Los vacíos afectivos y la espera de lo imposible en las relaciones

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vacíos afectivos

LOS VACÍOS AFECTIVOS Y LA ESPERA DE LO IMPOSIBLE EN LAS RELACIONES.
EL MAPA (de consciencia) DEL AMOR (y las relaciones).

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Qué fácil resulta decir “mi pareja tiene la culpa de todo”: mi pareja me maltrata; me pone los cuernos; no tiene en cuenta mis sentimientos; no me presta atención; es muy dependiente y me hace sentir asfixiado; me monta unos pollos increíbles debido a sus ataques de celos; etcétera.

En cambio, qué difícil resulta preguntarse “¿por qué se lo consiento?”: ¿por qué consiento que me insulte, humille o golpee?; ¿por qué consiento sus mentiras e infidelidades?; ¿por qué consiento su insensibilidad y faltas de consideración hacia mis sentimientos?; ¿por qué consiento sus faltas de entrega o correspondencia atencio-afectiva?; ¿por qué consiento que no me haga ni puñetero caso?; ¿por qué consiento que se cuelgue de mí y me haga sentir asfixiado, falto de libertad o responsable de la resolución de sus problemas?

En definitiva: ¿por qué nos consentimos a nosotros mismo el mantenimiento de vínculos que sabemos enfermos y dañinos tanta para nosotros mismos como para aquellas personas a las que se supone que tanto queremos?

La respuesta más típica a esta pregunta es: “porque esperaba que mi pareja cambiara”.

¿Esperabas que cambiara? ¿De verdad?

¡Venga, va! Pero si en el fondo, o quizá incluso ni siquiera tan en el fondo, sabías que no cambiaría.

Solo necesitamos un mínimo de honestidad para con nosotros mismos para reconocerlo. Pero qué difícil se hace tener que decirnos a nosotros mismos “no va a funcionar”. Cuánto nos cuenta reconocer que no hemos encontrado a la persona con la que podremos vincularnos adecuadamente.

Queremos creer que las personas con las que nos vinculamos van a cambiar, cuando en realidad sabemos que no lo harán.

¿Qué estupidez no?

Pues sí, pero nuestros vacíos afectivos se alimentan de este tipo de vanas esperanzas; vanas esperanzas que, por descontado, además de contribuir al engrandecimiento de tales vacíos, también nos conducen al alargamiento de vínculos insanos y a la experiencia de continuas decepciones.

Nuestros sentimientos de vacío afectivo nos han convertido en grandes peticionarios de peras al olmo. Hacemos oídos sordos a nuestra intuición y nos pintamos el mundo de color de rosa. Y así podemos pasarnos meses, años, y vidas enteras embarrados en relaciones tóxicas solo por ser incapaces de amarnos a nosotros mismos debidamente. Si lo hiciéramos, disfrutaríamos de nuestra soledad y seríamos capaces de reconocer estar mucho mejor solos que mal acompañados. Jamás venderíamos ––más bien prostituiríamos–– nuestros cuerpos y almas a tan bajo coste.

Las personas no cambian porque  otras se lo pidan. Ni siquiera porque ellas mismas lo deseen. Si han de cambiar, lo harán cuando les llegue el momento. Y, desgraciadamente, ese momento no tiende a sincronizarse con los tiempos y voluntades de los implicados. Cuando se ve que el vínculo no va a funcionar, lo más sabio es cortarlo por lo sano.

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