Los pesados, y sus formas de reclamación atencional más habituales. El puente de la atención. Capítulo 14

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Los pesados, y sus formas de reclamación atencional más habituales.
El puente de la atención. Capítulo 15.

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Los pesados son aquellos individuos que, sin venir a cuento, fuerzan a quienes les rodean a conferirles un elevado grado de atención. Si los hacen sentirse forzados a ello, es porque se la reclaman muy insistentemente y de formas muy poco estimulantes.

       Siempre que caigamos bajo el influjo de alguien que se ponga pesado, podremos observar que quien en realidad se pondrá pesado ––esto es, en el sentido literal de la palabra––, seremos nosotros mismos, y no nuestro tan obstinado demandante atencional. Al vernos forzados a conferirle semejante grado de atención, también le transferiremos una gran cantidad de energía vital y, como consecuencia de ello, iremos sintiéndonos cada vez más debilitados y, por lo tanto, más y más pesados.

       De ahora en adelante, siempre que caigamos en las redes de cualquiera de estos individuos, dispondremos de una gran oportunidad para reconocer tanto los flujos de energía vital que sobre estos últimos transferiremos, como las consecuencias desgastantes o debilitadoras que su transferencia habrá de ocasionarnos. Por el contrario, si somos nosotros quienes nos ponemos pesados, de lo que dispondremos será de la oportunidad para reconocer los flujos de energía vital que nos transferirán, así como las consecuencias revitalizantes que su recepción nos ocasionará.

A lo largo de este capítulo, describiremos algunos de los roles de conducta o formas de reclamación atencional que, más habitualmente, emplean los pesados con la intención ––en la inmensa mayoría de los casos, subconsciente–– de absorber la energía vital de sus víctimas.

La forma de reclamo atencional que más comúnmente emplean los pesados, es la que los aboca a interpretar el rol de parlanchines.

       Los parlanchines son aquellos que acostumbran a dejarse llevar por unos ataques de verborrea de origen aparentemente inexplicable; pero que, a estas alturas de la obra, de inexplicable tienen más bien poco. Individuos a los que, en muchas ocasiones, para tratar de quitárnoslos de encima, les decimos: ¡¿Es que nunca te cansas de hablar?!

       Nada más lejos de la realidad: al capturar tan insistentemente la atención de sus interlocutores, consiguen que les transfieran ostensibles cantidades de energía vital y, por lo tanto, se sienten cada vez más crecidos y estimulados para prolongar sus cansinas peroratas.

       Seguramente todos habremos tenido ocasión de comprobar, cómo algunos de estos sujetos llegan al extremo de, cuando ya no se les ocurre nada más que decir, como si de emisoras de radio vivientes se tratasen, se limitan a dar voz a sus pensamientos conforme acuden a sus mentes, sin mostrar el más mínimo grado de consideración incluso hacia quienes intentan concentrarse en cualquier otro quehacer.

Los pregoneros son aquellos que se ponen pesados, a base de hablar empleando un volumen de voz mucho más elevado de lo necesario para ser escuchados por sus verdaderos contertulios. Volumen de voz del que se sirven no solo para forzar a estos últimos a conferirles un mayor grado de apertura atencional, sino, también, para obligar a todas aquellas personas que se hallan en su radio de acción sonoro, a conferirles un grado de atención que, en condiciones normales, no tendrían por qué conferirles.

       Estos sujetos se comportan como si en lugar de estar hablando o manteniendo una conversación con otra persona, estuviesen pregonando mercancía por la calle para que todo el vecindario los escuchase.

Los pregoneros parlanchines son aquellos individuos que, además de hablar por los codos, lo hacen hablando a voces; lo que los convierte en sujetos todavía más cansinos e insoportables.

Los preguntones, son aquellos que, cuando no se les ocurre nada mejor que hacer, someten a otras personas a unas no menos innecesarias que constantes preguntas. Así que, además de empujarlas a experimentar sensaciones de acorralamiento atencioenergético fuera de lugar y sentido ––al igual que hacen los parlanchines––, también las empujan a sentirse forzadas a responder puras banalidades, o incluso a sentirse culpables en caso de ignorarlas o dejarlas sin respuesta.

Los parlanchines preguntones son los que además de no dejar de hablar, a cada momento preguntan a sus oyentes si comprenden lo que les están diciendo.

       Esta es una pauta de comportamiento o reclamo atencional particularmente vampírica. Pues, estos individuos, pese a, cuanto menos, intuir lo poco o nada que a su interlocutor interesa el tema de conversación que insisten en proponer, no tienen o no quieren tener la consideración de detenerse a procesarlo mentalmente. En caso contrario, se verían instigados a refrenar los que suelen ser sus impulsos puramente egoístas o demostrativos. De hecho,  insisten en preguntar una vez tras otra si se comprende lo que están diciendo para compensar el grado de distanciamiento u oclusión atencional que perciben en las víctimas de sus desgastantes monsergas.

Los reclamadores de sonrisas son aquellos individuos que se comportan como si todo lo que dijeran debiera resultar rematadamente gracioso a sus interlocutores. Tienden a acompañar sus intervenciones ––presuntamente divertidas––, con unas artificiosas carcajadas y miradas de complicidad en extremo atenazadoras, de las que se sirven para empujar a sus interlocutores a caer en la molesta hipocresía de devolverles una sonrisa forzada. En caso contrario, estos últimos tenderán a sentirse desatinadamente culpables. No podrán evitar conjeturar que, pese a lo cansinos que estén poniéndose sus interlocutores, estos albergarán buenas intenciones. Al fin y al cabo, se supone que pretenderán divertirlos. En consecuencia, en cuanto alberguen la más mínima intención de ignorarlos o desairarlos para intentar librarse de ellos, sus sentimientos de culpa saldrán a relucir de inmediato para refrenar sus, más allá de las apariencias, muy justificados impulsos defensivos. Por consiguiente, a las víctimas de estos individuos, les resultará particularmente difícil llegar a sentirse justificadas para mandarlos a freír espárragos.

Una variante mucho más elaborada que la de los reclamadores de sonrisas, es la de los traviesos.

       Los traviesos, valiéndose sobre todo de insinuaciones irónicas o cargadas doble de sentido, igualmente aprietan a sus interlocutores con su mirada ––de la que tiende a rezumar un intrigante destello que invita al reconocimiento de sus ingeniosas intervenciones–– en busca de sus sonrisas. Estos sujetos, en una primera instancia, sí acostumbran a resultar divertidos, pero si no hacen por poner freno a sus acometidas, terminan resultando tan cansinos como los reclamadores de sonrisas.

 

Los discos rayados, son los que tratan de llamar insistentemente la atención en plan monotemático; vale decir, repitiendo siempre las mismas cosas.

       Los discos rayados suelen ser individuos no muy inteligentes o de carácter muy infantil ––no en vano, ésta es una de las formas de reclamación atencional que, más habitualmente, observaremos emplear a los niños––.

También están aquellos que, en lugar de utilizar una sola de entre estás formas de reclamo atencional para ir picoteando de la energía vital de sus interlocutores, alternan alegremente de una a la otra. Ahora comentan esto, luego preguntan aquello otro antes de volver a hacer algún otro comentario no menos fuera de lugar que el primero; después se animan a lanzar alguna que otra estéril bromita a la espera de que sus acompañantes les sigan el rollo y les den alguna muestra de lo graciosa que les ha resultado; y así se la pasan, erre que erre, forzando a quiénes les rodean a conferirles una vacua y continua atención. Hasta conseguir que los niveles de energía vital de estos últimos acaben a ras del suelo, o incluso hasta que, hastiados ya de sus constantes acometidas, procedan a mandarlos a tomar viento.

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4 Comentarios

  1. Gracias me ha gustado mucho este articulo sobre el vampirismo. ¿Quien no es vampiro en un momento dado y quien no se refleja en este texto como que es vampirizado?
    Tengo un olfato especial para comprobar cuando estoy siendo vampirizada, no del mismo modo cuando vampirizo ¡Claro!.
    Hay algo que podría añadir a este articulo y es “los vampiros de la pena”. Todo el día están contandote penas, desastres ecológicos, noticias de últimas horas, raptos, robos, asesinatos…. Para mi, estos son los peores!!!

    • Pues sí, Fátima, todos somos vampiros y vasmpirizados y sí, más fácil es ver la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio. Y sí, la autocompasión es otra forma de vampirismo de la que hablaré en capítulos más avanzados. De momento he hablado de aquellas formas de vampirismo que atentan más especialmente hacia la mera atención y energía vital de sus víctimas.Tiempo al tiempo y dejaré constancia de la mayoría de las formas más habituales de vampirismo que todo ser humano puede manifestar… Saludos.

    • La verdad es que no sé si tiene mucho sentido responder a una persona que considera mis argumentaciones inciertas, pero ahí va. Yo actualmente y, después de haber tomado mucha conciencia acerca de lo que es el vampirismo -y de mucho trabajo personal-, no practico ya de forma continuada -ocasionalmente es prácticamente inevitable- ninguna forma de vampirismo. Si bien en el pasado no tengo ninguna duda de que mi principal herramienta chupóptera fue la del vampirismo sentimental… hablaré de ella proximamente, después del capítulo dedicado al vampirismo por adhesión que estoy a punto de publicar. Quizá incluso hoy mismo.
      Y sí, claro que intento llamar la atención con mis escritos, pero cuánto menos en este caso concreto no hacia mi persona, sino hacia el contenido de los mismos.
      Un cordial saludo.