El sueño de Nazae XI. Constantine II

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Cuando dos días atrás, Constantine regresó del viaje que fue forzado a realizar a la ciudad de Agoram para capitanear la escolta de Lady Janet Mandoll, su comandante le ordenó que se tomara dos días de descanso; lo que significaba que, desde entonces y hasta el día de mañana, el capitán Jan Nicolikis, el hombre que a su marcha fue designado para ocupar su puesto, continuaría al mando de la guardia de la ciudad.

Constantine había hecho todo lo posible por acortar sus tiempos de regreso para encargarse de supervisar personalmente la ejecución del Enviudador. Pero mirándolo por el lado positivo, se dijo que al menos disfrutaría de un merecido descanso tras realizar un viaje tan largo y agotador.

Hoy en cambio no encontraba ya ningún lado positivo al hecho de que las circunstancias lo hubiesen abocado a no ser él quien supervisara la ejecución. A cada momento que pasaba estaba más seguro de que el hombre cuya cabeza todavía rodaba por la tarima de los condenados entre el griterío de la muchedumbre, era inocente de todos y cada uno de los cargos de asesinato por los que había sido sentenciado a morir decapitado. Conclusión a la que llegaba por motivos completamente ajenos al hecho de que el verdugo hubiese necesitado asestar tres golpes en lugar de uno para separarle la cabeza de los hombros.

––¡Eh! ¡Muchacho! ¿A qué esperas? ––Constantine llamó al chico que hoy se encargaba de recoger y meter las cabezas de los condenados en sacas ––¿Acaso tienes miedo de que te caiga encima una lechuga? ––La plebe todavía estaba arrojando sus inmundicias para aplacar la decepción provocada por aquella última y aburrida ejecución que tantas expectativas había levantado–– Vamos, ve a recogerla y tráela aquí–– le ordenó.

Cuando el muchacho regresó, Constantine metió el brazo en la saca y agarró la cabeza del cabello para extraerla y observarla con detenimiento. No sacó nada en claro. Estaba ensangrentada y muy amoratada e inflamada hasta la deformidad debido a los numerosos hematomas que los golpes recibidos le habían causado. Cuanto menos tenía rota la nariz, uno de los pómulos y un buen numero de dientes. Seguramente también tenía fracturada la mandíbula. Ni siquiera la propia madre de aquel desgraciado habría sido capaz de reconocerlo. Lo único que podía asociar con la imagen del rostro que recordaba del Enviudador era la tez oscura y el cabello negro. Aunque tenía la sensación de que se le escapaba algo.

––Supongo que estarás contento ––escuchó que una voz familiar se dirigía a él a sus espaldas.

Constantine no estaba precisamente contento. Pero se contuvo para no hacérselo saber al capitán Jant Nicolikis.

––¿Por qué la paliza? ––Formuló la pregunta con más vehemencia de la que le hubiese gustado.

––Cuando lo sacaron de la celda opuso resistencia. No hay que ser muy imaginativo para suponer que quiso posponer su reencuentro con El Creador ––Jant desvió la vista hacia cabeza del condenado, que Constantine aun sostenía frente a sí––. Le dieron duro ¿eh?

––¿Duro? ––Constantine estaba sorprendido de que el prisionero hubiese llegado con vida a la tarima de los condenados. Aquello no tenía sentido. Nadie hubiese opuesto resistencia suficiente para recibir una tercera parte de la tunda encajada por el presunto Enviudador. Parecía más bien que alguien había movido los hilos para asegurarse de que nadie pudiera reconocerlo.

––Los guardias se ensañaron con él más de la cuenta, sí ––reconoció Jant––, ¿pero que más te da? Ese cabrón se merecía eso y mucho más. Lo importante es que llegó todavía con vida a manos del verdugo.

Jant Nikolokis volvió la mirada hacia la plaza. Aunque aun se escuchaba algún abucheo que otro, la multitud comenzaba a desalojarla.

––¿Y la mordaza? ––Que hubiesen sacado al reo amordazado era lo que más sospechas había suscitado a Constantine. No recordaba que antes se hubiera hecho algo así. Nunca  existieron razones para ello. Al contrario: la plebe disfrutaba de lo lindo cuando los condenados tenían algo que decir.

––No lo sé ––Jant se encogió de hombros––. Yo no di la orden. También me sorprendí cuando vi que estaba amordazado.

––¿Fueron tus hombres los que lo sacaron de su celda?

––No, lo subieron Los Oscuros ––así era como los guardias  de la ciudad llamaban a los encargados de los calabozos––. Mis hombres lo recogieron en el piso superior y lo escoltaron hasta aquí ––Jant le clavo la mirada en los ojos al tiempo que frunció el ceño––. ¿Se puede saber qué te preocupa?

Constantine tenía a Jant Nicolikis por un hombre honesto. Hasta el día de hoy nunca tuvo motivos para sospechar de él. Pero si algo le enseñaba su vida en aquella ciudad, era que no podía fiarse de nadie. Hasta el hombre más justo podía ser corrompido si lo amenazan con matar a sus seres queridos. A diferencia de él, Jan tenía esposa e hijos. El miedo era la más poderosa de las armas. De modo que se quedó con las ganas de decirle si se daba cuenta de que en aquel mismo momento el verdadero Enviudador podía hallarse de regreso en las catacumbas de la ciudad riéndose de ellos junto a Garzabel, el Gran Señor del Crimen de Aguas Rojas, quién sin lugar a la duda, de ser ciertas sus sospechas, habría orquestado su liberación.

En el preciso momento en que Constantine pensaba qué responder a Jant Nicolikis, vio que uno de sus hombres se aproximaba hacia él a paso ligero mirándolo directamente a los ojos. Se trataba de Mic Turner, un joven recién ingresado en la guardia de la ciudad al que había asignado la función de mensajero en el edificio habilitado como puesto de mando.

––¿Alguna novedad Mic?

––Mi señor, el teniente me envió a buscarlo. Alguien se presentó en el edificio preguntando por usted.

––¿Quién?

––No lo sé, mi señor; un plebeyo entrado en años; un tipo extraño si me permite decirlo.

A Constantine le resultaba ya de por sí extraño que su teniente  se hubiese dejado mangonear lo suficiente por un simple plebeyo como para enviar a nadie en su búsqueda.

––¿No dijo su nombre?

––Sí, mi señor, pero lo he olvidado. Espero que mi señor pueda disculparme, se trata de un nombre poco singular que nunca había escuchado. Dijo que usted y él eran viejos amigos.

––Está bien Mic, ¿Cómo es ese hombre de extraño? ––Cuanto formuló su pregunta, al capitán ya se le había aparecido en la mente el rostro de una persona a la que hacía mucho tiempo que no veía––. “No es posible” ––, se dijo.

––No sabría decirle, mi señor. Vestía de forma extraña y tenía una presencia imponente. Hablaba con una autoridad impropia de un plebeyo, mi señor. Pero si me permite decirlo, lo acompaña alguien todavía más extraño, una especie de halfling demasiado alto para ser un halfling. No sé si me explico.

––¿Quieres decir que lo acompaña un elfo? ––Preguntó Constantine evidenciando  que no daba crédito alguno a tal posibilidad. Nadie en su sano juicio se pasearía por la ciudad, mucho menos a plena luz del día, con un elfo que no fuera su prisionero.  Además, ningún espécimen de aquella raza había vuelto a ser visto en la superficie del continente tras su derrota en Las guerras Lunares.

––No lo creo, mi señor. Por lo que he oído los elfos no soportan la luz del día y tienen los ojos rojos y la piel muy pálida. Como le decía, éste parece un halfling recién salido del bosque, tiene la piel muy oscura y unos ojos extraños pero no rojos que no se muestran particularmente susceptibles a la luz del sol, mi señor. Solo digo que es demasiado alto para ser un halfling.

Constantine dudaba que Mic hubiese visto más de dos o tres halflings en toda su vida. Así que tampoco podía fiarse excesivamente de sus opiniones al respecto. Pero lo muy extravagante que le resonaba todo aquello encajaba cada vez más con la persona cuyo rostro acababa de vislumbrar en su mente sin venir a cuento.

––Dime una cosa Mic ––se aventuró a decir al fin––¿El hombre que acompaña a ese extraño halfling y  dice ser mi amigo, es un hombre corpulento?

––Sí, mi señor, así es.

––¿Recuerdas si dijo llamarse Zalasar?

Al escuchar aquel nombre a Mic Turner se le iluminó la cara: ––Sí, mi señor, así es como dijo llamarse.

––¿Zalasar está aquí? ––Preguntó entonces lleno de asombro Jan Nicolikis.

“Supongo que muy pronto lo sabré” ––pensó Constantine resistiéndose todavía a aceptar la confirmación de su propia intuición.

––¿Dijo por qué razón me buscaba? ––Preguntó Constantine a Mic Turner tras dejar al capitán Jan Nicolikis poniendo orden en La Plaza del Gobernador y emprender el camino que lo llevaría al encuentro del presunto Zalasar.

––Que yo sepa no, mi señor. Pero tampoco presencié toda la conversación que mantuvo con el teniente.

Constantine observó que Mic reculó tras dar muestras de querer añadir algo.

––¿Quieres decir alguna otra cosa Mic?

––Si mi señor me lo permite, querría preguntar quién es ese hombre ––El joven Mic Turner, que no había pasado inadvertida la reacción del capitán Jan Nicolikis  al escuchar el nombre de Zalasar, estaba a cada momento más intrigado.

“Esa es una buena pregunta” ––se dijo Constantine––.

El capitán conoció a Zalasar en persona, poco después de ingresar en la guardia de la ciudad. Para él fue un privilegio. Aunque tras la misteriosa y larga desaparición y posterior regreso a Aguas Rojas del que había sido uno de los más renombrados héroes en Las Guerras Lunares, apenas pudo reconocer en él al feroz guerrero de cuyas gestas había escuchado hablar durante su adolescencia. Para aquel entonces ni siquiera era ya un guerrero; o al menos no, en palabras del propio Zalasar, un guerrero de sangre.

––Ahora soy un guerrero del Corazón ––recordaba haberle escuchado decir en una ocasión.

A su regreso a Aguas Rojas, ni siquiera usaba ya el afamado sobrenombre por el que era conocido en todo el continente. Como él mismo afirmaba, su desaparición le sirvió para arrancarse todas las máscaras y reencontrarse con su verdadero yo. Aceptarse tal cual era, le permitió aceptar también el nombre que le fue dado al nacer, con el que nunca antes se sintió cómodo.

––Zalasar es un amigo ––fue la sucinta respuesta que le dio a Mic Turner. Sabía que aquello no satisfaría la curiosidad del joven.  Pero lo cierto era que nunca fue capaz de explicarse ni siquiera a sí mismo quién o qué era Zalasar exactamente. Su viejo amigo había sido demasiadas cosas demasiado diferentes entre sí, y algunas de ellas demasiado chocantes para la mayoría de personas. La última vez que abandonó Aguas Rojas lo hizo dejando tras de sí el título honorífico de Consejero del Gobernador. Aunque quienes sabían de sus enigmáticas habilidades aprendidas durante el periodo que permaneció desaparecido, preferían llamarlo El Brujo del Gobernador.  Lord Ralph Mandoll lo maldijo el día de su marcha. Al antiguo Gobernador le hubiese gustado mantenerlo a su lado hasta el fin de sus días pese a los muchos quebraderos de cabeza que le dio en vida. En qué se habría convertido ahora su viejo amigo, pasados tantos años desde que sus caminos se separaron, era algo que Constantine esperaba tener la oportunidad de averiguar. Nunca conoció a nadie en quien confiara tanto. Su marcha le dejó un vacío que no había vuelto a llenar.

Cuando Constantine y Mic Turner tomaron la calle que les llevaría directos a la Plaza de Las Armas, donde se encontraba el puesto de mando, la armería y los barracones de la guardia de la ciudad,  el Capitán cayó en la cuenta de que Zalasar había acudido a su mente a lo largo de ese mismo día y el anterior en varias ocasiones. Circunstancia que no consideraría una casualidad, si el hombre que ahora lo esperaba en el puesto de mando era realmente su viejo amigo. El propio Zalasar le explicó en su día que muchas de  las ocasiones en las que una persona acude a la mente de otra que la conoce sin darse circunstancias particularmente determinantes para que eso suceda, se desencadenan a partir del hecho de que la primera enfoca una significativa cantidad de su atención sobre la segunda. Tal y como estaría sucediendo si efectivamente era su viejo amigo el que lo estaba esperando. A lo largo de los años Constantine había vivido algunas experiencias que lo abocaron a pensar que todo aquello pudiera ser mucho más que una simple teoría loca. Sin ir más lejos, el pasado año comenzó a pensar mucho más de lo habitual en su hermano sin razón aparente alguna; hasta que, sin previo aviso, éste se presentó de visita en Aguas Rojas recién llegado de la ciudad de Nalamar, de la que el propio Constantine era nativo.

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