El desarrollo de la adicción a la energía vital ajena y su sintomatología más evidente

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Adicción

Debido a la que, en todos los casos, y aun no siendo conscientes de ello, sí es nuestra percepción intuitiva o corporal de las sensaciones de placer que nos ocasionan las transferencias de energía vital que otras personas realizan sobre nosotros al conferirnos su atención, desarrollamos un mayor o menor grado de adicción a las mismas ––a priori subconsciente––, dependiendo de lo mucho o poco que, respectivamente, nos habituemos a experimentarlas[1]. Aunque, eso sí, mientras que no seamos capaces de percibir estas sensaciones conscientemente, únicamente nos reconocernos adictos a la manifestación de aquellas formas de reclamo atencional que nos las ocasionan; que, evidentemente, son las que cada uno de nosotros, debido al éxito que nos van administrado a lo largo de nuestras vidas, nos acostumbramos a emplear con más frecuencia.

Como no podría ser de otra manera, el aspecto sintomático más revelador del grado de adicción a la energía vital ajena que, cada persona en particular, desarrolla a lo largo de su vida, viene reflejado por el cuán a menudo y fuera de lugar o sentido ––vale decir, innecesariamente–– busque atraer hacia sí la atención de otras personas.

       Consecuentemente, en el escalafón de grandes adictos a la energía vital ajena, nos encontramos con aquellos sujetos ––auténticos jonkys de la energía vital ajena–– que poseen personalidades acentuadamente egocéntricas, que se hallan fundamentalmente cimentadas sobre las que quiera que sean sus respectivas formas de reclamación puramente atencional. Sujetos que, huelga decir, apenas pueden permitirse el lujo de no pasarse la mayor parte de su tiempo reclamando la atención de las personas que se hallan a su alrededor.

Otro aspecto sintomático que también nos resultará revelador a la hora de discernir el grado de adicción a la energía vital ajena de cada sujeto en particular, lo encontraremos observando cuán incómodo se siente cuando no es él quien acapara la mayor parte de los focos de atención. E incluso se dan muchos casos en los que, algunos de estos individuos, cuando se ven inmiscuidos en situaciones que los dejan en un segundo plano atencional, se sienten impelidos a atacar a quienes, a juicio suyo, les están robando la atención circundante.

Tampoco será extraño, observar la circunstancia de que, cuando algunos de estos jonkys de la energía vital ajena, perciben que las víctimas de sus reclamos no les confieren el grado de apertura atencional que a ellos les gustaría, tienden a acercarse a ellas echándoseles cada vez más encima ––e incluso llegando a provocar diversas formas de contacto físico–– para obligarlos a conferirles un grado de apertura atencional mucho mayor.

Por último, observaremos que, cuanto mayor sea el grado de adicción que un individuo haya podido desarrollar hacia la energía vital ajena, mayor será su resistencia a permanecer sólo; puesto que, estando a solas, no podrá obtener su tan anhelado alimento.

[1] La primera “sustancia” a la que todos los seres humanos nos hacemos adictos, es a la energía vital de nuestras madres. Y muy pronto aprendemos que, echarnos a llorar, es el único recurso del que necesitamos valernos para conseguir una buena dosis de la misma. Por lo que, vale decir que, nuestro primer camello, es siempre nuestra propia madre.

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