El efecto reloj de arena. El puente de la atención. Capítulo 7.

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El efecto reloj de arena.

En la mayoría de los casos en los que se producen interacciones atencionales, los implicados van confiriéndose unos a otros un mayor o menor grado de apertura atencional. Casos en los que, ora son unos los que incrementan sus niveles de energía vital a costa de la merma de los de otros, ora son estos últimos los que incrementarán los suyos a costa de la de los primeros.

       Al igual que sucede cuando la posición de un reloj de arena es invertida, y es el costado que antes perdía arena a favor del otro el que pasa a ganarla, una persona también puede pasar a incrementar sus niveles de energía vital a costa de los de quién, inmediatamente antes, ella misma incrementaba a costa de los suyos.

       Lo único que tendrá que suceder para que se produzca el efecto reloj de arena, es que se den circunstancias que aboquen a los implicados en una interacción, a invertir los grados de mayor y menor apertura atencional que los unos se conferían a los otros; efecto que, por poner el menos rebuscado de los ejemplos, siempre se produce cuando, a lo largo de una conversación, comienza a hablar la persona que antes escuchaba.

Planteémonos una situación en la que se produce una interacción atencional conformada por los siguientes pasos:

  1. Estamos sentados en una parada de autobús y, sin darnos cuenta de ello, un forastero que anda algo perdido advierte en nuestra presencia.
  2. El forastero se nos acerca y pregunta qué tiene que hacer para llegar a la plaza del ayuntamiento.
  3. Nosotros procedemos a explicárselo.
  4. El forastero nos agradece la explicación.
  5. Nosotros le respondemos el correspondiente “de nada”.
  6. Cuando el forastero prosigue por su camino pensando en sus propios asuntos, nosotros permanecemos unos instantes pensando en él, debido a, por ejemplo, lo llamativos que nos resultaron su acento y apariencia.

En cada uno de los pasos 2, 3, 4, 5 y 6, se habría producido un vuelco de “el efecto reloj de arena”. En los pasos 2, 3, 4 y 5, porque cada vez que uno habló, atrajo la atención del otro con un mayor grado de apertura del que él mismo podía, precisamente por estar hablando, conferirle al otro; y, en el paso 6, porque después de haber sido nosotros quienes tomásemos la palabra, volvimos a concentrar nuestra atención en el forastero mientras que éste ya había dejado de conferirnos la suya. Y si, en el paso 1, no se dieron las circunstancias para que se produjera el efecto reloj de arena, es porque antes de que el forastero reparase en nuestra presencia y, al hacerlo, transfiriese sobre nosotros cierta cantidad de su energía vital, nosotros no le habíamos conferido a él ningún grado de atención, ni transferido la más mínima cantidad de energía vital.

Imaginémonos ahora que vamos caminando por la calle, y nos encontramos con un amigo al que hacía mucho tiempo que no veíamos. Amigo del que, lo último que supimos, era que se había marchado a vivir a otro país.

       Lo más normal sería que, inicialmente, el efecto reloj de arena fuese cayendo de un lado al otro debido a los saludos y típicos comentarios y preguntas que iríamos formulándonos: “cuánto tiempo sin vernos”;“qué casualidad habernos encontrado”;“que tal estás”

       No obstante, no sería nada rebuscado presumir que, finalmente, fuese nuestro amigo el que, increpado por nosotros, tomase las riendas de la conversación para contarnos cuándo había regresado; si iba o no a volver a marcharse; y, en definitiva, cómo le habían ido sus asuntos en el extranjero.

       Dadas estas circunstancias, sería nuestro amigo el que, retrayendo su atención hacia dentro de sí para buscar en su mente no solo los recuerdos, sino también las palabras que usar para describirlos, tiraría de nuestra atención hacia él mucho más intensamente de lo que pudiéramos hacerlo nosotros con la suya. De esta forma, el efecto reloj de arena, caería durante una parte mucho mayor del encuentro a favor suyo y sería él el que incrementase sus niveles de energía vital a costa de los nuestros.

       Ahora bien; supongamos que se hubiese dado el caso de que, nada más comenzar nuestro amigo a relatarnos sus experiencias en el extranjero, hubiésemos caído repentinamente en la cuenta de que nos habíamos olvidado que aquella misma mañana ––¡ya concluida!––, terminaba el plazo que teníamos para entregar unos documentos muy importantes para el devenir de nuestros negocios.

       Lo que entonces sucedería, sería que, al advertir semejante descuido, retiraríamos de un solo golpe toda la atención de nuestro amigo para retraerla en nuestros recién aflorados procesos mentales. Y al retraerla de esta forma tan brusca y repentina ––que podría verse acompañada de un echarnos las manos a la cabeza mientras abríamos los ojos de par en par y exclamábamos alguna clase de improperio––, sería nuestro amigo el que se vería abocado a conferirnos un grado de apertura atencional mucho más elevado del que, tras experimentar semejante toma de consciencia, nosotros le conferiríamos a él. Dadas estas nuevas circunstancias, el efecto reloj de arena caería a favor nuestro de un modo mucho más intenso y prolongado ––puesto que procederíamos a contarle las implicaciones negativas de nuestro olvido––, y sería nuestro amigo quién, durante el tiempo que durase el encuentro, transfiriese sobre nosotros una cantidad de energía vital mucho mayor de la que nosotros le transferiríamos a él.

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