Los dependientes y el vampirismo por adhesión

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Los dependientes y el vampirismo por adhesión; la vampirización de los sentimientos de independencia y libertad ajenos.
El puente de la atención. Capítulo 17.

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Los dependientes son individuos que se auto compadecen de sí mismos abiertamente. Se sienten menos que los demás y no lo disimulan. Al contrario. Se sirven de la manifestación de sus sentimientos de inferioridad, insuficiencia y desamor para atraer hacia sí las formas de atención necesarias para conseguir que otros individuos se compadezcan de ellos y quieran convertirse en sus protectores o salvadores. Se cuelgan o adhieren de quienes, tras caer en las redes de sus hechizos de “pobrecito de mí” o de “qué sería de mí sin tu compañía o ayuda”, invierten su atención y energía en la ardua tarea que, a la larga y a costa de los propios sentimientos de independencia y libertad, siempre supone el hacerse cargo del bienestar o las responsabilidades ajenas.

En una primera instancia, el trato con los dependientes resulta notablemente reconfortante y halagador.

       Al no sentirse seguros de sí mismos, los dependientes castran o reprimen muchos de sus impulsos de autoexpresión. Temen decir o hacer cosas que los dejen en mal lugar, y prefieren escuchar y no hacer nada, a ser escuchados o actuar. Se pasan la mayor parte del tiempo confiriendo su atención y transfiriendo su energía vital y sentimientos de admiración ––o superioridad–– sobre las personas que les rodean. Razón por la que, cuando uno interactúa o se vincula con ellos, tiende a ver sus niveles de energía vital ostensiblemente incrementados, y a sentirse mucho más poderoso, capaz y confiado en sus propias posibilidades.

      Los dependientes se comportan, pues, como si de “Papá Noeles” energéticos se tratasen.

       Pero no nos dejemos engañar. No es oro todo lo que reluce.

       Sometidas a tan embriagadora y nutritiva forma de atención ––o cortejo––, las víctimas de los dependientes apenas se dan cuenta de cómo estos se les van subiendo a la chepa. Y cuando advierten lo que está sucediendo realmente, ya han desarrollado tal nivel de compasión hacia ellos ––la compasión que el que se siente más fuerte desarrolla naturalmente hacia el que siente más débil––, que no se sentirán lo suficientemente dueñas de sí mismas como para quitárselos fácilmente de encima. Los tendrán tenazmente adheridos a su energía.

       Siempre que uno firma un contrato, debe leer también las cláusulas en letra pequeña. Y el contrato que ––así sea consciente o subconscientemente–– se firma cuando se inicia un vínculo con un sujeto dependiente, es, básicamente, el siguiente:

       “Yo el vampiro adhesor, te daré toda mi atención y te admiraré hasta el extremo de seguirte al fin del mundo si es necesario o es tu deseo. Pero a cambio ––he aquí la cláusula en letra pequeña del contrato–– te exigiré, así sea verbal o tácitamente, que durante el camino seas tú quién, además de cargar con tu propia mochila, también te comprometas a cargar con la mía”.

A las víctimas de los dependientes, les resultará inevitable no desarrollar un cada vez más asfixiante sentimiento de estar arrastrando un pesado lastre que les impide moverse libremente.

       Y conforme el dependiente se vaya apoderando del sentimiento de independencia de la persona a la que se haya adherido, se irá sintiendo con más derecho para reclamarle que haga o deje de hacer todo aquello que a él le parezca para no tener que enfrentarse a sus sentimientos de incapacidad, inseguridad y desamor.

Por un lado tenemos a los dependientes o vampiros adhesores del tipo incapaces. Los típicos individuos que, ¡pooobrecitos!, a base de sobrealimentar atencionalmente sus sentimientos de inseguridad y autocompasión personales, creen necesitar de la ayuda de quienes les rodean incluso para superar los obstáculos más insignificantes.

¡Ding, dong!; ¡ding, dong!

       Alguien llama al timbre de nuestra casa.

       Al abrir la puerta nos encontramos frente al lastimero rostro de Mauricio.

(Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión:

      Nombre: Mauricio.

      Edad: 35 años.

       Domicilio actual: vive alquilado en el apartamento que se halla puerta con puerta enfrente del nuestro.

       Información adicional: se pasó toda su infancia escuchándole decir a su ya difunto padre ––vampiro afectivo-sentimental de primera categoría–– que era un rematado inútil que no servía ni para hacer la “o” con un canuto.

       Diagnóstico psicológico: pasados 20 años de la muerte de su padre, continua creyendo que no sirve ni para hacer la “o” con un canuto.

(Se cierra paréntesis)

––Buenas noches, Mauricio. Dime, ¿qué necesitas? ––Decidimos ir directa  mente al grano porque sabemos que, como casi todos los días al regresar de su trabajo, Mauricio necesitará que le expliquemos como abrirse una cuenta de correo electrónico en yahoo, o cualquier otra nimiedad de semejante dificultad que él mismo podría resolver perfectamente, solo con que confiara mínimamente en sus propias posibilidades e intentase hacerlo por su cuenta. Pero no hay forma de conseguir que lo vea así. Sus problemas únicamente pueden ser resueltos por obra y gracia divina de su admiradísimo vecino; a juicio suyo capaz de superar todo obstáculo imaginable.   

       ––Veras, es que una compañera del trabajo me ha dejado una peli, y no sé por qué, no me funciona el video.

       ––Está bien ––contestamos con resignación––, vamos a ver qué le pasa a tu video ––añadimos antes acompañarlo al interior de su casa.

       Y, adivina adivinanza: ¿cuál es nuestra sorpresa después de examinar cuidadosamente el dichoso aparato?

      Mauricio ni tan siquiera había comprobado que el video estuviese enchufado a la pared antes de, por tercera vez esta misma semana, acudir a nuestra casa en busca de esta nueva ––y todavía más absurda que las anteriores–– forma de ayuda con la que, por descontado, sacarnos de nuestros propios quehaceres; aunque estos tan solo consistieran en estar tumbados plácidamente en el sillón después de una dura jornada de trabajo.

       Si bien lo peor de todo este asunto, es que es tal la compasión que ––desde sus sentimientos de indefensión––  nos inspira nuestro vecino, que ni si quiera encontramos el momento de decirle que a ver si se espabila y nos deja un temporada tranquilos.

Pero los casos más extremos de vampirismo por adhesión, son aquellos en los que nos topamos con individuos afectivamente dependientes de nosotros. Sobre todo cuando sufren y nos hacen sufrir los clásicos ataques de celos erróneamente denominados como “irracionales[1]”.

¡Ring!,¡ring! ––a Fulanito le suena el teléfono móvil justo cuando está a punto de llegar a la casa de su gran amigo Menganito, al que tiene unas inmensas ganas de ver––.

       ––¿Sí? ––Fulanito contesta al teléfono––.

       ––Soy yo, cariño ––contesta Patricia al otro lado de la línea––, ¿cuándo vienes a por mí? 

(Se abre paréntesis)

Ficha técnica del vampiro adhesor en cuestión:

       Nombre: Patricia.

       Edad: 25 años.

       Domicilio actual: tiene alquilado un apartamento; si bien está prácticamente instalada en el apartamento de su novio Fulanito.

       Información adicional: siempre interpretó que sus padres le prestaban menos atención que a su hermana mayor porque ésta era mucho más guapa que ella ––lo que en modo alguno significa que fuese así––.

       Diagnostico psicológico: se cree inferior a todas las mujeres en general y cree que su novio Fulanito preferirá a cualquier otra antes que a ella.

(Se cierra paréntesis)

        ––¿Cómo que cuándo voy a por ti? ¿Pero no salías a las siete? ––Contesta Fulanito sin poder evitar traslucir cierta ansiedad al prever la que se avecina––.

       ––Sí, salía a las siete ––reacciona Patricia ya algo enfurruñada al apercibirse de lo que a su novio parece haber contrariado enterarse de que ha salido antes de hora del trabajo––. Pero mi jefe me ha dejado salir antes ––explica antes de añadir––: ¿Dónde estás tú ahora? ––Y lo dice sin poder evitar traslucir su habitual desconfianza paranoide.

       ––Estoy en el coche de camino a la casa de Menganito ––informa Fulanito a Patricia. ––He quedado con él ––añade comenzando ya a justificarse por no haber adivinado que ella saldría antes de lo previsto––. No sabía que saldrías antes de hora.

       Y es entonces cuando se produce un incómodo silencio en el que Fulanito intuye qué es lo que su novia está pensando:

       ––¿Seguro que es a la casa de Menganito a la que estás a punto de llegar?”––.

       No, estoy a punto de llegar a la de una de mis muchas amantes, ¡¿no te jode?!” ––piensa socarrón Fulanito. Pero se muerde la lengua.

       Llegados a este punto, Fulanito tendrá que decidirse entre hacer lo que más le apetece y ha acordado hacer, que es acudir a su cita con Menganito, o dejarlo plantado e ir directamente al encuentro de su novia para evitar males mayores.

Las estrategias de conducta o formas de reclamación atencional de los dependientes, instigan a sus víctimas a comportarse, dependiendo de si se sienten alagadas o hastiadas por su influjo, como demostrativas o distantes, respectivamente.

       Si un dependiente, desde sus sentimientos de inferioridad o desamor personales, se comporta como si sus interlocutores atencionales fuesen individuos muy necesarios y valiosos o dignos de admiración, no ha de resultar extraño que a estos se les hinche el ego y se pongan en plan demostrativo. Pero en cuanto les baje la euforia y comiencen a sentirse obligados a tener que mirar tanto por el otro, terminarán distanciándose de él.

       La vampirización de los sentimientos de independencia y libertad ajenos es, en el noventa y muy largo por cien de los casos, la principal causa de distanciamiento en las relaciones en general, y de ruptura o abandono conyugal en las de pareja.

       Son las víctimas de esta modalidad de vampirismo las que, sintiéndose asfixiadas y maniatadas debido a las continuas demandas atencionales de los dependientes, deciden distanciarse o poner fin a las relaciones. Como ya vimos en el capítulo dedicado a los pesados, en muchas ocasiones el distanciamiento tan solo es un mecanismo de defensa que cualquier individuo puede desarrollar ––consciente o incluso subconscientemente–– como respuesta ante cualquier forma de reclamo atencional de carácter manifiestamente invasivo; como lo son las empleadas por los dependientes, por los pesados, y por algunos demostrativos.

       También se dan muchos casos de individuos que, pese a no ser marcadamente dependientes, se sienten abocados a comportarse como tales tras caer bajo el influjo de personalidades demostrativas o distantes.

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Otras obras completas del autor:

EL GRAN MAPA de consciencia DEL AMOR y las relaciones

Llamémosles… ellos

Drácula: Adaptación teatral

 

[1] Tal y como ya se explicó en el capítulo “La intuición vs el dedo que señala a la luna”, el origen de los ataques de celos es siempre racional; lo que no significa que exista justificación real para sufrirlos y hacerlos sufrir.

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