Educados para el amor eterno y los ilusorios malos de la película

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Educados para el amor eterno y los ilusorios malos de la película
El gran mapa (de consciencia) del amor (y las relaciones).

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Partiendo de la base de que estamos educados para el “amor eterno” ––o, lo que viene a ser lo mismo, para creer que debemos de permanecer ligados para siempre a aquellas personas con las que llegamos a consolidar relaciones de pareja––, resulta prácticamente inevitable que sea siempre el cónyuge que siente y desarrolla la necesidad de distanciarse y romper su vínculo con el otro, el que termine convirtiéndose en el malo de la película.

El conyugue que decide romper la relación, está rompiendo el contrato de amor eterno que, independientemente de que se reconozca o no, todos tenemos educacionalmente impreso en nuestras psiques. Y eso lo sitúa en una posición bastante incómoda. No solo porque se convierte en el objeto de las recriminaciones de su pareja ––e incluso, en muchas ocasiones, de sus círculos de familiares y amistades cercanos––, sino, mucho peor aun, porque también se convierte en el objeto de sus propias recriminaciones; siendo estas últimas las que lo mantendrán particularmente sensibles ––vulnerables–– a las de los primeros.

Por mucho que nuestras parejas nos hayan estado puteando o haciendo la vida imposible, la sola idea de pensar en romper con ellas nos conduce al desarrollo de sentimientos de culpa.

Para romper una relación y quedarse con la consciencia lo más tranquila posible, es necesario que antes hayamos hecho todo lo que esté en nuestras manos por reconocer si acaso no somos nosotros mismos los que, desde nuestras formas de comportamiento, empujamos a nuestros “amantes” a comportarse de la forma en que lo hacen que tanto nos molesta e instiga a querer romper con ellos. Porque, de ser así, sería bastante injusto que les hiciéramos pasar por el mal trago de la ruptura y el rechazo afectivos, sin antes haber puesto todo de nuestra parte por corregir  aquellas de entre nuestras formas de conducta que, como poco, contribuyen a generar los problemas de la relación.

Solo en los casos que procedamos a lavarnos las manos del modo referido, tendremos razones de verdadero peso para recriminarnos a nosotros mismo el estar actuando de forma punible. Aunque, ni aun así, sería justo dejar que nuestras directrices educacionales nos convirtieran a nosotros ––o a nuestros amantes si fueran ellos los que ejercieran dicho papel–– en los únicos “malos” de la película. Más que nada porque, tal y como se está viendo a lo largo de esta obra, los problemas en las relaciones son siempre, de una u otra forma, cosa de dos.  Los únicos que hacen por indicarnos lo contrario, son los autoengaños que elaboramos desde nuestros intereses egoístas.

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El puente de la atención de Fernando Vizcaíno Carles (ebook o papel).

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