Sobre los distantes

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O, sobre el vampirismo afectivo-sentimental desde “el poder de la no acción o no-entrega”.
El puente de la atención. Capítulo 19.

Lee el libro completo de “El puente de la atención”

Los distantes son individuos que interpretaron ––acertada o desacertadamente–– que sus padres o principales educadores los ignoraban o maltrataban. Y, al igual que los demostrativos, optaron por construirse máscaras de personalidad con la intención en demostrar lo contrario de lo que dichas formas de desatención o maltrato les hicieron sentir.

Los sentimientos que desarrollan los niños que se sienten ignorados o maltratados por sus principales referentes afectivos, son, fundamentalmente, los siguientes:

  1. Sentimientos de ser imperfectos hasta el extremo de ser totalmente indignos de la aceptación y amor de quienes le rodean.
  2. Sentimientos de hallarse sumamente pendientes o necesitados de la atención ajena; es decir, de dependencia atencio-afectiva extremos.
  3. Sentimiento de desconfianza: las personas no son buenas ni dignas de confianza y, en consecuencia, esperar algo bueno de ellas es un error que los conduciría a sufrir más daños y continuas decepciones.

Las máscaras demostrativas empleadas para ocultar tales sentimientos, son las siguientes:

  1.   Actuar como si ellos, hagan lo que hagan, fuesen perfectos y totalmente dignos de la aceptación y amor de los demás.
  2. Actuar como si fuesen totalmente autosuficientes. Demostrar que no necesitan nada de nadie.
  3. Actuar como si no pudiesen sufrir daño alguno a causa de lo que otros hagan o dejen de hacer, mostrándose indiferentes o insensibles ––faltos de reacción–– ante sus acciones.

Lo distantes se comportan como si de auténticos muros atencio-afectivos se tratasen. Cada uno de ellos más infranqueable según el número de heridas y la gravedad de las mismas que haya sufrido. Estos individuos están ahí pero nada ni nadie puede tocarlos. Se mantienen impertérritos ante los influjos externos.

       Reconocerlos no es difícil. Son los típicos individuos que dan la impresión de hallarse ajenos a lo que les dicen sus interlocutores; que responden con monosílabos o muy escuetamente cuando correspondería que se extendieran mucho más ampliamente; que dejan sin respuesta a muchas de las preguntas o comentarios que les hacen; que se mantienen con el rostro impenetrable cuando bien podrían dejar traslucir una sonrisa, mirada, o cualquier otro gesto de calidez o reconocimiento; o que muy rara vez se justifican o piden disculpas ante nadie pese a resultar evidente que deberían hacerlo.

       Al contrario que los pesados, los hechiceros, los showmen y los demostrativos, los distantes atraen poderosamente la atención, debido a aquello que no ofrecen, no hacen o no dicen ––o que apenas ofrecen, hacen o dicen–– cuando, en unas condiciones de interactuación atencional o afectiva normales y corrientes, se esperaría mucho más de ellos.           

¿Qué le pasa a esta persona? ¿Por qué no me ha respondido? ¿Acaso es que no me está escuchando? ¿Acaso es que no le da ninguna importancia a lo que pienso o siento? ¿Por qué no me hace caso? ¿Por qué no me da lo que le pido? ¿Le estaré exigiendo demasiado? ¿Por qué está tan serio o tiene esa cara de mala leche? ¿Estará enfadado conmigo? ¿Habré hecho algo que le haya molestado sin darme cuenta? ¿Será que le caigo mal o que está harto de mí? ¿Por qué no se justifica, me pide disculpas, o intenta compensarme de algún modo pese a resultar evidente que ha metido la pata? ¿Acaso es que no siente culpa o que no tiene consideración para con mis sentimientos? ¿Acaso es que no le importa haberme hecho daño o causarme problemas?

       Éstas son algunas de las muchas y muy perturbadoras preguntas que se harán a sí mismas las víctimas de la falta de entrega o lejanía atencio-afectiva de los distantes.

       ¿Y qué nos revela esta circunstancia?

       En primer lugar, lo muy intensamente que los distantes capturan la atención y absorben la energía vital de sus víctimas, sin tener para ello que mover un solo dedo.

       Y, en segundo lugar, la amplia variedad de sentimientos de rechazo, infravaloración y desamor personales que los distantes instigan a desarrollar a sus víctimas. Razón por la que, a estas últimas, no les resultará nada fácil advertir cómo absorben su energía vital; ya que, desde su distanciamiento, les inspiran sentimientos y focos de preocupación mucho más apremiantes.

Los distantes consiguen sentirse muy seguros y arropados al absorber la energía vital y afectiva de quienes les rodean y sentir que lo tienen todo bajo control. Y también porque alejan de su conciencia cualquier pensamiento o sentimiento que los conduzca al reconocimiento de sus carencias o defectos. Pero precisamente ahí radica su ruina. Se aíslan en su autosuficiencia egoísta y se impiden amarse a sí mismos ––aceptando y transcendiendo sus limitaciones–– y a quienes les rodean ––negándoles su atención y afecto––.

Mantener relaciones estrechas ––sobre todo de índole afectivo-sexual–– con individuos acentuadamente distantes, puede resultar extremadamente hiriente a nivel afectivo; ya que su nivel de entrega y correspondencia atencio-afectiva será, en el mejor de los casos, insuficiente. Motivo principal por el que debemos comprender que, lo que realmente los instiga a mantenerse distantes incluso de sus seres más allegados, no es el hecho de que estos no sean merecedores de su atención o afecto, sino el de que en su día se sintieron decepcionados y heridos por otras personas y ahora son incapaces de confiar y de abrirse a las que ahora se cruzan en su camino.

       Los distantes, por su parte, necesitan comprender que no todas las personas van a hacerles daño o a maltratarlas. Y, por descontado, que son ellos quienes, protegiéndose de sus miedos mediante su falta de entrega atencio-afectiva, infringen a quienes les rodean los mismos daños o formas de maltrato que ––según interpretaron–– a ellos les fueron infringidos.

Las estrategias de conducta o formas de reclamación atencional de los distantes, instigarán a otras personas a comportarse no solo como pesados ––tal y como ya vimos en el capítulo dedicado a estos últimos––, sino, también, como demostrativos o dependientes, dependiendo de si se resisten o no a sentirse indignas de su atención.

        Si los distantes hacen por mostrarse indiferentes o insensibles ante otras personas, no ha de sorprendernos que éstas intenten demostrarles que sí merecen su atención. Por lo que tampoco tendrá que sorprendernos que, de no conseguirlo, desarrollen un elevado grado de dependencia afectiva hacia ellos. Así que, en lugar de culparlas por esperar “tanto” de ellos e inspirarles sentimientos de falta de libertad o incluso agobio o asfixia[1], debieran mirarse más a sí mismos y ver qué es lo que hacen ––o no hacen–– para provocarles tales niveles de mendicidad atencio-afectiva[2]. Porque al inspirarles sentimientos de rechazo, desvalorización y desamor para consigo mismas, también las instigan a transferirles los sentimientos contrapuestos. Y, obviamente, en la misma medida que sus víctimas les transfieran sus sentimientos de aceptación, valorización y amor propio, tampoco podrán evitar desarrollar y transferirles el sentimiento de que su bienestar afectivo dependerá de la atención que les confieran. Motivo por el cual les resulta tan difícil alejarse de ellos[3].

Dependiendo de sus formas y niveles de distanciamiento o insensibilidad, estos individuos encarnan algunos o muchos de entre los siguientes arquetipos o roles de conducta:

El de los ausentes y/o concisos:

       Estos son los típicos individuos que, pese a hallarse físicamente presentes, dan la impresión de mantenerse excesivamente ajenos a sus interlocutores; actuando como si no les importase ––o apenas les importase–– nada de lo que pudieran hacer o decir.

       No es, pues, de extrañar, que apenas se molesten en abrir la boca para responder a los comentarios o preguntas que les hagan. 

El de los fríos o indiferentes:

       Muchos distantes, cuando otras personas tratan de hacerles ver que su forma de conducta no es la adecuada y que si siguen comportándose así pondrán en riesgo la relación que tienen con ellas, reaccionan con una fría indiferencia: “Bueno, pues esto es lo que hay. Yo soy así. Si te gusta bien y, si no, también”. Cómo si no les importase lo más mínimo perder el contacto con aquellas personas con las que tienen vínculos más o menos estrechos. Simplemente, no están dispuestos a ceder en lo más mínimo; son los demás los que tienen que adaptarse a ellos y no al revés. Porque ellos no necesitan a nadie.

El de los guerreros de la negación:

       “¿Si nadie me dio a mí lo que necesitaba, por qué tendría yo ahora que darle nada a nadie?”. O, en los casos de maltrato reales y más extremos: “si fui obligado a dar a la fuerza y pretendieron dañarme y hacerme sentir humillado y rebajado por ello, ¿por qué no habrían de pretender lo mismo quienes ahora dicen necesitar cosas de mí?”

       Estos son los razonamientos conscientes, subconscientes o incluso inconscientes que, a algunos distantes, les lleva al punto de resistirse o negarse rotundamente a dar lo que otros les piden.

       Por ejemplo: si los distantes tuvieron padres desmesuradamente despóticos que los obligaban a hacer todo lo que querían sin ni tan siquiera aportar razones para ello ––convirtiéndolos en sus “esclavos”––, luego podrían convertir cualquier tipo de petición que alguien les haga en una encarnizada batalla en pos de demostrar lo contrario de lo que en si día sintieron: que ellos hacen lo que les viene en gana cuándo y cómo quieren hacerlo.

       O, de haber sufrido abusos de índole sexual en su infancia, podrían ofrecer muchas resistencias a la hora de satisfacer las necesidades sexuales de sus parejas; ya que tales peticiones los conectarían ––así fuese consciente, subconsciente o inconscientemente[4]–– con las heridas y sentimientos de humillación sufridos en el pasado, y sus mecanismos de defensa se activarían poniéndoles como gatos panza arriba. 

El de los sombríos y/o malhumorados:

       Muchos distantes tienen impreso en su rostro su enfado original y traumático con el mundo. Estos individuos se resisten a dar muestras de simpatía o calidez. ¿Por qué iban a hacerlo si la interpretación de que todos están en su contra quedo grabada a sangre y fuego en su alma?

       Y mejor que no hayan tenido un mal día en la oficina, porque harán pagar por ello a todo aquel que se cruce en su camino.

        Estos sujetos poseen una enorme capacidad para inspirar sentimientos de culpa ––y temor al castigo–– a quienes se hallan en su entorno; como si estos últimos fuesen los responsables de todos sus problemas. Con o sin razón ––normalmente sin ella––, se enfadan con mucha rapidez y se desenfadan con muchísima lentitud.

El de los “inarrepentidos”:

       Para encubrir los sentimientos de inadecuación y culpa que desarrollaron al sentirse ignorados o maltratados por sus primeros referentes afectivos, los distantes actúan como si fuesen perfectos. Por lo que no es de extrañar que, a muchos de ellos, les cueste un tremendo esfuerzo reconocer sus errores. Según su pasada e hiriente experiencia, tal reconocimiento haría sentir justificadas a otras personas para volver a ignorarlas, maltratarlas o castigarlas.

       Al negar sus sentimientos de inadecuación y culpa, estos individuos consiguen su objetivo: distanciarlos de su consciencia y de las de quienes se dejen enredar por sus máscaras de arrogancia al respecto. Si bien la negación de sus sentimientos de inadecuación o culpa, también les niega la posibilidad de madurarlos y de encontrar formas de comprensión o perdón respecto a sí mismos. Y si ellos no son capaces de comprenderse o perdonarse en sus defectos… ¿Por qué habrían de esperar que otros lo hicieran?            

El de los insensibles o despiadados:

       En la misma medida que los distantes se aíslan o insensibilizan respecto a sus propios sentimientos de vulnerabilidad o necesidad atencio-afectiva, comienzan a comportarse respecto a otras personas como si éstas estuviesen igualmente acorazadas frente a los mismos. Por lo que no es de extrañar que actúen o digan cosas ––en muchas ocasiones incluso sin llegar a darse cuenta de lo que hacen–– que dañen los sentimientos ajenos.

 El de los vampiros afectivo-sexuales:

       Todos los distantes se convierten en vampiros afectivos. Pero los que a este respecto se llevan la palma, son aquellos que, aun conociendo sus limitaciones a la hora de entregarse afectivamente, igualmente se involucran en relaciones de pareja. Desde su falta de apertura o entrega afectiva, el efecto reloj de arena obliga a sus amantes a transferirles una cantidad de energía afectiva mucho mayor del que ellos les transferirán a cambio. Más tarde o más temprano, quienes mantengan vínculos de pareja con estos sujetos, desarrollaran sentimientos de desamor, rechazo y no correspondencia afectiva que los abocarán a vivir la relación como un verdadero infierno. Y, aunque para cubrirse las espaldas, la mayoría de estos distantes optan por buscarse a personas a las que no sienten lo suficiente con la intención de establecer con ellas relaciones de índole puramente sexual, esto no evita que el efecto reloj de arena induzca a estas últimas a transferirles una gran cantidad de energía afectiva que no es correspondida.

       Los compañeros de cama de estos sujetos, están abocados a terminar exigiendo mucho más de lo establecido en los contratos vinculados a relaciones puramente sexuales; con lo que no conseguirán sino que inspirar en estos últimos una mayor necesidad de distanciamiento que, salvo en muy raras excepciones, se traducirá en el abandono.

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Otras obras completas del autor:

EL GRAN MAPA de consciencia DEL AMOR y las relaciones

Llamémosles… ellos

Drácula: Adaptación teatral

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[1] Ver el capítulo dedicado a los dependientes

[2] Del mismo modo que las personas que tienden a ponerse pesadas o a desarrollar por sí mismas niveles de dependencia particularmente acentuados, no deben de apresurarse a la hora de señalar como distantes a todos aquellos individuos que se comportan como tales al relacionarse con ellos; ya que no debemos de olvidar que el distanciamiento también puede ser una forma de conducta totalmente natural y más que justificada, cuando de lo que se trata es de defender la energía vital y sentimientos de libertad/independencia propios frente a quienes reclaman atención o afectividad con demasiada insistencia.

[3] Paradójicamente, cuanta menor es la atención o peor es el trato que los distantes ofrecen a sus víctimas, más difícil les resultará hacerlo; ya que mayor será la cantidad de sentimientos de amor propio que les transferirán. No en vano existe un gran número de personas que, pese a ser maltratadas por sus conyugues, se muestran incapaces de alejarse de ellos.

[4] Dependiendo del grado de su recuerdo de la experiencia sufrida.