El proceso metamórfico del vampiro energético

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vampiro energético

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O, modelos de conducta a seguir, y la transmutación del vampiro adhesor, en vampiro sentimental.

No es fruto de la casualidad, que en el orden preestablecido de capítulos que conforman esta obra, el dedicado al vampirismo sentimental, siga al que hace lo propio con el vampirismo por adhesión. Y es que no existe un solo ser humano en la faz del planeta Tierra, que haya practicado antes el vampirismo sentimental, que el vampirismo por adhesión; ya que como ahora enseguida veremos, son precisamente las personas a las que nos adherimos o gustaría adherir ––sino es que acaso directamente las mismas que nos inspiran los sentimientos de rechazo que nos crean la necesidad de adhesión–– las que, con su ejemplo, nos muestran el camino que podremos seguir o no para terminar dejando a un lado nuestras no menos auto denigrantes que cortejadoras formas de conducta vinculadas al vampirismo por adhesión y, en su lugar, comenzar a manifestar aquellas otras, fundamentalmente seductoras, vinculadas al vampirismo sentimental. Esto es para, en lugar de buscar personas a la que admirar y seguir, procurar que sean estas últimas las que nos admiren y sigan a nosotros y, de este modo, tal y como ya vimos en el capítulo anterior, igualmente encontrar un camino que nos permita sentir compensados los que quiera que sean nuestros respectivos sentimientos ––o complejos–– de inferioridad.

Veamos, pues, cómo es que funciona éste el proceso metamórfico que, todo vampiro adhesor, deberá sufrir antes de convertirse en vampiro sentimental; lo que, eso sí, ni mucho menos significa que todos los individuos que se acostumbran a practicar el vampirismo por adhesión, acaben acostumbrándose a practicar el vampirismo sentimental.
.      .Los derroteros que todos los otrora vampiros adhesores o, si así se lo prefiere, cortejadores o falsos humildes[1], tendrán que recorrer para enmascarar sus sentimientos de inferioridad y auto compasión tras la que, indefectiblemente, será una máscara de arrogancia o presuntuosidad, son esencialmente los mismos que ahora vamos a ilustrar utilizando como ejemplo a Tomás; un niño que a la edad de catorce años se había convertido ya, en un vampiro sentimental del tipo “gallito” de primerísima categoría.

(Se abre paréntesis)

 Ficha técnica del vampiro sentimental en cuestión:

Nombre: Tomás.
Edad: 14 años.
Alias actual: Tomás el pitbull.
Alias anteriores conocidos, que adía de hoy muy pocos osarían recordar: Tomasito el cagón, o Tomasito el pelele.
Tipo de vampiro sentimental: “gallito” o, si así se lo prefiere, “machote”.
De que huye: de su sentimiento de ser un cobarde.
Modus operandi: insiste en tratar de demostrar una vez tras otra que él no le tiene miedo a nada ni a nadie; es decir, que es más valiente que nadie y, por ende, que todas las personas que le rodean son menos valientes que él, o incluso dependiendo de las circunstancias, directamente unas cobardes.
Herramientas al uso: la principal herramienta que Tomás emplea para demostrar su presunta valentía ––así como la menor valentía o incluso cobardía de quienes le rodean––, es sin duda alguna su mirada; la cual clava desafiante sobre sus interlocutores atencionales dejando traslucir desde la misma ese destello arrogante cargado de una feroz confianza con el que, de un modo totalmente consciente, lanza  el que, esencialmente, viene a ser el siguiente mensaje metafórico: “mucho cuidado conmigo porque soy el pistolero más rápido del oeste”; mensaje este último que, metáforas fuera, bien podría traducirse de la siguiente manera: “mas te vale andarte con pies de plomo conmigo porque, de no ser así, te arriesgas a que te parta la cara”.

(Se cierra paréntesis)

Tal y como puede deducirse de los datos incluidos en su ficha técnica, el a día de hoy también conocido como Tomás el pitbull, en modo alguno fue siempre uno de esos individuos echados para adelante que no bajan la mirada ante nadie ––ni aunque ese “nadie” lo supere ostensiblemente en peso y altura, o incluso de lo que se trate sea de varios “nadies”––; el a día de hoy también conocido como Tomás el pitbull, no fue siempre uno de esos muchachos que sostienen ferozmente su mirada a todas aquellas personas con las que la cruzan para conseguir que sean estas últimas las que, sintiéndose en un mayor o menor grado intimidadas, se sientan impelidas a bajar la suya.
.       .Todo lo contrario: el a día de hoy también conocido como Tomás el pitbull, fue en otro tiempo no muy lejano conocido como Tomás el cagón ––o Tomás el pelele–– debido precisamente a que era él mismo quién siempre bajaba la mirada ante los que, como ahora en seguida veremos, fueron sus respectivos “vaqueros más rápidos del oeste”.
.       .El de Tomás había sido, como intuyo muchos ya estarán imaginándose, el caso del típico niño que algunos años atrás hubo de convertirse en el objeto habitual de los burlas ––y demás formas de acoso–– del no menos típico caso de pandilla de muchachos abusones de colegio que para intentar compensar los que más allá de las apariencias son siempre sus propios sentimientos de inseguridad, se acostumbran a someter a constantes formas de humillación a otros muchachos más cándidos que ellos.
.       .Tomás había sido, pues, uno de esos niños a los que apenas le había quedado más remedio que el de desarrollar un poderoso sentimiento ––o complejo–– de ser un cobarde; y es que si a estas edades nadie averigua lo que al niño le está sucediendo y le ayuda a dirigir su atención hacia los razonamientos apropiados[2], éste casi con toda seguridad no tendrá más remedio que el dirigir su atención hacia el que, esencialmente, será el siguiente razonamiento:
.      .“Soy un cobarde porque no me atrevo a plantarles cara a los niños que se meten conmigo; unos niños que, obviamente, han de ser mucho más valientes de lo que yo mismo lo soy, ya que ni aun siendo ese mi deseo ––que no lo es––, yo mismo jamás me atrevería a burlarle de otros niños”.
 .      .Y como ya vimos en el capítulo dedicado a los flujos de energía sentimental, una vez realizadas todas estas comparativas racionales, el niño desarrollará los sentimientos ––o complejos–– de inferioridad correspondientes; que en el caso concreto de Tomás pudieron haber sido, además del ya referido sentimiento de ser un cobarde, quién sabe qué otros auto denigrantes sentimientos vinculados con aquellas formas humillación a las que, en su momento, fuese sometido. Por ejemplo, si se hubiesen burlado de él diciéndole ––lo que no significa que fuese cierto–– que olía mal, también podría haber desarrollado el sentimiento de ser un individuo maloliente; sentimiento este último que quizá hubiese podido terminar tratando de enmascarar mediante un empleo de perfume quién sabe sino innecesario además de exagerado; convirtiéndose de este modo a la larga, no solamente en un tipo rudo donde los haya, sino en un tipo rudo extremadamente perfumado;  es decir, convirtiéndose en un vampiro, además de sentimental del tipo gallito, puramente atencional del tipo llamémosle “olfativo”; ya que resultaría inevitable el que, con semejante carga de perfume en su cuerpo o vestuario, no forzase intensamente el reclamo de la atención de quienes se hallasen en su radio de acción olfativo.  Y es que cuando los seres humanos tratamos de enmascarar los que quiera que sean nuestros sentimientos ––o complejos–– de inferioridad, tendemos a caer siempre en los extremos y, por consiguiente, a manifestarnos así sea de una forma u otra, muy llamativamente.
.       .Como ya se dijo al comienzo del capítulo anterior, “dime de que presumes o, visto lo visto en este último caso, en que exageras, y te diré de que sientes carecer”.
.      .Si bien vamos a dejar de lado esta tan específica vertiente del vampirismo a la que hemos denominado “olfativa”, y vamos a concentrarnos nuevamente en el que es el verdadero propósito de este capítulo: averiguar siguiendo que derroteros puede un vampiro adhesor, transformarse en un vampiro sentimental. Y para ello, vamos a estudiar detenidamente cuales fueron las circunstancias que a lo largo de la adolescencia de Tomás propiciaron tan radical cambio en su actitud que, como ya se ha dicho, propició que su apodo de Tomás “el cagón”, se tornase en el de Tomás “el pitbull”.
.       .El destino de Tomasito el cagón cambió no todavía radicalmente, pero sí en una gran medida, cuando a la edad de doce años comenzó primero de secundaria y entabló amistad ––¡¡quién lo habría imaginado!!–– con Álvaro, un niño que hasta el comienzo de este nuevo ciclo escolar había pertenecido a otra de las clases de su mismo curso pero que debido al que era su carácter particularmente conflictivo, había sido trasladado por el profesorado del colegio a la suya para ver si, viéndose rodeado de compañeros desconocidos, se sentía algo más intimidado y aplacaba sus reiterados impulsos hacia la rebeldía.
.       .No obstante a esto, la tentativa del profesorado fue en vano y, muy pronto, el indómito Álvaro, a base de las que eran sus continuas “demostraciones” de valor ––la inmensa mayoría de ellas manifiestas en la forma de audaces contestaciones e incluso impertinencias dirigidas hacia los profesores––, se gano la admiración de todos sus compañeros de la clase en general.
.       .Ni que decir tiene que Tomás, quién, como ya se ha dicho, se sentía un cobarde mayúsculo, era sino el alumno que más, cuanto menos sí uno de los que desarrollaron un mayor grado de admiración hacia el recién llegado.
.       .Tomás deseaba aproximarse a Álvaro; deseaba ser su amigo para, por encima de todas las demás cosas, tener la certeza de que nadie volvería a faltarle al respeto; cuanto menos, mientras se hallase en la presencia de este primero. Sin embargo no alentaba muchas esperanzas al respecto, ya que no veía posible que semejante muchacho pudiera llegar a prestarle la más mínima atención a alguien como él que se tenía a sí mismo por un “mierdecilla”. Por lo que cuál fue su sorpresa, pues, cuando un día en el que los abusones de la clase estaban sometiéndolo a sus vejaciones habituales durante la hora del recreo, Álvaro, que hallándose muy próximo a ellos pudo ver lo que estaba sucediendo, salió en su defensa quitándole de encima a sus maltratadores como si estos no fuesen más que un puñado de molestas moscas.
.      .Si bien lo que realmente terminó llenando de asombrando a Tomás, fue el hecho de que a partir de ese mismo día Álvaro le brindase abiertamente su amistad; convirtiéndose de este modo el uno para el otro en amigos inseparables.
.      .Qué fue lo que Álvaro vio en él, continuaría siendo todavía un completo misterio para Tomás durante mucho tiempo. Y es que Tomás, obnubilado tanto por los que eran sus propios sentimientos de inferioridad, como por la máscara de supremacía de su nuevo amigo, se hallaba todavía lejos de dilucidar que, lo que Álvaro había visto en su pusilánime personalidad, no era sino un reflejo de la que fue la suya propia en el tiempo en el que su hermano mayor lo sometía a las que, esencialmente, eran las mismas formas de humillación y maltrato psicoenergético a las que los abusones de la clase lo sometían a él; forma de ignorancia la suya que, sobra decir, en modo alguno le impidió adherirse a su salvador a la espera de que éste, aunque solo fuese por mediación de su sola y tan imponente presencia, se hiciera cargo de compensar los sentimientos de vulnerabilidad  e indefensión que había tenido ocasión de desarrollar para consigo mismo a lo largo de los últimos años y, ni que decir tiene, después de las muchas transferencias de sentimientos de supremacía que se había visto forzado a realizar sobre todos y cada uno de los muchachos que se estuvieron humillándolo y metiéndose con el.
.       .De este modo, adherido a Álvaro y a sus sentimientos de supremacía como un niño se hubiese pegado a las faldas de su madre en busca de ser arropado por ella, se pasó Tomás los dos años siguientes hasta que, durante el periodo de las vacaciones de verano que precedió al inicio de su tercer año en secundaria, tuvo lugar el acontecimiento que, por fin, modificó radicalmente el curso de su vampírico destino.
.      .Lo acaecido fue que a lo largo de uno de estos días de verano, se le acercaron dos niños quizá incluso algo mayores que él mientras que paseaba tranquilamente por la playa, con la intención de comenzar a tantearlo para ver si podían quitarle el bocadillo que su madre le había preparado para almorzar. Y cual fue, ahora sí, la mayor de las sorpresas que Tomas jamás se había llevado en su vida cuando, de pronto, una vez aquellos muchachos se le echaron encima haciendo gala de las que al parecer eran sus hasta cierto punto elaboradas artes intimidatorias, se descubrió a sí mismo no solo plantándoles cara, sino incluso intimidándolos de la que, básicamente, era la misma forma en la que en un sinnúmero de ocasiones había visto a Álvaro plantar cara e intimidar a otros muchachos, o incluso a algunos de los profesores del colegio; esto es, soltando alguna bravuconería acompañada de una no menos reluciente que desafiante mirada que clavó directamente en los ojos de aquel de entre estos dos últimos muchachos que parecía ejercer el rol de líder; quién sorprendido por el vuelco que entonces dio el efecto reloj de arena en el nivel de confianza sentimental, terminó marchándose de allí con el rabo entre las piernas seguido de su cariacontecido compinche.
.      .La sensación a un mismo tiempo de placer y poder que Tomás pudo sentir al ver lo que él mismo acababa de hacer, fue inmensa. Pues no solo le había demostrado a aquellos muchachos que más les valía no meterse con él , sino, que, mucho más importante aún, pudo por vez primera en su vida comenzar a verse a sí mismo, eso sí, tan solo a través de los ojos de sus accidentados acosadores, como un valiente o, como mínimo, no como un cobarde, amen a la transferencia energético sentimental que sobre su persona se habían visto instigados a realizar susodichos individuos al quedar convencidos de la que era su presunta forma de supremacía.
.       .Después de esto, un crecido Tomás comenzó a sacar más pecho a cada día que pasaba, a mirar a los ojos de las personas con las que interactuaba con un descaro cada vez mayor, a no cortarse a la hora de decirle a otras personas lo que pensaba y, en definitiva, a comportarse de la misma forma que su idolatrado Álvaro. Y tan solo fue cuestión del tiempo que necesito para ir arrastrando consigo más y más sentimientos de valentía de aquellos otros muchachos a los que, de un modo u otro, conseguía impresionar ––o incluso intimidar de llegar a resultarle necesario–– mediante el uso de su nueva máscara que, tal y como ya se adelantó al comienzo de este capítulo, pasó a ser conocido en su colegio como Tomás el pitbull, en lugar de cómo Tomasito el cagón.
.      .Y, en resumidas cuentas, éste fue el proceso de transmutación que hubo de permitir que el joven Tomás dejase de transferir sus sentimientos de valentía sobre otros muchachos para, en lugar de ello, conseguir que fuesen estos últimos quienes terminasen transfiriéndole los suyos a él; encubriendo de este modo tras su respectiva máscara de vampiro sentimental del tipo “gallito” la que, en el fondo, en ningún caso dejaría de ser la autocompasión que sus todavía irresolutos sentimientos de inferioridad continuarían inspirándole; pues como ya se dijo en el capítulo anterior, cualquier forma de autoestima que cualquier pueda llegar a sentir hacia uno mismo no desde, valga por esta vez la redundancia, uno mismo, sino mediante su auto proyección en los ojos de los demás o, si así se lo prefiere, en aquellos sentimientos de supremacía que estos últimos puedan llegar a transferirle, no podrá ser nunca considerada como una verdadera forma de “auto” estima.

Imaginémonos ahora a una niña llamada Martina que, como madre y principal educadora, tuvo a una vampira sentimental de las del tipo “don Juana”. Vale decir, a una mujer a la que para distinguirla de su hija daremos el nombre de Marta que, bajo a saber qué tipo de circunstancias, desarrolló un sentimiento ––o complejo–– de no resultar atractiva para los hombres que, bajo a saber que otro tipo de circunstancias, aprendió a enmascarar valiéndose de todos los medios a su disposición para dirigir continuadamente la atención de sus acompañantes hacia la idea de que si no todos, cuánto menos sí casi todos los hombres, se sentían atraídos por ella; consiguiendo de este modo que, mucho más especialmente aquellas mujeres que cayeran en éstas sus redes de seducción, transfirieran sobre ella sus sentimientos de resultar atractivas para los especímenes del sexo opuesto.
.        .Teniendo en cuenta, pues, que, por norma general, el vampiro sentimental no se permite a sí mismo el advertir las que a fin de cuentas son las denigrantes consecuencias que en un nivel sentimental se ven instigadas a experimentar aquellas personas que caen en las redes de seducción que entrañan sus demostraciones de valor personal, no resultaría para nada rebuscado suponer que Marta, aún en presencia de su hija, igualmente hubiese dado siempre rienda suelta a su voracidad por los ya referidos sentimientos ajenos instigando a Martina a, por ejemplo, escuchar no menos repetitivos que insensibles comentarios tales como pudieran serlo, entre otros muchos, los expuestos a continuación:       .       .––¿Viste como me miraba ese hombre Martina? ––llegaría a repetirle quien sabe hasta en cuantas ocasiones cada vez que salieran a pasear juntas por la calle.
.        .O:
.      .––Creo que tu profesor de matemáticas ––o de lo que sea–– está coladito por mí –– también podría señalarle Marta a su hija en cada una de las ocasiones en las que, por la razón que fuese, la primera tuviera que reunirse con alguno de los profesores del colegio de la segunda.
.       .Quién sabe; Marta y su ciega presunción, bien pudieran incluso algún día llegar a involucrar en alguna de sus demostraciones de atractivo y/o valor personal, al muchacho del que la propia Martina podría haberse enamorado; pongamos, al hijo de los vecinos de la puerta de enfrente:
.       .––No sé si te has fijado, pero cada vez que nos cruzamos con el pequeño Miguelito, no puede evitar quedarse mirándome fijamente, aunque solo sea durante unos segundos ––podría indicarle la madre a la hija un día en el que, por ejemplo, los tres hubiesen coincidido en el ascensor––. Debo de haberme convertido en su amor platónico ––añadiría entonces para terminar de meter la pata hasta el fondo antes de romper a reír en una de entre éstas sus tan habituales exaltaciones de ego que, ni que decir tiene, experimentaría a base de degradar sentimentalmente a su propia hija.
.       .Y es que tal y como veremos una vez lleguemos al capítulo “iniciación a los modelos de conducta egovampíricos”, normalmente son nuestros padres y/o principales educadores quienes, desde la que ya de por sí, es su vampírica educación, nos pegan las más transcendentales formas de “vampirazo” que jamás tendremos ocasión de experimentar a lo largo de nuestras vidas y, por consiguiente, que más profundamente marcados y/o heridos en nuestro orgullo habrán de dejarnos.
.     .Es más; también tienden a ser estos últimos quienes, mediante el ejemplo de conducta que nos ofrecen, se convierten en nuestros principales maestros del que es el arte más practicado por todos nosotros los seres humanos: el del vampirismo, o reclamación atencional doblemente intencionada.
.       .Por lo tanto, a nadie debiera de extrañar que, llegado un día como cualquier otro en la vida de Martina, ésta, casi sin darse ni cuenta de lo que estaría haciendo, bien pudiera recrear alguna de las salidas de tono de su madre en la presencia de, por ejemplo, alguna de sus más cándidas amiguitas del colegio: ––¿Viste, Verónica, que Arturito siempre está mirándome de reojo? ––le señalaría Marta a su amiga con el reluciente fulgor de falsa seguridad en uno mismo que casi siempre emana de la mirada de los individuos que llevan a cabo este tipo de demostraciones de presunto valor personal––. Seguro que le hago tilín ––podría entonces añadir justo antes de, como si de un calco casi exacto de su propia madre se tratase, se echara a reír en lo que también podría describirse como un acto de pura masturbación “egosentimental”.
.      .Y, claro, si, por la razón que fuera ––e independientemente de que Arturito realmente estuviese o no tan pendiente de Martina––, Verónica así lo creyese y, al hacerlo, desarrollase y transfiriera sus sentimientos de “ser atractiva” sobre su amiga, esta última, sintiendo conscientemente la siempre placentera sensación del incremento sentimental correspondiente, bien pudiera en ocasiones futuras intentar repetir la que, esencialmente, sería la misma operación; con lo que, ahora sí, nos encontraríamos con un caso de persona que habría aprendido a pegarle el vampirazo sentimental a otras siguiendo el mismo modelo de conducta egovampírica que habría sufrido en carne ––o energía sentimental–– propia a manos de su queridísima “vampimamuchi”.

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[1]Y es que, pese a lo que habitualmente tiende a hacerse en este ciego mundo, en ningún caso puede colgársele el cartel de humilde a una persona que, auto compadeciéndose de sí misma, nunca desarrolló forma alguna de confianza, valga por esta vez la redundancia, en sí misma. La verdadera humildad se aprende cuando uno ya se sintió o tuvo ocasión de sentirse por encima de los demás pero ––llegado a un punto de conciencia nada fácil de alcanzar–– prefirió inclinar la rodilla de su ego o presunción para poder relacionarse de igual a igual con sus semejantes; a lo que también puede llamársele: vincularse con Amor.  

[2]En la tercera parte de esta obra, el camino del corazón, haremos un especial hincapié en lo muy determinante que resulta el hecho de que a lo largo de los primeros años de la vida de cualquier individuo, sus educadores traten de permanecer siempre atentos a aquellas formas de razonamiento que este primero, confundido por las que quiera que sean las circunstancias, pueda llegar a realizar; ya que serán dichas formas de razonamiento las que, a través de las comparaciones, lo conducirán a desarrollar sus respectivos sentimientos ––o complejos–– de inferioridad.  

 

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