La concentración o grado de apertura ––o retracción–– atencional

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La concentración o grado de apertura ––o retracción–– atencional.

Siempre que una persona confiere a otra su atención, le transfiere una mayor o menor cantidad de su energía vital, dependiendo tanto de que el tiempo durante el que se la confiera, como de que el grado de apertura atencional con el que lo haga, sean mayores o menores, respectivamente.

        Si una persona confiere a otra su atención durante veinte minutos, le transferirá una cantidad de energía vital mucho mayor de la que le transferiría en tan solo cinco, siempre y cuando en el primero de los casos su grado de apertura atencional no hubiese sido menor que en el segundo. Puesto que, entonces, el factor apertura atencional podría imponerse al temporal.

       El grado de apertura que una persona imprime a su atención al conferírsela a otra, depende siempre de lo más o menos atraída que, por la razón que sea, se sienta por ella. Por lo que, si una persona confiere su atención durante diez minutos a una segunda cuya apariencia física le resulta indiferente y, posteriormente, se la confiere durante cinco a una tercera cuya apariencia física le resulta particularmente llamativa ––así sea por resultarle muy fea, muy bella, o muy extraña––, podría darse caso de que transfiriese una mayor cantidad de su energía vital sobre este última, pese a haberle conferido su atención la mitad de tiempo que a la otra. O si se da el caso de que las apariencias de ambas le resultan igualmente indiferentes o llamativas, pero fue la segunda la que, durante sus cinco minutos de estrellato, hizo o dijo algo que le resultó más atractivo, también podría darse el caso de que transfiriese una mayor cantidad de energía vital sobre ésta la que retuvo su atención durante una menor cantidad de tiempo.

Siempre que se produce una interacción atencional, no es solo una persona la que le confiere su atención a otra, sino, que, como mínimo, son dos las que se confieren mutua atención.

       En cualquiera de estos casos, la pregunta que cabría hacerse, es la siguiente: ¿cómo podemos saber cuál de los implicados en una interacción atencional, incrementará en cada momento sus niveles de energía vital a costa de la merma de los del otro?

       La respuesta es muy simple: aquél que, en cada momento, atraiga la atención del otro con un mayor grado de apertura; ya que cuanto mayor es el grado de apertura que una persona imprime a su atención al conferírsela a otra, mayor es la cantidad de energía vital que le transfiere.

       Por ejemplo:

       A lo largo de una conversación, siempre es mayor la cantidad de energía vital que la persona que escucha transfiere sobre la que habla, que la que habla transfiere sobre la que escucha[1]. Puesto que, la persona que habla, para poder elaborar su discurso, necesita retraer[2] una buena parte de su atención hacia sus procesos mentales y, por ende, el grado de apertura que imprime a su atención al conferírsela a la que la escucha, es menor que el que ésta imprime a la suya al escucharla.

       Por lo tanto, siempre que escuchemos hablar a otras personas, serán éstas las que incrementen sus niveles de energía vital a costa de los nuestros. Aunque la cantidad de energía vital que les transferiremos, será mayor o menor, dependiendo del grado de apertura atencional que les confiramos. De tal manera que, si la apariencia física, el modo de expresarse, o el contenido del discurso de la persona a la que estamos escuchando, nos resulta particularmente llamativo o interesante, le transferiremos una mayor cantidad de energía vital de la que le transferiríamos en el caso de que cualesquiera de estos factores nos resultasen indiferentes. En cambio, si mientras la escuchamos, tenemos cierta parte de nuestra atención retraída hacia algún foco de preocupación interno o hacia el desempeño de otro quehacer ––como pudiera serlo el de cortarnos las uñas o el de estar navegando por internet––, le transferiremos una menor cantidad de energía vital.

Basta con que las miradas de dos personas coincidan durante un breve instante, por fugaz que éste sea, para que se produzca una interacción atencional y, cada una de ellas, transfiera sobre la otra cierta cantidad de su energía vital.

       Pongamos que una mujer va caminando por la calle pensando tranquilamente en sus cosas, y que, fortuitamente, cruza su mirada durante un par de segundos, con la de un adolescente que acaba de llegar a la conclusión de que su novia le está poniendo los cuernos.

       En este caso, el grado de apertura atencional que al adolescente le restaría para conferir su atención a la mujer, sería menor que el que a ésta le restaría para conferírsela a él, debido a que en el momento en el que ambos cruzaron sus miradas, el adolescente tendría su atención retraída hacia unos procesos mentales mucho más llamativos que aquellos otros hacia los que la mujer retraía la suya. Dadas estas circunstancias, sería el adolescente el que, durante esta breve interacción atencional, incrementaría sus niveles de energía vital a costa de la merma de los de la mujer[3].

Pongamos ahora, que la mujer malinterpreta la mirada de dolor del adolescente, y que pensándose que está tratando de intimidarla gratuitamente, decide quedárselo mirando fija y desafiantemente. Y que, éste, sintiéndose, ahora sí, poderosamente atraído por el recién aflorado fulgor en la mirada de la mujer, se ve abocado a dejar de retraer su atención hacia la idea de que su novia le está siendo infiel para, ostensiblemente intimidado y sin comprender qué está sucediendo, quedarse mirando a su nuevo objeto atencional.

       Llegados a este momento de la interacción, sería el adolescente el que conferiría a la mujer un mayor grado de apertura atencional que el que ésta le conferiría a él ––como siempre sucede cuando una persona se siente intimida por otra––. Y, como consecuencia de ello, ahora sería la mujer la que incrementaría sus niveles de energía vital a costa de los del adolescente. Tal y como veremos a continuación, la mujer habría conseguido invertir a favor suyo el que, de ahora en adelante, denominaremos como el efecto reloj de arena.
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[1] En caso contrario, la persona que habla se vería abocada a dejar de hacerlo.

[2] Se habla de retraer la atención y no de cerrarla, porque el hecho de que reduzcamos el grado de apertura atencional que estamos confiriendo a otro elemento, nunca es la consecuencia de que la cerremos, sino, más bien, de que desviemos o retraigamos parte de la misma hacia algún otro elemento.

[3] Muy extraño será que, cuando dos personas crucen sus miradas, sea la que está arrastrando consigo la energía vital de la otra la que baje o desvíe su mirada hacia otra parte. Esto será algo que, bien sea de forma consciente o subconsciente ––instintivamente––, siempre tenderá a hacer aquella que esté viendo mermados sus niveles de energía vital.

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EL GRAN MAPA de consciencia DEL AMOR y las relaciones

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