Sobre los falsos maestros espirituales

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maestros espirituales

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Tal y como fuimos viendo a lo largo del capítulo anterior, lo que todo individuo ambiciona al interpretar cualesquiera de entre los muy diferentes roles o arquetipos de conducta asociados al vampirismo sentimental, es, básicamente, alimentar su ego a costa de que otros individuos desarrollen la creencia de que ellos poseen una o varias cualidades personales[1] superiores a las de los demás; tratando, pues, de demostrar, bien sea que son más listos, más generosos, más simpáticos o, entre un largo etcétera de posibilidades, más eficientes que la inmensa mayoría de sus semejantes.

       Si bien es cierto que, muy a menudo, nos encontramos también con que muchos de entre estos individuos, igualmente tratan de alimentar su ego no ya únicamente mediante la exaltación de algunas de entre sus cualidades personales propiamente dichas, sino haciendo también lo propio con su condición de profesionales; es decir, tratando de demostrar que ellos son los mejores fontaneros; los mejores escritores; los mejores comerciales; los mejores adiestradores caninos; los mejores pintores; y bien pudiéramos continuar así hasta recorrer de cabo a rabo el extensísimo carrusel de actividades o carreras de vida que pueden llegar a ser consideradas como profesionales.

       Obviamente, la práctica del vampirismo sentimental, así sea llevada a cabo por “las buenas” o por las malas, debe de ser en todos los casos censurada; o, cuanto menos, así debiera de hacerse siempre y cuando no deseemos que algunos individuos ––entre los que también debiéramos incluirnos a nosotros mismos––, alimenten la falsa autoestima de sus respectivos egos a costa de empujar a sus semejantes, al desarrollo de a saber qué clase de sentimientos de inferioridad y, consecuentemente, de dependencia respecto a otra personas.

       No obstante se da el caso de que, entre todos los arquetipos de vampiro sentimental de índole profesional que el ser humano puede llegar a interpretar, existe uno de ellos, el del falso maestro espiritual que, debido a la más que vergonzosa paradoja que en sí mismo éste representa, debiera de ser censurado por encima de todos los demás.

       Los falsos maestros espirituales son aquellos individuos que, pese a hallarse supuestamente involucrados en el proceso al que se le conoce como de desarrollo espiritual, vale decir, de la que esencialmente es la disolución de su propio ego, intentan a un mismo tiempo alimentar o exaltar a este último tratando de demostrar lo muy desarrollados espiritualmente que ellos están, en comparación con aquellos otros individuos a los que, siguiendo estos inexorables derroteros, instigan a sentirse infravalorados por no estar lo suficientemente desarrollados a este mismo respecto. Y es que, desgraciadamente, la naturaleza incompleta y, por consiguiente, siempre carencial de nuestro ego ––ya que lo engendramos a partir de la negación de todo aquello con lo que no nos identificarnos[2]––, se aferra tenazmente para así tratar de completarse a sí mismo, a todo aquello con lo que llegamos a identificarnos; inclusive y, por paradójico que pueda resultar decirlo, a nuestro sentimiento de “no ego”. Y he aquí la gran paradoja: la de aquellos individuos que intentan alimentar su ego, tratando de hacer razonar a otras personas lo mucho que ellos y solo ellos, han llegado a transcender sus impulsos egoístas.

       Así, pues, los falsos maestros espirituales, son aquellos individuos que aprovechan cualquier pretexto para intentar demostrar a otras personas el poco ––o incluso nulo–– influjo que sus respectivos egos ejercen sobre sus formas de comportamiento, así como lo mucho que ellos saben acerca de cualquier tema vinculado al proceso de desarrollo espiritual.

       Los falsos maestros espirituales, necesitan demostrar lo mucho que ellos saben en todo momento. Por consiguiente, no esperarán a que nadie les pregunte para exhibir sus conocimientos o dar su consejo, sino que forzarán la situación para así tener la oportunidad de hacerlo. Pese a lo mucho que se autoengañan para creer y hacer creer lo contrario, no instruyen a sus adeptos desde el corazón, sino desde su ego; ya que en el fondo no buscan aprendices a los que orientar, sino admiradores a los que deslumbrar. Y, por supuesto, a todos ellos por igual los delata el que, esencialmente, es el mismo juego de destellos[3] que se asoma en la mirada de todo vampiro sentimental, cuando éste anda en procura de la que quiera que sea la forma de reconocimiento personal que tanto anhela.

        Y en absoluto importa si uno emprendió su búsqueda interior ayer mismo, o hace cuatro décadas; pues todos los individuos por igual pasan a convertirnos en maestros o, dependiendo de sus circunstancias egoístas, en falsos maestros espirituales, en el mismo momento en el que se convierten en aprendices o, dependiendo de estas mismas circunstancias, en falsos aprendices espirituales.

       Dicho esto y, entendiendo que la lectura de esta obra habrá atraído hacia sí a muchos individuos que considerarán hallarse involucrados en éste el recientemente referido proceso que implica la búsqueda interior ––o disolución de nuestro ego en la abstracción del espíritu ––, espero que muchos de entre los que estáis ahora mismo leyendo estas palabras, hayáis comenzado a sentir ya la punzada de vergüenza que, en el supuesto caso de albergar en vuestro interior el suficiente grado de honestidad, debiera de haber acudido prestamente hasta la superficie de vuestras conciencias en el, por descontado, también supuesto caso de que seáis capaces de reconoceros a vosotros mismos el haber manifestado quién sabe en qué número de ocasiones a lo largo de vuestras vidas, cualesquiera de entre estas últimas formas de conducta referidas; ya que será esta toma de conciencia la que, por encima de todas las demás, os conducirá directamente frente a la que, sin lugar a la duda, será la más determinante elección de vuestras vidas.

       ¿Deseo continuar autoengañándome de por vida mediante el que es mi afán por proyectar una no menos ideal que falsa imagen de mí mismo?; ¿o en cambio deseo comenzar a ser de una vez por todas lo suficientemente honesto conmigo mismo para aceptar mi parte oscura ––o puramente egoísta–– y, de este modo, obtener la posibilidad de comenzar a transcenderla?

       Una elección impecablemente representada en la no menos metafórica que reveladora película “Matrix”, en la escena en la que Morfeo le da a elegir a Neo entre el tomarse la pastilla azul, o la pastilla roja; invitándolo de este modo a continuar autoengañándose eternamente, o a dar el paso definitivo para comenzar a dejar de hacerlo, respectivamente[4].

       Una vez seamos capaces de reconocernos a nosotros mismos cuales eran las artimañas de naturaleza egovampírica que empleábamos no tanto con el objeto de ayudar a otras personas a desarrollarse espiritualmente, como con el de alimentar nuestro ego; es decir, una vez hayamos sido capaces de desnudarnos a nosotros mismos con la luz que, mediante semejante ejercicio de honestidad, habremos reconocido brotar desde lo más profundo de nuestros corazones, habremos pasado a hallarnos también en disposición de reconocer cuando otros individuos estarán o no actuando como falsos maestros espirituales. Y cual será entonces nuestra sorpresa, al descubrir que incluso algunos de entre aquellos tan afamados individuos considerados como grandes maestros espirituales por la inmensa mayoría de buscadores ––por supuesto, buscadores todavía lo suficientemente cegados por sus propios egos[5]––, no son más bien, sino grandes vampiros sentimentales.

       Tentado estoy de dar alguno de sus nombres; sobre todo el de uno de ellos en particular. Si bien en el fondo prefiero dejar que cada cual los descubra por sí mismo, si es que acaso antes es capaz de descubrirse, valga por esta vez la redundancia, a sí mismo. Pues lo único que a fin de cuentas un ser humano es capaz de “re”-conocer en su exterior, no es sino aquello mismo que anteriormente ya tuvo ocasión de conocer en su interior. Solo a eso puede considerársele como verdadero conocimiento; todo lo demás, es tan solo pura pedantería; vale decir, repetición de lo que otros ya conocieron, o creyeron conocer. De modo que el único camino que los seres humanos podemos recorrer para reconocer qué es el vampirismo, pasa por que antes conozcamos al vampiro interno que, todos nosotros por igual, albergamos en nuestro interior en la forma de aquellas partes de nuestro ego no totalmente reconocidas y, por consiguiente, no totalmente sometidas al siempre altruista influjo de nuestros corazones. Y es que lo que convierte a un individuo en un verdadero aliado del espíritu, no es ni su apariencia física o forma más o menos estereotipada de vestir, ni las horas de yoga o meditación que pueda llegar a practicar diariamente, ni los muchos conocimientos que pueda llegar a almacenar en su memoria relacionados con cualquiera de entre las muchas herramientas o filosofías de vida directa o indirectamente vinculadas con la espiritualidad; sino, por encima de todo lo demás, el que las intenciones que promueven cada uno de sus actos o palabras, se hallen realmente ajenas a todo intento de exhibición egovampírica.

Ahora, para dar término a éste el capítulo dedicado a mucho más de lo que en sí mismo implica el modelo de conducta egovampírico del falso maestro espiritual, solamente nos queda por responder a una pregunta:

       ¿Cuáles son los efectos más determinantes del que es el influjo egovampírico de un falso maestro espiritual sobre sus víctimas?

       En primer lugar, el empujarlas a idolatrar a los que, en estos casos, tan solo serían sus presuntos maestros espirituales y, por consiguiente, a desarrollar para consigo mismas, los sentimientos de inferioridad correspondientes que, inexorablemente, habrán de contribuir a la merma de su confianza a la hora de poder llegar a convencerse a sí mismas de poder llegar algún día a ponerse a la misma altura que sus, tal y como acaba de referirse, no menos idolatrados que presuntos maestros espirituales.

       Y, en segundo lugar, reflejarles un modelo de conducta egovampírico a seguir ––ya que todos queremos parecernos a aquellas personas a las que idolatramos –– y, por ende, diametralmente opuesto a aquel otro que, en el supuesto caso de ser verdaderos maestros espirituales, debieran de estar reflejándoles.


[1] Dependiendo de si se han habituado a interpretar uno, o varios de entre susodichos roles de conducta.

[2] Será en la tercera parte de esta obra, “el camino del corazón”, donde profundizaremos debidamente en el análisis tanto de la que es la naturaleza esencial de nuestro ego, como de aquellos de entre nuestros procesos internos que lo engendran; que, como no podía ser de otra manera, son nuestros procesos racional-comparativos.

[3] En el capítulo “un traicionero fulgor en la mirada”, ya se explicó cómo reconocer y en qué consisten estos destellos.

[4] Una elección, cabe ahora reseñar, igualmente válida a la hora de descubrirnos a nosotros mismos no solamente como vampiros sentimentales del arquetipo del falso maestro espiritual, sino como de cualquier otro arquetipo de vampiro, indistintamente de si este último puede ser incluido en la categoría de vampiro sentimental, o en cualquiera de las otras categorías de índole vampírica.

[5] Que a principios del siglo XXI somos la inmensísima mayoría.

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