Vampirismo energético.

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Introducción al vampirismo energético.
El puente de la atención. Capítulo 12.

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Cuando una persona confiere su atención a otra, no solo invierte su tiempo en ello. También invierte, cuanto menos, cierta cantidad de su energía vital.

En consecuencia, una cosa es que reclamemos atención porque el curso natural de las circunstancias nos invite o aboque a ello, y otra muy diferente que lo hagamos con la finalidad de satisfacer cualesquiera de nuestros impulsos ––mejor o peor encubiertos–– puramente egoístas.

Pongamos algunos ejemplos:

Podemos preguntarle la hora a un amigo porque realmente tenemos interés o necesitamos saberla; o como forma de romper un largo silencio que nos ha incomodado.

Podemos relatar una anécdota de nuestra vida porque el curso de la conversación nos ha invitado a hacerlo o nos han preguntado al respecto,  o porque consideramos que el relato de la misma nos deja en buen lugar, y aspiramos a buscar la admiración u obtener el reconocimiento de nuestro público.

Podemos levantarnos y volver a sentarnos varias veces seguidas porque realmente tenemos cosas que hacer, o porque de esta forma pretendemos obtener un grado de atención que alguien que se halla en nuestra presencia no nos está confiriendo.

Podemos aumentar el volumen de voz al hablar porque consideramos que, en caso contrario, no van a escucharnos, o porque pretendemos que personas ajenas a la conversación también nos escuchen.

O ––entre un innumerable etcétera de posibilidades–– podemos salir a la calle utilizando una prenda en particular, simple y llanamente, porque nos gusta y nos sentimos cómodos con ella; o porque sabemos que, mediante su uso, obtendremos una mayor atención ––o forma específica de la misma––.

Es decir:

¿Hacemos y decimos lo que requieren las circunstancias y corresponde que hagamos o digamos?

¿O, en cambio, lo hacemos o decimos, porque pretendemos reclamar un grado o forma de atención que en otras circunstancias no nos conferirían?

Si cada vez que hacemos o decimos algo en presencia de otras personas, nos planteamos estas preguntas, sabremos si nos estamos comportando como vampiros energéticos. Aunque para ello también necesitaremos ser lo suficientemente honestos con nosotros mismos. No en vano, los pretextos que nos ponemos para justificar nuestros reclamos atencioenergéticos de índoles vampíricas, pueden llegar a resultar cegadoramente convincentes. Como sucede cuando damos consejo a otra persona, no porque ésta, verbal o tácitamente, nos lo haya pedido, sino porque vislumbramos la posibilidad de demostrar lo mucho que sabemos o lo muy buenas personas que somos. En circunstancias como éstas, nos resultará muy fácil convencernos de que tan solo estamos actuando altruistamente ––¡nada más lejos de la realidad!–– o con la intención de ayudar al prójimo.

Y a ver quién es el valiente que nos acusa de estar actuado egoísta o vampíricamente.

Puesto que, entonces, bien podríamos encontrarnos perfectamente ––que no, legítimamente–– justificados para, aun por encima, acusarlo de ser un mal pensado o un completo desagradecido. 

Los seres humanos empleamos un elevadísimo porcentaje de nuestra atención y energía con el propósito de conseguir que las personas que nos rodean nos confieran y transfieran las suyas. Dependiendo de qué pretensiones tengamos a este respecto, utilizamos una amplia amalgama de estrategias de conducta o reclamación atencional que nos abocan a llevar a la práctica diversas modalidades de vampirismo.

Llevamos a la práctica el vampirismo puramente atencional, cuando reclamamos la atención de nuestros semejantes con el propósito ––consciente o subconsciente–– de darnos el gustazo de absorber ––o de que nos transfieran–– su energía vital.

Esta modalidad de vampirismo es la especialidad de los pesados, hechiceros y showmen. E, indirectamente, también de los demostrativos y distantes.

Llevamos a la práctica el vampirismo por adhesión, cuando intentamos atraer la atención de otras personas valiéndonos de nuestros sentimientos de incapacidad o autocompasión. Algo que hacemos para que se compadezcan y decidan hacerse cargo de nosotros.

Esta es la modalidad de vampirismo que más habitualmente practican quienes se reconocen a sí mismos como inseguros y dependientes.

Llevamos a la práctica el vampirismo afectivo-sentimental cuando reclamamos la atención de las personas que nos rodean con la intención de que nos admiren o pongan en un pedestal y nos consideren más autosuficientes de los que somos. Las seducimos para que nos transfieran sentimientos de admiración y superioridad mientras las instigamos a desarrollar para consigo mismas los sentimientos opuestos o complementarios; es decir, los de inferioridad o desamor[1].

Los individuos que practican esta modalidad de vampirismo con una frecuencia mucho mayor, son los demostrativos y los distantes.

Sean o no capaces de reconocérselo a sí mismos, los demostrativos y los distantes encubren sus sentimientos de inferioridad tras máscaras de arrogancia de las que se sirven para realizar continuas demostraciones de valor. Intentando, de esta forma, demostrarse a sí mismos y a los demás, lo contrario de lo que sienten.

Llevamos a la práctica el vampirismo sexual, cuando reclamamos la atención de otros con la finalidad de inspirarles deseos carnales que los instiguen a comportarse o reaccionar conforme a nuestros intereses.

Dentro de esta modalidad, existen dos submodalidades bien diferenciadas: el vampirismo sexual por provocación, y el vampirismo sexual por acoso.

El más común de los casos de vampirismo sexual porel_puente_de_la_aten_cover_for_kindle provocación, es el de las mujeres que salen a la calle usando prendas de vestir muy ceñidas e incómodas de llevar, solo para que las reacciones del público en general ––sobre todo, del masculino–– las ayuden a compensar sus sentimientos ––reconocidos o no–– de no ser lo suficientemente atractivas.

Como casos de vampiros sexuales por acoso más evidentes, tenemos a los de aquellos hombres que, en  busca de la satisfacción de sus impulsos sexuales, empujan a otras personas a sentirse perseguidas o agredidas sexualmente.

Aunque, como ha de resultar evidente, la práctica del vampirismo sexual por acoso, puede ser ocasionada en muchos casos por la del vampirismo sexual por provocación.

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Otras obras completas del autor:

EL GRAN MAPA de consciencia DEL AMOR y las relaciones

Llamémosles… ellos

Drácula: Adaptación teatral

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[1] Como se dijo al comienzo del capítulo anterior, no nos resulta posible desarrollar un sentimiento de superioridad o inferioridad hacia otra persona sin por ello desarrollar el sentimiento diametralmente opuesto hacia nosotros mismos. Si interpretamos que una persona es superior, es porque nosotros nos consideramos inferiores a ella. Y si interpretamos que es inferior, es porque nos consideramos superiores a ella.

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