Modelos “amorosos” fundamentales: el dependiente y el distante.

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líderes y seguidores

Modelos “amorosos” fundamentales: el dependiente y el distante.
EL GRAN MAPA (de consciencia) DEL AMOR (y de las relaciónes).

Los modelos “amorosos” fundamentales son los del dependiente y el distante..

El proceso de jerarquización energética que tienden a producirse naturalmente cuando dos personas inician un vínculo, empuja a uno de ellos a sentirse más “amado” por el otro de lo que este último se siente amado por él. Si bien en estos casos podemos suplantar el término “amado” por “necesitado”. De manera que diríamos que en todo vínculo, siempre hay un miembro del mismo que necesita más al otro de lo que este último lo necesita a él.

El miembro del vínculo que necesita más del otro, es el que interpretará respecto a este último el rol de modelo “amoroso” seductor tipo dependiente en pos del modelo “amoroso” objeto de deseo tipo distante. Y aquel que necesita menos al otro de lo que este último lo necesita a él, interpretará el modelo “amoroso” seductor tipo distante en pos del modelo “amoroso” objeto de deseo tipo dependiente.

Se reconozca o no, en una relación entre dos personas, siempre ––o casi siempre–– hay una que ejerce el rol de líder, y otra el de seguidora; siempre hay una que es admirada por la otra, mientras que esta última se siente ignorada o no tenida en cuenta por la primera; siempre hay una que se siente como la salvadora o la que ha de ayudar a la otra, mientras que esta última se siente como la salvada o la que ha de ser ayudada por la primera; siempre hay una que se siente más segura del “amor” de la otra”, y otra que se siente más insegura a este respecto. Y estas dos personas con sus referidas formas de conducta e interpretación, son las distantes y dependientes de cada relación, respectivamente.

A nadie debe de extrañar que el líder o dominante en un vínculo, sea el que se sienta más seguro del “amor” del otro. Pues siempre que exista un conflicto entre la voluntad del uno y del otro, tenderá a ser siempre el que se sienta más seguro del “amor” del otro el que se mantenga más firme en sus pretensiones ––o distante de las ajenas––, mientras que el que se sienta menos seguro del “amor” del otro, tenderá a quebrarse y ceder con más facilidad ante las pretensiones de este último por temor a dejar de ser “amado” por él.

Lo mismo sucede al hablar de salvadores y salvados. Los que se sienten más seguros del “amor” del otro, se sienten en una posición de mayor confianza en sí mismos. Y eso facilita que sean ellos los que se pongan en la posición de salvadores de su amante. Algo que llega a suceder, incluso en los casos de individuos distantes y a un mismo tiempo parásitos que, literalmente hablando, viven del trabajo y economía de sus parejas. Pues de la ayuda o salvación de la que aquí se está hablando no es de índole material, sino psico-afectiva. Pudiendo, pues, darse este tipo de paradójicos casos, en los que es el miembro del vínculo que, como si de un niño pequeño se tratase, vive del otro, el que actúa y es tenido en cuenta por este último como el salvador o modelo a seguir.

Si nos detenemos a observar o recordar el vínculo que nuestros padres mantienen ––o mantenían–– entre sí, no tardaremos en reconocer cuál de ellos es ––o era–– el dominante o distante psico-afectivo, y cuál el dominado o dependiente. Y, mientras que no llegue a producirse la rotura de nuestro modelo “amoroso” ––si acaso ésta llega a producirse[1]––, comprobaremos que, dependiendo de a cual de nuestros padres nos parezcamos más, al distante o al dependiente,  interpretaremos respecto a nuestras propias parejas los roles de distantes o dependientes, respectivamente.  Es decir que, o bien manifestaremos el modelo “amoroso” seductor del distante en pos de la captura de atención del modelo “amoroso” objeto de deseo dependiente, o haremos justo lo contrario.

A menores diferencias entre los sentimientos de seguridad de cada miembro de un vínculo ––sea de pareja, de amistad o de cualquier otra índole–– de ser amado por el otro, mayor será el grado de amor existente en dicho vínculo; ya que el amor nada tiene que ver con ponerse por abajo o arriba o sentirse más o menos que nadie, sino, por el contrario, en ponerse o sentirse al mismo nivel que los demás, independientemente de las muchas diferencias que puedan ser establecidas entre cada una de las personas comparadas.

El amor no ve diferencias, sino reflejos o complementos de uno mismo, o incluso de un mismo todo. Jamás puede conducirnos a sentirnos más o menos que nadie. Son nuestros vacíos afectivos e inseguridades personales los que, dependiendo de si se manifiestan abierta o encubiertamente, esto es, mediante complejos de inferioridad o superioridad[2], respectivamente, los que alejan a nuestras consciencias de la igualdad impuesta por la energía del amor que rige la vida y el Destino.

Para aprender a amar, necesitamos romper con estos falsos modelos amorosos[3], los del distante y el dependiente, que nos ponen en posiciones de superioridad e inferioridad respecto a aquellas personas con las que nos vinculamos. Y este es un trabajo que debiera de ser realizado de forma mancomunada entre los dos integrantes de cada vínculo. Porque tal y como iremos viendo a lo largo de esta obra, del mismo modo que los distantes incitan al desarrollo de dependencia a quienes se vinculan con ellos, los dependientes les incitan al desarrollo de la necesidad de distanciamiento. En consecuencia, aunque un individuo no se comporte de un modo particularmente dependiente o distante, igualmente lo hará si comienza a vincularse con otro que si se comporte de un modo particularmente distante o dependiente, respectivamente.

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