El vampirismo puramente atencional, el instinto de supervivencia, y la búsqueda del placer.

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Antes de llevar a la práctica ninguna de las modalidades de vampirismo que han sido enumeradas y descritas brevemente al término del capítulo anterior, todos los seres humanos sin excepción, en procura de beneficiarnos a costa de la energía vital que otras personas nos transfieren mediante la sola conferencia de su atención, llevamos a la práctica el vampirismo puramente atencional. Y, con este objeto, desarrollamos una amplia amalgama de estrategias de conducta o formas de reclamación atencional.

Ahora bien: ¿cómo puede decirse que empleamos estrategias de reclamo atencional para la obtención de una energía, cuya posibilidad de ser trasferida de unos a otros ignorábamos antes de la lectura de esta obra?

       Simple y llanamente, porque esto es algo que hacemos no de una forma consciente, sino subconsciente; ya que, el más básico de nuestros instintos, el de supervivencia, no necesita de la intervención de nuestra voluntad consciente ––o del ejercicio de nuestros procesos racionales–– para instigarnos a la repetición de aquellas acciones o formas de conducta cuya previa ejecución nos condujo a la obtención del placer. Y, como las sensaciones que nos ocasionan las transferencias de energía vital que otras personas realizan sobre nosotros tienden a resultarnos placenteras, sucede que nuestro instinto de supervivencia nos instiga a la automatización de todas aquellas formas de conducta a partir de cuyo empleo nos son transferidas cantidades de energía vital lo suficientemente significativas.

        Prueba de ello, es el hecho de que la primera de las formas de reclamación atencional que todos los seres humanos empleamos con el propósito de absorber la energía vital de nuestros semejantes––y, mucho más concretamente, de nuestras madres––, la manifestamos cuando ni tan siquiera hemos tenido tiempo de desarrollar, no ya solamente nuestra capacidad de raciocinio, sino incluso nuestra consciencia de individuos separados del resto.

       Esta forma o estrategia de reclamación atencional es, por descontado, la de ponernos a llorar.

¿Por qué lloran los bebes?:

       ¿Por qué tienen hambre?; ¿por qué tienen frío?; ¿por qué les duele la tripita?

       Pues sí, en algunas ocasiones lloran por alguno de estos motivos; pero en la inmensa mayoría de ellas tan solo lo hacen para disfrutar de la sensación de placer que les ocasiona la energía vital que sus respectivas madres ––o quienes ejerzan dicho rol–– les transfieren al conferirles su atención. Aunque, por supuesto, estas últimas, ignorando el hecho de que a través de su atención transfieren su energía vital, interpretan que aquello que sus hijos procuran de ellas es su mera atención.

       ¿Por qué las madres, cuando consiguen que sus bebés se queden dormidos, se esmeran tanto por evitar que nada pueda despertarlos?

       Obviamente, porque saben que, si se despiertan, se pondrán a llorar.

       ¿Qué sucede? ¿Acaso es cada vez que un bebé se despierta tiene hambre y por eso llora?

        Pues sí, eso es lo que tiende a suceder; solo que, aunque sus madres lo interpreten de otra manera y por eso se ponen a darles de mamar, de lo que realmente suelen tener hambre sus bebés, no es sino de su energía vital. Motivo por el cual, en la inmensa mayoría de estas ocasiones, basta con que les confieran su atención para hacerlos callar.

       Algo parecido sucede, cuando una madre tiene a su bebé en sus brazos y comienza a conferirle su atención a otra persona. En muchos de estos casos, el bebé, en cuanto deja de percibir el flujo de energía vital ––o siente la pérdida de potencia del mismo–– que, inmediatamente antes, le llegaba a través de la atención ––o mayor grado de apertura de la misma–– que su madre le estaba confiriendo, no hace sino que lo de siempre: ponerse a llorar.  Y es que los bebés y/o niños pequeños, al no haber desarrollado todavía ––o apenas haberlo hecho–– su capacidad de raciocinio, se manejan intuitivamente a la perfección y, consecuentemente, perciben los flujos de energía vital con una asombrosa claridad[1].

Pero, claro, de bebés pasamos a convertirnos en niños, de niños en adolescentes, y de adolescentes en adultos. Y los lloros que, anteriormente, nos sirvieron para conseguir formas de atención plenamente satisfactorias, van dejando de servirnos para tal efecto. Por lo que, a lo largo de nuestro proceso de insana maduración, todos los seres humanos vamos desarrollando otras estrategias de conducta y/o formas de reclamación atencional mejor adaptadas para, en conformidad con las circunstancias y personas con las que nos interrelacionamos, conseguir que éstas nos transfieran la mayor cantidad de energía vital posible.

PARA LEER EL CAPÍTULO COMPLETO ADQUIERE EL LIBRO DE “EL PUENTE DE LA ATENCIÓN”

Otras obras completas del autor:

EL GRAN MAPA de consciencia DEL AMOR y las relaciones

Llamémosles… ellos

Drácula: Adaptación teatral

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