de que el asesinato de Geodén no había sido fruto de la mera casualidad.

––Sí, claro; queríamos respuestas ––Demian confirmaba que Los Escudos alimentaban la misma sospecha que el ermitaño––. Pero no sirvió de mucho ––el elfo sonrió––. Tropezó justo cuando los dedos de Dardo soltaron el tendón de su arco, y quiso el azar que la flecha que apuntó a su rodilla le hiciera diana en los huevos. No hizo más que gritar como un cochino antes de desmayarse y morir desangrado.

Aquella última conversación, indujo a Zalasar a hacerse preguntas cada vez más inquietantes. La posibilidad de que el asesinato de Geodén no hubiese sido fruto de un desencuentro casual, se había convertido para él en un inesperado foco de preocupaciones. Por más que lo pensaba, no encontraba otra forma de explicar el hecho de que los asesinos hubiesen preferido rebanar el pescuezo a uno de los suyos antes que abandonarlo a su suerte. Eso solo podía significar que no querían arriesgarse a que hablara.

¿A que hablara acerca de qué? ¿Acaso alguien los había contratado para asesinar a Geodén? Y, si ése era el caso… ¿Quién lo hizo?”––. No tenía sentido que los hombres de las montañas quisieran la muerte de uno de los pocos patriarcas Tuteik que no se oponía a que continuasen extrayendo cobre de la mina. Lo más lógico era pensar que lo hubiese hecho otro patriarca que rivalizara con él por algún motivo.

Zalasar sabía que Gabriel debía estar haciéndose las mismas preguntas que él. El cabecilla de Los Escudos se encontraría ahora demasiado ocupado poniendo orden en el bosque y en su propia cabeza. Pero en cuanto tuviera ocasión, acudiría a su encuentro para departir acerca de todo lo sucedido y buscar su consejo.

Espero estar de regreso cuando lo hagas, amigo ––se dijo Zalasar mientras terminaba de hacer los preparativos para partir en busca de Ann––. Si Édricken llega a tener pruebas de que otro patriarca Tuteik ha conspirado para asesinar a su padre, será prácticamente inevitable que tenga lugar una carnicería en el bosque.

Zalasar se sentía empujado a partir cuanto antes en busca del muchacho. Pero no tenía la menor intención de dejarse arrastrar por unos impulsos que, casi con toda seguridad, acabarían por retrasarlo. Sabía que sus posibilidades de encontrar a Ann sin la ayuda de Demian eran prácticamente inexistentes y que debía armarse de la paciencia necesaria para esperarlo aunque eso implicase que tuviera que permanecer de brazos cruzados durante tres días enteros.

El elfo no podía hallarse muy lejos porque se había marchado de allí pocas horas antes de la llegada de Meliana. Suponía que ya debía de haber detectado las estelas de humo verde fosforescente provocadas por la combustión de las piedras Cayí que había arrojado al fuego tras la llegada de Meliana. Pero como no podía arriesgarse a que hubiese estado transitando alguna zona particularmente tupida del bosque, se curó en salud arrojando otro par de piedras a la chimenea. Aquel era el medio que el ermitaño empleaba para hacerle saber que quería que fuese a su encuentro. Una señal que, a la que hoy era la generosa luz de la luna, su noctívago amigo difícilmente pasaría desapercibida.

Finalmente decidió que sentarse a meditar era lo mejor que podía hacer mientras esperaba a su amigo.

Concentra y equilibra lo mejor que puedas tu energía, que lo vas a necesitar ––Siempre y cuando Demian no tardara mucho en aparecer, calculaba que necesitarían no menos de dos largas jornadas de camino para alcanzar a Ann. A aquellas horas el muchacho les llevaba ya casi un día de ventaja.

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