El autoengaño como vacuo bálsamo de la consciencia

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autoengaño

El autoengaño como vacuo bálsamo de la consciencia.
EL GRAN MAPA (de consciencia) DEL AMOR (y las relaciones).

Es perfectamente comprensible que exista un motivo por el que prefiramos vernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea conforme a nuestros intereses y deseos. Si lo que percibimos o interpretamos percibir, no nos parecen bien, nuestra consciencia no se mantiene tranquila.

       Si no nos sentimos amados y valorados por las personas que nos rodean o si no nos gustan nuestras formas de ser y reacción, desarrollamos sentimientos de rechazo, inadecuación, culpa.

       Si las cosas no son como nos desearíamos o nos gustaría que fueran, nos preocupamos.

       Y, obviamente, nadie quiere perder su paz o serenidad interior, ni sentirse mal consigo mismo ni preocuparse por nada.

Lo que todos deseamos es mantenernos con la consciencia tranquila. Para conseguirlo, necesitamos convencernos de que somos personas cojonudas, de que nuestros seres queridos también lo son, y de que todo a nuestro alrededor funciona a las mil maravillas. Y, el autoengaño, es la principal herramienta que disponemos para llevar a cabo semejante tarea… O al menos eso es lo que nos creemos.

Autoengañarnos nos permite interpretar lo que más nos conviene. El problema de interpretar lo que más nos conviene, es que no suele aunarse con interpretar la realidad tal y como realmente es. Y esta es una circunstancia que siempre acaba metiéndonos en problemas mucho más gordos que aquellos que, desde nuestra resistencia a aceptarlos, nos instigaron al autoengaño.

La persona que se niega a aceptar que aquella otra de la que está enamorada no la corresponde, inicialmente no tendrá que lidiar con sus sentimientos de rechazo como lo haría alguien que sí lo aceptara. Así que podría decirse que, cuanto menos en una primera instancia, su autoengaño lo habría beneficiado. Pintó el mundo del color que más le agradaba e incluso disfrutó y se llenó de entusiasmo alimentando ideas y esperanzas de haber encontrado a la persona que lo haría feliz. Hasta pasó grandes momentos compartiendo su alegría con sus amigos y seres queridos, que lo felicitaron y se alegraron mucho por él.

       Pero el mundo es como es y eso no puede cambiarse. Y si su enamoramiento no estaba realmente correspondido… Pues ya se sabe: cuanta más alta es la subida, más alta es la caída. Y qué castañazo tuvo que pegarse nuestro enamorado cuando llegó el día en el que puso el colofón final a su cortejo invitando a salir al objeto de su “amor”, y, éste, como era de prever le dio calabazas.

       ¿Mereció la pena el autoengaño? ¿Mereció la pena sentirse ––solo hasta el límite en que los pensamientos permiten a uno llegar a “sentirse”–– “amorosamente” correspondido para terminar comprobando que no existía tal correspondencia?

       Si cualquiera de las personas que haya vivido un proceso semejante a éste que acaba de ser descrito, respondiera honestamente a estas preguntas, nos diría que no mereció la pena; que preferiría no haberse autoengañado y haber aceptado la realidad tal y como era desde una primera instancia. De esa manera habría experimentado un dolor menos intenso.

¿Beneficiará a un individuo dependiente, autoengañarse al respecto de cómo espera que sean otros quienes le ofrezcan la atención, afecto o ayuda de cualquier índole que el no se vea capaz de ofrecerse a sí mismo? ¿Le beneficiará convencerse de que la verdadero motivación de sus actos no es conseguir que otras personas se compadezcan de él y satisfagan sus necesidades?

       Claro que sí, cuanto menos en principio. En caso contrario se sentirá un manipulador y un aprovechado.

       Pero… ¿Acaso no estará usando su autoengaño para evitarse el reconocimiento y, consecuentemente, la posible resolución de un problema?

       ¿Acaso no estará usando su autoengaño para condenarse a sí mismo a un estadio de dependencia eterno? ¿Para inspirar continuas sensaciones de carga y asfixia sobre todas aquellas personas de las que dependa?

       Y no solo eso. También culpará y engendrará odio y resentimiento hacia aquellos que decidan distanciarse de él o abandonarlo para siempre. Dira: “traidores”; “me engañasteis”; “vosotros no eráis mis amigos”; “tú no me amabas”; “yo te lo di todo y al final me volviste la espalda”.

       Victimismo y resentimiento injustificados… ¡Éramos pocos y pario la burra!

¿De qué nos sirve ocultarnos a nosotros mismos que nuestra pareja nos miente o nos es infiel?

       ¿Para evitarnos el dolor de la infidelidad? ¿Para alimentar nuestro ego creyendo y haciendo creer a nuestros amigos lo maravillosa que es nuestra relación de pareja?

       ¿De qué nos sirve ocultarnos a nosotros mismos que sufrimos de un problema de adicción que ya ni siquiera nos permite disfrutar del objeto de la misma?

       Ah..!  A cuántos he escuchado decir eso de “yo fumo porque me gusta”. O, “lo dejaré cuando quiera”… ¡Pobres diablos..!

El autoengaño es engañoso en todos los sentidos. No solo nos sirve para creer aquello que más nos interesa creer, sino, mucho peor todavía, para creer que “creer lo que más nos interesa creer” redundará en nuestro propio beneficio. Creemos que es bueno para nosotros retrasar la aceptación de la realidad que nos disgusta. Pero nunca es así. Autoengañarnos para obtener la satisfacción ––o la no insatisfacción–– inmediata, solo nos conduce a recoger futuras insatisfacciones mucho más insatisfactorias de lo que hubieran sido en una primera instancia; sin importar al respecto de qué nos autoengañemos. Porque al final el tiempo lo pone todo en su lugar y, cuanto más prolongado fue nuestro autoengaño, la bola de problemas se hizo más y más grande.

       Y, como veremos a continuación, nuestra vuelta atrás hacia la percepción de la realidad tan cual es, nuestro regreso del egoísmo al corazón, se nos habrá hecho más y más difícil.

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