Los problemas en las relaciones son siempre cosa de dos… ¡Y en el fondo lo sabemos!

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Los problemas en las relaciones son siempre cosa de dos…
¡Y en el fondo lo sabemos!
El gran mapa (de consciencia) del amor (y las relaciones).

Si dos no colaboran mutuamente de una u otra forma, es imposible que un vínculo se arraige y prospere a lo largo del tiempo.

Culpar a nuestras parejas del daño que nos hacen o nos hicieron, o de lo mucho que nos hacen o hicieron la vida imposible, tiene muy poco sentido, debido a que todos poseemos un sentido de la intuición que siempre nos indica a quién tenemos delante exactamente. Y aunque es comprensible que al principio nos cueste distinguir entre lo que es nuestra intuición mostrándonos la realidad, y lo que son nuestras proyecciones mentales-egoístas mostrándonos aquello que más nos interesa interpretar… ¿Cómo podemos, pasados varios meses o incluso años después del inicio de nuestras relaciones, continuar culpando a nuestras parejas de los problemas que nos causan? ¿Acaso es que no tuvimos tiempo y percepciones intuitivas más que de sobra para saber cómo era cada cuál? ¿Y acaso no sabemos que la cabra tira al monte?

Debemos ser honestos con nosotros mismos y reconocer que, si nos mantenemos al lado de una persona, es porque queremos. Nadie nos pone una pistola en la cabeza para obligarnos a permanecer junto a otra persona. Ni siquiera a las llamadas mujeres maltratadas cuyos “amantes” las intimidan y amenazan incluso de muerte cuando éstas insinúan o hablan de ir a dejarlos. ¿Qué les pasa a estas mujeres? ¿Acaso pasan todo su tiempo a solas con sus “amantes” de forma que no pueden pedirle ayuda a nadie?  No, ni siquiera en casos tan extremos como estos puede nadie echar balones fuera para culpar a sus “amantes” de sus problemas. Estas mujeres consienten el trato que reciben y la forma de vida en pareja que tienen porque algo en su interior les empuja a hacerlo; así sea de forma consciente, subconsciente o inconsciente.

Como ya vimos anteriormente, son siempre nuestros vacíos afectivos los que, como poco, nos abocan a consentir que otras personas nos brinden formas de trato totalmente indeseables. Se dan casos de personas que prefieren ser maltratadas psicológica, afectiva o incluso físicamente por otras, antes que enfrentarse a la idea de no tener a nadie en este mundo.

Si bien lo más curioso es… ¿A nadie que qué?

       ¡A nadie que las “ame”!

       Prefieren sentirse tóxica, dañina o enfermizamente amadas por otras personas, antes que no sentirse amadas en forma alguna. Prefieren permanecer mal acompañadas que solas. Son capaces de hacer cualquier cosa solo por no enfrentarse a sus sentimientos de soledad. Se acuestan con personas que no les atraen sexualmente; toleran que las ignoren y ninguneen; que las menosprecien e insulten; que las engañen y les sean infieles…

En definitiva, toleran lo que nadie en su sano juicio o, cuanto menos, en su sano afecto, debiera tolerar a nadie, mucho menos todavía a un supuesto amante.

Pero lo cierto es que, en la inmensa mayoría de ocasiones, hacemos mucho más que limitarnos a vender nuestras almas al diablo desde nuestros sentimientos de vacío. En casi todas ellas somos nosotros mismos los que, por norma general de un modo subconsciente, empujamos a nuestros amantes a ofrecernos el trato que nos dan.

¿Acaso puede una persona que alimenta su ego a base de demostrar a su “amante” lo muy digna de admiración que es, quejarse de que éste termine postrándose a sus pies y dependiendo de ella?; ¿puede una persona que no sabe vivir ni hacer nada sin su “amante”, quejarse de que éste se sienta asfixiado y falto de libertad e independencia a su lado?

Poder pueden quejarse, claro. Pero, obviamente, no se hallarían legítimamente justificados para hacerlo; ya que ellos mismos estarían instigando a sus “amantes” a comportarse de las formas referidas.

Igual que nos dejamos llevar por nuestros intereses egoístas para obtener de otras personas aquello que nos interesa de ellas, también hacemos lo propio para no asumir la responsabilidad y consecuencias de nuestros actos cuando deja de interesarnos.

Arrojamos la piedra y escondemos la mano. Nos presentamos ante nuestras pareja como sus salvadores, y luego nos quejamos de que necesite de nuestra ayuda, atención o incluso sola presencia para hacer prácticamente cualquier cosa. O cargamos la responsabilidad de nuestras vidas sobre nuestras parejas, y luego nos quejamos de que se cansen y alejen de nosotros.

Ni aquellos que van de líderes se hallan legítimamente justificados para recriminar a sus seguidores que dependan de ellos, ni los que van de seguidores se hallan legítimamente justificados para recriminar a sus líderes que se harten y alejen de ellos.

También se dan muchos casos en los que ni tan siquiera llegamos a obtener “beneficio” alguno antes de sentirnos perjudicados; ya que lo que nos sucede es que somos incapaces de controlar nuestros miedos al respecto de nuestros “amantes” y, cuando finalmente los atraemos, cargamos llenos de ira contra ellos, culpándolos de la materialización de “nuestros” temores.

       Por ejemplo: las personas que son muy celosas, lo son porque se infravaloran ante las demás. Y, como el ladrón cree que todos son de su condición, estas personas también piensan que sus “amantes” las infravaloran respecto a otras.

        A ojos de la persona celosa, su amante siempre preferirá a una tercera persona antes que a ella.

       Además, si es ella misma la que se infravalora ante otras personas… ¿con qué derecho se cree para recriminar a su amante el que éste, ilusoria o realmente, la ponga a ella en un segundo plano frente a terceras personas?

¿Acaso no sabemos que 2+2 suman 4?

       Claro que lo sabemos; solo que en infinidad de ocasiones no nos interesa saberlo.

       En el fondo, siempre sabemos cuáles serán las consecuencias de nuestros actos. Pues sabemos estar llenos de semillas que, sí o sí, más tarde o más temprano tendrán que dar su fruto.

        Que sean frutos sabrosos o asquerosos, apetecibles o desapetecibles, dependerá del cuánto nos esforcemos por mantenernos en todo momento conscientes de lo que somos… para así tener verdadero control sobre lo que sembramos y, consecuentemente, sobre lo que recogemos.

La solución a cualquiera de estos y muchos otros problemas que plantean nuestras relaciones con otras personas ––no solo las de pareja––, no pasa por señalar al otro como el culpable y esperar que cambie o haga algo al respecto. Somos nosotros los que tenemos que cambiar aquello que nos aboca a recibir formas de trato que no deseamos. Si conseguimos hacerlo y, pese a ello, continuamos sufriendo un trato esencialmente parecido, llegará el momento de señalar al prójimo y esperar que también él reaccione honesta y constructivamente. Aunque resulta muy difícil encontrarse con personas que realmente se hallen dispuestas a trabajar consigo mismas para acrecentar sus niveles de consciencia y aprender a amar dignamente. Así que, en caso de no encontrar esta forma de correspondencia en nuestros aquellas personas con las que nos vinculamos, llegará el momento de plantearse si nos merece la pena o no mantener tales vínculos.

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