Protección energética.

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Protección energética

Un Jedi utiliza la fuerza como ciencia y para defensa, nunca para atacar”

 .                                                                                                                                  .  Yoda 

A lo largo del transcurso de esta obra, hemos comprobado que son muchas y muy variopintas las estrategias o formas de conducta o reclamación atencional que empleamos para ––en la gran mayoría de los casos, subconscientemente–– absorber o manipular la energía de nuestros semejantes.

Ha llegado el momento de explicar qué medidas podemos tomar para evitar que se produzcan estas formas de abuso energético; tanto en aquellos casos en los que seamos nosotros quienes actuemos en perjuicio de la energía de quienes nos rodean, como en aquellos en los que sean estos quienes hagan lo propio en perjuicio de la nuestra.

En los primeros casos la solución es harto sencilla. Una vez que, mediante el ejercicio de nuestra honestidad, reconozcamos qué hacemos a este respecto, pondremos de nuestra parte para dejar de hacerlo. Así de simple.

Por ejemplo:

Si reconocemos haber desarrollado el hábito de hablar por los codos sin tener en cuenta el interés que otras personas muestren por nuestras palabras, tendremos que aprender a mantenernos callados.

Si nos hemos acostumbrado a compadecernos de nosotros mismos para instigar a otras personas a que hagan suyos nuestros problemas y se esfuercen por ayudarnos a resolverlos, dejaremos de hacerlo.

Si tenemos por costumbre realizar innecesarias demostraciones de superioridad o valía personal, permaneceremos atentos para refrenar tales impulsos demostrativos.

O si hemos desarrollado el hábito de mantenernos innecesariamente distantes, tendremos que esforzarnos para, en la medida que nos sea posible, crear un ambiente de proximidad superior al acostumbrado.

Al refrenar nuestras formas de reclamación de índoles vampíricas, también evitaremos que nuestros interlocutores, sintiéndose instigados ––así sea consciente o subconscientemente–– a pelear por la energía en liza, manifiesten otras formas de reclamación atencional complementarias a las nuestras; como, en el primero de los casos ejemplificados pudieran serlo formas de distanciamiento; en el segundo, formas demostrativas o de distanciamiento; en el tercero formas de dependencia o distanciamiento; y, en el cuarto, formas de pesadez, dependencia, o demostrativas. E, incluso, en todos ellos, cualquier clase de respuesta agresiva. Pues a ninguna persona tiene porqué gustarle que nos pongamos pesados, que la carguemos con la responsabilidad de la resolución de nuestros problemas, que nos mostremos superiores o más valiosas que ella, ni que la ignoremos o la mantengamos siempre en un segundo plano atencional. Por lo que, bien pudiera reaccionar irascible o violentamente ante cualquiera de tales formas de conducta.

La cosa se complica cuando son otros individuos los que manifiestan formas de reclamación atencioenergéticas de índoles vampíricas o abusivas hacia nosotros. Debido a que, el que estos últimos reconozcan lo que hacen ––y, no menos importante, quieran hacer algo al respecto––, no dependerá tanto de nosotros como de ellos mismos. Aunque esto no significa que no podamos hacer nada para ayudarlos a reconocer su actitud y actuar en consecuencia.

El amor es la clave: la comprensión.

Es desde una actitud de comprensión profunda, libre de juicios e ira, que debemos tratar de señalar lo que hacen a quienes abusan del empleo de conductas vampíricas en nuestra presencia; ya que, en caso contrario, no conseguiríamos sino que ponerlos a la defensiva y, con ello, complicar todavía más la resolución del conflicto.

Esto es todo lo que podemos hacer para guiar a un individuo hacia su verdad interior: hacer acopio de toda nuestra capacidad de tolerancia y comprensión para explicarles lo que hacen sin por ello incitarlos a sentirse juzgados o atacados.

Lo que el individuo en cuestión haga luego al respecto, dependerá de su libre albedrio. Si reacciona positivamente y, mucho más importante, persevera a este respecto, sabremos que tenemos ante nosotros a una de esas personas que merecen la pena. Porque se esfuerza por desarrollar su personalidad mirando desde su corazón, y no desde la voracidad de su egoísmo. Y, si, por el contrario, reacciona negativamente, tendremos que plantearnos la posibilidad de mantener la distancia con ella, siempre y cuando no deseemos continuar cayendo presas de sus formas de reclamación atencional de índoles vampíricas.

Sin embargo puede suceder que no nos hallemos en disposición de mostrar lo que hace a nuestro avasallador energético en las condiciones referidas; bien porque no tengamos el suficiente grado de confianza con él para sacar a colación un tema tan delicado, o porque no encontremos en nuestro interior la actitud necesaria para ello. Y, por supuesto, también nos toparemos con sujetos que no reaccionarán a nuestras observaciones como cabría esperar, y de los que no podremos alejarnos pese a lo mucho que nos gustaría; como, por ejemplo, podría sucedernos con algún compañero de trabajo, o con cualquier otro individuo con el que igualmente nos viésemos obligados a compartir un mismo espacio durante más tiempo del deseado.

En cualquiera de estos últimos casos ––u otros similares––, lo único que nos quedaría por hacer con el propósito de proteger nuestra energía sin para ello tener que pasar a lo ofensiva, sería usar alguna técnica que nos ayude a cerrar a voluntad nuestro grado de apertura atencional. Solo así conseguiríamos distanciarnos atencioenergéticamente de tan desconsiderados individuos.

Las razones primordiales por las que nos resultará de gran utilidad aprender a limitar nuestro grado de apertura atencional, son, fundamentalmente, dos: proteger nuestros niveles de energía cuando nuestros interlocutores se pongan injustificadamente pesados o absorbentes; e impedir que la mengua de nuestra capacidad de iniciativa o reacción ––invariablemente vinculada a la de nuestra energía vital––, facilite a estos el manipularnos o arrastrarnos hacia situaciones o tomas de decisiones que no se ajusten a nuestra voluntad.

Estas últimas son, básicamente, las únicas razones que, salvo muy rara excepción, nos conferirán un derecho verdaderamente legítimo a la hora de emplear cualesquiera de las técnicas que serán expuestas a continuación; ya que no debemos olvidar que, debido al efecto reloj de arena, siempre que interactuamos con otras personas y ocluimos o retraemos nuestra atención más intensamente de lo que éstas lo hacen, empujamos a, cuanto menos, su energía vital, a caer de nuestro lado. Con lo que quiero dar a entender que, todo lo que implique utilizar estas técnicas no con el objeto de proteger nuestra energía, sino con el de alimentarnos o aprovecharnos de la ajena, nos convertirá en vampiros energéticos conscientes

La primera técnica consiste en…el_puente_de_la_aten_cover_for_kindle

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