El sueño de Nazae VI. Pequeño.

0
214
hobbit

.

Colabora como lector con la creación de esta obra

La familia Homel, que vivía en una pequeña granja a orillas de un manso riachuelo en el extremo occidental de El Bosque de Limos, nunca antes tuvo ocasión de ver con sus propios ojos a un halfling hasta el día de ayer, cuando a última hora de la tarde la niña Catlin, que tenía diez años recién cumplidos, regreso a casa corriendo con los ojos bañados en lágrimas diciendo que había visto a un niño muerto en el bosque. Su padre, Walter Homel, la acompañó hasta el lugar donde lo había visto para, asombrado, descubrir que aquel niño era en realidad un halfling, y que, en lugar de muerto, solo estaba inconsciente como consecuencia de una herida que, fuesen los Dioses a saber cómo, había sufrido en la parte frontal del costado derecho de su torso.

Walter cargó con el maltrecho pero ligero cuerpo del halfling y, ya de regreso en la granja, lo recostó sobre un mullido lecho de paja en el granero.

Annet Homel, esposa de Walter y madre de Catlin, se ocupó de limpiar y coser la herida que, en caso contrario, habría terminado cobrándose la vida del halfling que, durante su proceso de curación, recobró la conciencia durante unos breves instantes, justo antes de balbucear unas ininteligibles palabras y volver a caer en la inconsciencia. Luego dejó junto a su lecho una bandeja con salchichas y lonchas de panceta fritas, un mendrugo del pan, y un vaso de leche ordeñada aquella misma mañana de los ahora generosos pechos de Manchitas, la vaca que apenas unos días atrás dio a luz a un hermoso ternero. Por último tuvo que convencer a su hija, que no había querido alejarse en ningún momento del que para ella continuaba siendo el niño cuya vida había salvado, de que ya era hora de irse a la cama.

––Annet, tu madre y yo te hemos dicho cientos de veces que no debes de alejarte tanto de la granja cuando sales a jugar sola. Y esta tarde lo has hecho––. Walter reprendió cariñosamente a su adorada niñita cuando acudió a su cuarto a darle un beso de buenas noches. ––Es muy peligroso ––continuó sermoneándola––; ya has visto lo que hoy le ha sucedido a ese halfling, y si a ti llegase a pasarte algo parecido podrías correr peor suerte que él.

––Sí, papa ––contestó Catlin empleando un tono de arrepentimiento  que, después de haber contribuido con su desobediencia a la salvación de aquel pequeño elfo, estaba lejos de sentir––.

––Prométeme que no volverás a hacerlo.

––Lo prometo ––mintió mientras todavía se afanaba por dar la impresión de hallarse arrepentida y poner cara de buena.

––Muy bien ––le respondió su padre antes de incorporarse de la cama de su hija a sabiendas de que no pasaría mucho tiempo antes de que ésta rompiera su promesa.

––Papa, ¿qué es un halfling? ––quiso saber Catlin antes de que su padre saliera de la habitación.

––Es como un hombre de orejas puntiagudas que nunca supera la altura de un niño y al que nunca le crece la barba–– no era mucho más lo que Walter sabía acerca de los halflings, aparte de que eran seres muy apacibles que vivían en los bosques.

––¿Podrá quedarse a vivir con nosotros y convertirse en mi hermanito?––. La niña siempre había querido tener un hermano o hermana con el que poder jugar.

––Duérmete Catlin ––fue la esquiva respuesta de Walter, que en las últimas horas ya le había explicado varias veces que el pequeño elfo no era ningún niño.

Aquella noche, Walter y Annet Holmes, optaron por atrancar la puerta de la casa. No deseaban poner obstáculos innecesarios a su pequeño e improvisado huésped por si acaso éste recobraba la conciencia y requería de nuevas atenciones.

Alrededor de las cuatro de la madrugada, el halfling recuperó la conciencia. Primero sintió el terrible dolor que su herida todavía le causaba y, subsiguientemente, al abrir los ojos, se descubrió en el interior de un granero. Estaba recostado en un lecho de paja. A su lado izquierdo, junto a una bandeja repleta de comida, una lámpara de aceite iluminaba la habitación con una tenue luz amarillenta que se extendía a su alrededor hasta difuminarse en la penumbra en un manto de opaca oscuridad. Trató de acordarse de cómo había llegado hasta allí, pero fue en vano. Lo último que recordaba era que, después de haberse visto obligado a arrojarse de aquel precipicio al rio, cayó sobre la maldita rama que, de no haberse quebrado, lo habría atravesado de un costado a otro. Curiosamente, fue el tronco del árbol caído del que sobresalía aquella rama, el que le salvó la vida en aquella primera instancia; ya que, con un providencial acto reflejo pudo agarrarse a él para deslizarse hasta la orilla entre un torbellino de agua que, de habérselo arrastrado con su imponente fuerza, lo habría matado  quebrado todos los huesos de su cuerpo golpeándolo contra las rocas, de no haber perecido antes ahogado. Luego caminó cada vez más debilitado por la hemorragia junto al remanso del rio, alimentando la esperanza de llegar a algún lugar habitado donde alguien lo socorriera. No recordaba haber llegado a ninguna parte, pero, por lo visto, alguien sí llegó hasta él.

Deslizó el brazo por debajo de la manta que lo arropaba, y advirtió que habían curado y vendado su herida.

Dentro de lo malo, aun has tenido suerte, Pequeño ––pensó mientras, muy cuidadosamente y haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar escapar un grito de dolor, incorporó su torso medio desnudo para alcanzar la bandeja de comida, de la que cogió una grasienta salchicha que engulló si apenas masticar. Luego dio buena cuenta del resto de las salchichas y lonchas de panceta y, por último, se bebió el vaso de leche de un solo trago. Se restregó la mano por la boca, para frenar la caída de los restos del líquido blanco que se deslizaban hacia su cuello desde las comisuras de su boca, y volvió a tumbarse en el lecho de paja hasta que, cuando estaba a punto de quedarse dormido, acudieron a su mente como retazos de un sueño reciente, las imágenes de una niña que lo miraba con expectación y de una mujer que atendía su herida. Sin lugar a la duda, las personas que en una última instancia salvaron su vida––. No puedo quedarme dormido sino quiero arriesgarme a que me encuentren ––se obligó a reconocer pese a lo mucho que le hubiese gustado quedarse allí restableciéndose de su herida y disfrutando de los cuidados y atenciones de aquellas mujeres––. Tengo que salir de aquí cuanto antes.

Pequeño era plenamente consciente de que aquellos granjeros lo habían arrancado de las garras de una muerte segura y les estaba agradecido por ello. Por esa razón, antes de alejarse de la granja a primeras horas del alba, se aseguró de dar sus a anfitriones, entre los que también encontró a un hombre, una muerte lo más rápida e indolora posible.

Primero, por si algo fallaba y la primera de sus presas durmientes llegaba a hacer el suficiente ruido al morir como para despertar a alguna de las otras, le corto el cuello a Walter Homel. De esta manera, si en el lamentable estado de salud física en el que se encontraba, se veía obligado a tener que enfrentarse con alguien, sería con la mujer y no con el hombre de la casa. Le cortó la yugular de un solo tajo a un mismo tiempo que le tapaba la boca presionándosela con un cojín contra el rostro, y ni tan siquiera su esposa, que dormía plácidamente al otro lado de la cama, llegó en ningún momento a sospechar el aciago destino que también la aguardaba.

Con la niña no necesitó emplear el cojín, ya que en la casa no quedaba nadie más con vida que pudiera escuchar sus últimos estertores, que pronunció con el cuello y pecho cubiertos con la sangre que le manaba a borbotones de la yugular, mientras que la luz de la luna que se colaba por el hueco de la ventana de su habitación iluminaba de un azul blancuzco oportunamente mortecino su inocente rostro angelical.

Pequeño no era un individuo especialmente agradecido, pero eso tampoco significaba que fuese un desagradecido. De no ser porque sus perseguidores todavía no conocían su apariencia, se hubiese marchado de la granja sin causarle daño a nadie. Pero Los Escudos lo estaban buscando y no podía permitirse el lujo de que nadie les dijese cuándo, dónde, y en qué lamentables condiciones físicas lo habían visto. Trataba de convencerse de que no había tenido más remedio que el de matar a sangre fría a aquellas personas.

No soy ningún monstruo ––se decía mientras, a paso renqueante, dejaba tras de sí la granja para volver a internarse en la espesura de la floresta, en busca de un lugar seguro en el que mantenerse oculto a la espera de que su herida cicatrizase con más fuerza ––. Eran sus vidas, o la mía.

El historial de Pequeño, cuyo verdadero nombre era Kiabu, dejó de asemejarse al de cualquier otro halfling de Nazae, a partir del día en que él y su madre fueron secuestrados por una facción de traficantes de esclavos que esperaba venderlos como mercancía selecta debido tanto a que su raza estaba prácticamente extinta de Nazae, como a lo insólito que resultaba ver a cualquiera de sus ya de por sí escasos miembros más allá de los lindes de los bosque que habitaban.

Una semana más tarde, fueron vendidos a un hombre que se presentó como Tedelorian, quien les informó que no los compraba por cuenta propia sino en representación de su Señor Garzabel, que en aquel entonces ya ostentaba el infame título honorífico de Gran Señor del Crimen en la ciudad de Aguas Rojas.

Pequeño agradeció aquel cambio de dueños, ya que durante el transcurso de los días que fueron obligados a viajar como prisioneros hasta llegar a Aguas Rojas, los traficantes violaron a su madre en repetidas ocasiones sin ni tan siquiera importarles que él viera como lo hacían. No pasó una sola noche sin que atestiguara como se turnaban para someterla a aquella forma de tortura cuyas implicaciones, con apenas siete años de edad, todavía no terminaba de comprender.

Por su parte, Tedelorian se comportó muy amablemente con ellos. Sin exigirles nada a cambio, los proveyó de alojamiento y comida, y se ocupó de que atendieran a su madre de la paliza que recibió al tratar de impedir que los traficantes la violasen por vez primera.

––No me lo agradezcáis a mí ––repetía una vez tras otra. Es a la generosidad de nuestro Señor el buen Garzabel, al que ahora también vosotros pertenecéis, a quién debéis todas las atenciones recibidas.

Una vez su madre estuvo completamente restablecida, Tedelorian acudió a la posada donde los alojaba. Lo acompañaba una adolescente que no levantaba la vista del suelo, cubierta con un vestido de encaje azul marino que le caía del cuello a los pies. Pequeño nunca había visto una mujer tan elegantemente ataviada. Las transparencias dejaban entrever como la piel pálida de su rostro descendiendo hacia el cuello, hombros y escote.

Tedelorian venía a comunicarles que debían comenzar a trabajar para rentabilizar el elevado coste que a su Señor le había supuesto su adquisición.

––Mi pequeña Señora ––Tedelorian sonrió a la madre de Kiabu–– servirá como doncella en una céntrica posada propiedad de nuestro Señor Garzabel; allí tendrás tu propia habitación. Marian te llevará a la posada… ––hizo un gesto hacia la muchacha que lo acompañaba, que continuaba sin levantar la vista del suelo–– y mientras tanto el muchachito y yo nos iremos a dar un paseo.

––¿A dónde lo lleváis? ––Quiso saber su madre. Hasta ahora nadie los había separado.

––¿A dónde lo lleváis… ? ––Repitió Tedelorian lanzándole una mirada de complicidad al tiempo que, a modo de recordatorio, levantó frente a ella un dedo juguetón.

––Mi señor ––dijo su madre al momento––. ¿A dónde lleváis a Kiabu, mi señor?

––Lo llevo a la que de ahora en adelante será su nueva casa: la escuela donde conocerá a otros muchachos de su edad y aprenderá muchas cosas que, al igual que a mi señora, todavía le quedan por aprender para adaptarse a la vida en la ciudad y salir rentable a nuestro Señor.

––¿Es necesario…? Quiero decir ––en esta ocasión se corrigió ella misma––. ¿Es necesario, mi señor? ¿No puede quedarse conmigo?

––Me temo que eso no será posible, mi señora ––Tedelorian acompañó sus palabras abriendo las palmas de la manos hacia sus costados en gesto de impotencia––. La escuela se encuentra muy alejada de la posada a cuyo servició has sido asignada, y nuestro Señor no puede disponer de sirvientes que se dediquen expresamente a llevar y traer a tu hijo de la escuela. Pero no te preocupes, lo llevaremos a visitarte tan menudo como sea posible. Y, por supuesto ––añadió revolviéndole el pelo de la cabeza a Kiabu––, también tú podrás ir a visitarlo a la escuela en tus días libres.

Desde ese día, Kiabu y su madre apenas volvieron a verse. En las contadas ocasiones que lo hicieron, ella nunca pudo ocultar su tristeza. Desconsolada se ponía a llorar y, entre lágrimas de tristeza, lo abrazaba afirmando echarlo mucho de menos y añorar la vida en el valle. Hasta que pasados cerca de seis meses desde que fue internado en la escuela, recibió la noticia de que unas fiebres habían arrebatado la vida a su madre. También él la había estado echando y echaría mucho de menos, y durante un largo tiempo lloró amargamente su pérdida.

La escuela de Kiabu, no era lo que pudiera definirse como una escuela al uso, dado que allí los niños no aprendían a sumar, leer o escribir, sino a robar mediante las sutilezas del descuido. Dedos Largos, un avezado ladrón que trabajaba al servicio de Garzabel, era quién introducía a los muchachos en el arte del latrocinio y dirigía las operaciones que estos llevaban a cabo en las calles; todo ello en beneficio del gran Señor del Crimen de Aguas Rojas, que, junto a la cofradía de ladrones, también regentaba la de prostitutas y asesinos.

Inicialmente a Kiabu, al que muy pronto el resto de muchachos de la escuela y el propio Dedos Largos comenzaron a llamar Pequeño, no le resultó fácil salir adelante. Pero en la misma medida que, con el paso del tiempo, fue superando la pérdida de su madre y acostumbrándose al ajetreo mundanal que reinaba en aquella ciudad, comenzó a demostrar lo muy capacitado que estaba para aligerar los bolsillos de los ciudadanos despistados; en gran parte gracias a la destreza natural que los miembros de su raza poseían en sus no menos ágiles que rápidos dedos. Si bien también demostró poseer muchas otras cualidades que lo convirtieron en un verdadero maestro del engaño. Pues aquel pequeño halfling, muy rara vez despertaba la desconfianza de la gente con la que trataba; circunstancia que, llegando a oídos de Garzabel por boca de un admirado Dedos Largos, indujeron al Gran Señor del Crimen a plantearse la posibilidad de transferir a Pequeño a la cofradía de asesinos. Al fin y al cabo la habilidad de un buen asesino, no dependía tanto de la fuerza de sus brazos, como de sus capacidades para el subterfugio. Y no le cupo ninguna duda de que, si lo que Dedos Largos afirmaba al respecto de Pequeño era cierto, y no tenía ninguna razón para dudarlo, éste podría convertirse, por insospechado, en el más eficiente de los asesinos; naturalmente capacitado para que le fueran abiertas aquellas puertas que para otros se mantendrían cerradas.

El paso del tiempo demostró que aquel Gran Señor del Crimen no se había equivocado.

A la edad de doce años, Pequeño recibió el primero de los que, posteriormente, fueron sus muchos encargos letales. Su primer objetivo fue un acaudalado comerciante llamado Rafael Canturión.

Rafael Canturión se negaba a pagar a Garzabel el impuesto que éste le exigía a cambio de su protección; que por encima de todas las demás cosas, incluía el protegerlo del peligro que entrañaba el no querer compartir con él una pequeña parte de las ganancias que sus prósperos negocios le aportaban.

Para este entonces, Pequeño, bajo la tutela de Ponzoña, su nuevo tutor en lo que concernía a las sutilezas del asesinato, había pasado los últimos dos años interiorizando las mil y una maneras de dar una muerte segura a un hombre. Durante este tiempo aprendió tanto a esgrimir la daga y la espada corta con una letal efectividad ––lo que incluyó numerosas lecciones de anatomía––, como a reconocer y usar una amplia amalgama de hierbas y mejunjes venenosos. También exprimió al máximo la que, ya de por sí, era su asombrosa capacidad para inspirar confianza en otras personas; algo que hizo valiéndose de la intervención de un maestro de dramaturgia que el propio Garzabel, que no escatimó en gastos a la hora de  pulir al que consideraba un verdadero diamante en bruto, puso a su cargo para que le transmitiera su experiencia en las artes escénicas.

Rafael Canturión vivía en un pequeño palacete que permanecía siempre bien vigilado, disponía de su propio catador de alimentos, y tenía a dos temibles guardaespaldas que lo acompañaban a todas partes y, cuya lealtad, como no podría haber sido de otra manera, el propio Gran Señor del Crimen de Aguas Rojas intento comprar con anterioridad sin obtener resultados satisfactorios para sus intereses. Debido a todo esto, el comerciante no era una presa fácil de alcanzar para sus enemigos. Así que finalmente Garzabel, conociendo el gusto por lo extravagante del comerciante, decidió que era el momento de poner a prueba las habilidades de su nuevo protegido.

Cuando el propio Garzabel, valiéndose de la intervención de una persona de su secreta confianza, hizo llegar a oídos de Rafael Canturión que en la ciudad  había un halfling buscando empleo como sirviente, el comerciante no dudo un solo instante en enviar a uno de sus mayordomos en su búsqueda. Dos semanas después de su contratación, encontraron el cuerpo del comerciante tendido en su lecho con sus ya agarrotadas y exánimes manos aferrando la empuñadura de la daga que su misterioso asesino empleó para atravesarle limpiamente el corazón. También hallaron muerto al centinela que esa noche guardaba la puerta de entrada a su dormitorio. Este último, que, a diferencia de su Señor, no disponía de catador personal de alimentos, falleció en extrañas circunstancias durante las horas de su guardia. La vaina de su daga pendía vacía de su cinto.

.

Colabora como lector con la creación de esta obra

.

Pincha aquí para adquirir cualquiera de las obras completas del autor